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2 de abril: el primer desembarco

hace 23 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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2 de abril: el primer desembarco

21 de noviembre de 1973. Hipólito Solari Yrigoyen da marcha a su Renault 6 y una bomba estalla. El político radical chubutense –alfonsinista de la primera hora y defensor de presos políticos– sufre serias lesiones. El atentado es el primero que se adjudica la sigla AAA –Alianza Antiimperialista Argentina que deviene en “Anticomunista”–, una estructura parapolicial parida en las catacumbas del Bienestar Social de López Rega, con Perón presidente. Días antes el senador había criticado durante cuatro horas el proyecto de ley de Asociaciones Profesionales que consolidaría a la dirigencia sindical. En 1976 es detenido-desaparecido, y luego expulsado del país.

En septiembre de 1980, Solari Yrigoyen dicta una conferencia en la Universidad de Santander y aborda dos temas presentes, la llamada “Doctrina de Seguridad Nacional” y el plan económico articulado por José Alfredo Martínez de Hoz.

Allí dice: “Los militares han subvertido el orden democrático que establecen las constituciones de América Latina, pero no lo han hecho con el fin de matar, torturar o perseguir a sus conciudadanos. La represión se ha hecho para imponer contra viento y marea un nuevo ordenamiento económico. Los regímenes dictatoriales aplican una política económica unitaria que tiende a internacionalizar la economía poniéndola al servicio del capital multinacional, siguiendo los lineamientos de la teoría neoliberal desarrollada por la escuela de Chicago y su fundador, Milton Friedman. Así ha ocurrido con los golpes de Estado de 1964 en Brasil, de 1973 en Uruguay y Chile, de 1976, en la Argentina, y actualmente con el golpe de Bolivia”.

Describe: “La escuela de Chicago nace como una reacción del gran capital contra el avance y el arraigo de la tesis levantadas por quien posiblemente sea el más brillante economista de este siglo, el inglés de Cambridge John Keynes (que) había puesto en tela de juicio los principios de la teoría clásica liberal. Profundamente impresionado por la gran crisis de 1930, propició el pleno empleo”, condenando a quienes veían la desocupación como algo natural y reclamando el acrecentamiento de los gastos del Estado para efectuar obra pública.

En efecto, “el pleno empleo no se puede esperar; el Estado debe tomar medidas para estimular las inversiones y el consumo y lograr así la ocupación plena. El déficit del presupuesto no tiene importancia, lo que importa es que haya suficiente demanda para mantener el pleno empleo”.

El punto de partida de Friedman, en cambio es la ortodoxia monetarista: “La inflación es un problema esencialmente monetario cuya causa inmediata es siempre y en todas partes un incremento demasiado rápido de la cantidad de dinero en circulación con respecto a la producción” y, “para detenerla, ‘el gobierno debe gastar menos; debe disminuir la creación de moneda y debe reducir el aumento de circulante’”.

Según Friedman, “al combatir la inflación se producen dos efectos ‘secundarios’, la recesión y el aumento del desempleo. Para el pontífice de esta doctrina, la fijación de salarios mínimos –una libertad empresaria– acrece la desocupación”.

Friedman anunciaba por entonces su llegada a Buenos Aires de la mano de David Rockefeller y de los 82 empresarios más importantes de los Estados Unidos. Su receta, enunciada en Santiago de Chile en marzo de 1975 –cualquier resonancia con el presente no es casual– requería “una terapia de choque”. A saber: “1. Sustituir la unidad monetaria quitándole ceros a la moneda; 2. Reducir los gastos del gobierno de un 20 a un 25%; 3. Eliminar los obstáculos para el buen funcionamiento del mercado privado mediante: a) la eliminación de la prohibición del despido de los trabajadores después de los seis meses de vigencia del contrato de trabajo; b) la transferencia de empresas a la esfera privada; c) la eliminación de las barreras aduaneras y demás restricciones al comercio internacional”.

Así, “las empresas multinacionales vieron caer todos los obstáculos a su desarrollo en un corto plazo”. El balance era tajante: “Un lustro después se ve una enorme concentración de la riqueza en manos de un reducido número de grupos económicos (…) profundizando las desigualdades existentes”. “Obsérvese –apunta Solari Yrigoyen– que en su reveladora respuesta Friedman no incluye entre los roles del Estado ni la educación ni el velar por la salud pública”. Friedman, vale recordar, hacía frecuentes referencias a la libertad del hombre: “Para preservarla hay que limitar el rol del gobierno y acordar una importancia primordial al mercado libre”.

Por fin, el conferencista observa e ironiza: “Según los neoliberales de Chicago y sus discípulos latinoamericanos, los sacrificios inmediatos de los sectores populares se verán compensados con beneficios mediatos”; “en esto también se diferencia de Keynes, quien estableció una teoría a corto término: ‘A largo plazo estaremos todos muertos’, acostumbraba a decir el maestro de Cambridge”.

La ponencia es contemporánea con Videla presidente y Martínez de Hoz ministro, en el mismo año en que la devastadora caída del Banco de Intercambio Regional (BIR) simbolizó la crisis del modelo, ese del “deme dos”, el dólar planchado y los turistas en Miami, y al que Charly dedicó su José Mercado (compra todo importado).

Joe enunció estas ideas al asumir, el 2 de abril de 1976. Por pura casualidad, la fecha coincide con otro desembarco decidido por unos pocos y con el principio de sendos otoños, la copiosa caída de hojitas crepitosas que exigen trabajo extra y que son, invariablemente, preludio de fríos inviernos. Hoy, cincuenta años.

Ricardo de Titto

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