Los recientes hechos en torno a las denominadas “Propofest”, investigaciones judiciales sobre reuniones privadas donde se habrían consumido sustancias de uso hospitalario como el propofol y el fentanilo —con el resultado de un anestesista fallecido y dos médicos imputados—, han provocado un lógico estupor en la opinión pública.
Sin embargo, más allá de la crónica policial y del impacto de ver los nombres de instituciones prestigiosas involucradas, este fenómeno nos obliga a realizar una reflexión profunda, científica y fundamentalmente humana sobre la salud mental de quienes cuidan la salud de los demás: los médicos.
Existe una construcción social que presenta al médico como un profesional inmune al dolor, al cansancio y a la enfermedad mental. Esta es una visión peligrosa. Los médicos somos, ante todo, personas. Padecemos conflictos, atravesamos crisis y somos susceptibles de contraer enfermedades (no olvidemos que han muerto mucho más médicos comparativamente que la población general en la pandemia de COVID del año 2020).
También podemos incurrir en consumos problemáticos de la misma manera que cualquier otro integrante de la comunidad. La idea del “médico invulnerable” solo contribuye a ocultar el sufrimiento y a retrasar la búsqueda de ayuda.
La realidad no es una percepción subjetiva, sino una crisis sanitaria documentada. Según una reciente investigación realizada a través del Foro de Sociedades Médicas (que incluye a las Sociedades Médicas de la Argentina), basada en una muestra federal de casi 3.000 profesionales de nuestro país, el 64,5% de los médicos padece burnout. Casi dos de cada tres colegas manifiestan síntomas de agotamiento emocional, tristeza, problemas de sueño y ansiedad.
Este desgaste es aún más dramático en los profesionales más jóvenes (los de 25 a 34 años), franja en la que la prevalencia escala al 78,7%, y aumenta también en especialidades críticas como la Terapia Intensiva (80%) o la Pediatría (75%).
Además, cuando un profesional está sometido al multiempleo y a niveles de estrés crónico, el riesgo de conductas desadaptativas aumenta exponencialmente.
Por otro lado, el acceso a sustancias psicotrópicas y el conocimiento técnico constituyen una combinación de alto riesgo. El uso de fármacos fuera del contexto clínico no debe leerse solo como una falta ética, sino que frecuentemente es el síntoma de un padecimiento subyacente que no encontró un cauce de tratamiento adecuado en un sistema que exige perfección constante.
Para evitar que se repitan episodios trágicos como el que evocamos al inicio, la prevención debe ser el eje central: un médico que sufre necesita ayuda, no silenciamiento ni condena social ciega.
Es importante rediseñar los esquemas laborales y fortalecer las redes de contención y los departamentos de asistencia al profesional así como implementar herramientas de monitoreo de salud mental.
Cuidar la salud mental de la comunidad médica no es solo un acto de justicia hacia el profesional; es la única forma de garantizar la seguridad del paciente.
Un sistema de salud que descansa sobre una fuerza laboral agotada y silenciada es un sistema frágil. Es momento de que la sociedad en su conjunto actúe sobre este problema y en particular las autoridades a través de políticas de estado.