La forma en que la Argentina procesó la derrota militar de 1982 constituye un trauma que definió la posguerra en el país. Ese trauma aún condiciona la manera en que pensamos la Cuestión Malvinas, marcada por la ocupación militar de un cuarto de nuestro territorio.
Perder la guerra del Atlántico Sur fue lo peor que le ocurrió a la Argentina. El enfrentamiento terrestre se inició con la invasión británica de las Islas Malvinas el 21 de mayo de 1982, luego de que hubieran sido recuperadas militarmente por la Argentina el 2 de abril del mismo año. Si bien la Operación Paraquet permitió a los británicos invadir las Islas Georgias del Sur el 25 de abril, el desembarco en el estrecho de San Carlos marcó el inicio del núcleo de las hostilidades bélicas en territorio argentino.
La derrota fue lo peor que le sucedió a nuestra nación por dos motivos, que a su vez definieron la posguerra de Malvinas. En primer lugar, marcó el inicio del fortalecimiento militar británico en las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur. El Reino Unido (RU) consolidó allí una posición militar sin precedentes en el Atlántico Sur y se negó sistemáticamente a reanudar las negociaciones diplomáticas con nuestro país, pese a las vigentes recomendaciones del Comité de Descolonización de las Naciones Unidas (ONU), las cuales exhortan a la potencia colonial y a la Argentina a avanzar hacia la descolonización del Atlántico Sur.
En segundo lugar, porque la derrota y la forma en la que se procesó políticamente constituyen un trauma actual que condiciona fuertemente la manera en la que pensamos un hecho empírico inobjetable: el 25% del territorio nacional está ocupado por el RU.
Desde 1982 hasta la actualidad, Argentina sostuvo su reclamo diplomático. No obstante, se dejó de pensar a la política de defensa como una herramienta pacífica y necesaria para generar las condiciones que incentiven al RU a retornar a la mesa de negociaciones en el marco de la ONU.
Así, durante las últimas décadas, el statu quo —caracterizado por la ocupación militar británica de territorio argentino— se fortaleció. Mientras la potencia colonial consolida su despliegue en nuestras islas y se niega a reconocer los legítimos derechos argentinos sobre ellas, nuestro país no logra generar efectos concretos sobre su comportamiento.
La dificultad que tiene la Argentina para pensar un horizonte de recuperación de nuestras islas puede entenderse a partir del trauma de posguerra, caracterizado por el procesamiento político deficiente de la derrota.
Su origen está en el apoyo político masivo que tuvo la recuperación de las Islas Malvinas el 2 de abril de 1982. La incruenta Operación Rosario fue realizada por un gobierno dictatorial que llevaba siete años en el poder. Pero al mismo tiempo, constituyó una reivindicación histórica: una nación que había sido invadida y ocupada el 3 de enero de 1833 por una potencia colonial había logrado recuperar su territorio después de 149 años, sin derramamiento de sangre rival y con apenas una baja propia.
La magnitud de semejante reivindicación histórica opacó las contradicciones entre las organizaciones de la sociedad civil y el gobierno de facto. “Malvinas sí, proceso no”, “Las Malvinas son argentinas, los desaparecidos también” y “Las Malvinas son de los trabajadores, no de los torturadores”, fueron parte de las consignas utilizadas durante el apoyo a la recuperación militar.
El problema no fue el apoyo social a la reivindicación histórica de la Argentina, consumada mediante una recuperación militar de bajísima letalidad, sino la forma deficiente en que se procesó la derrota posterior durante la larga posguerra.
La derrota expuso un conjunto de contradicciones en la Argentina. La sociedad apoyó una recuperación, pero que fue planificada y ejecutada por un gobierno dictatorial que había desaparecido a 30.000 compatriotas, mediante un plan ejecutado de forma sistemática. El gobierno de facto también estuvo signado por el robo de bebés ––a madres desaparecidas y torturadas––, la usurpación de sus identidades y demás altos costos sociales, económicos, productivos y financieros que condicionaron al país en el largo plazo. Los argentinos no solo apoyaron masivamente una recuperación militar iniciada por un régimen militar de esas características, sino que, además, ese mismo accionar condujo a una guerra que terminó en derrota.
La posguerra de Malvinas, atravesada por la recuperación democrática y la desmilitarización del sistema político, quedó marcada por un interrogante clave: ¿cómo seguir después de una derrota de tal envergadura?
En los mecanismos que los argentinos encontramos para seguir adelante se encuentran los rasgos del trauma de posguerra que condiciona y limita la manera en que los argentinos entendemos la Cuestión Malvinas.
Las naciones, como los seres humanos, tienen distintas formas sui generis de lidiar con un hecho traumático. Pueden apelar a estrategias como el ocultamiento, la resignificación, la racionalización, la normalización, la sublimación o la banalización. En el caso argentino, la posguerra no implicó racionalizar la derrota —entender lo sucedido, aceptarlo y seguir adelante— ni normalizarla —incorporarla como una posibilidad y continuar—. Por el contrario, predominó una forma de procesarla basada en el ocultamiento y la resignificación.
La primera permitió dejar atrás rápidamente la guerra y la importancia de Malvinas para concentrar la atención nacional en la recuperación democrática y la subordinación militar al poder civil.
La resignificación, en paralelo, consolidó la idea de que la guerra fue un “error indiscutible” que debía ser dejado atrás lo antes posible. Ambos mecanismos contribuyeron a desligar a la sociedad de su responsabilidad en el apoyo masivo a la decisión del gobierno de facto de recuperar militarmente nuestras islas.
Esta manera de procesar políticamente el trauma de la derrota fue deficiente. Si bien fue efectivo en lo inmediato, al permitirle a la sociedad seguir adelante, consolidar el sistema democrático y desmilitarizar el sistema político. Se hizo ocultando la guerra por nuestras islas y recordando de manera distorsionada lo sucedido. Esto último promovió una visión derrotista, decadente y culposa de la Argentina de posguerra que condiciona actualmente la forma en la que entendemos y actuamos en nuestra disputa con el RU.
El ocultamiento se tradujo en un proceso de desmalvinización: un conjunto de acciones estatales y no estatales para ocultar la Cuestión Malvinas en general y la guerra del Atlántico Sur en particular. Inmediatamente luego de la conflagración, los soldados que habían ido a combatir fueron invisibilizados, sus historias heroicas fueron silenciadas y, en el mejor de los casos, fueron colocados como víctimas de una iniciativa militar que estaba condenada al fracaso desde el inicio.
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Esto se evidencia hasta hoy en canciones populares. Por ejemplo, la frase: “De los pibes de Malvinas que jamás olvidaré”, durante el Mundial de Qatar 2022. En realidad, los “pibes” refiere a soldados que combatieron con un altísimo grado de profesionalismo y heroísmo. Un rasgo que puede observarse no solo en las historias de los soldados argentinos, sino también en las memorias de los soldados británicos a la hora de describir las batallas en territorio argentino.
Otro rasgo del ocultamiento fue el silenciamiento de la Cuestión Malvinas como interés nacional. Dejar de hablar del tema fue una herramienta para normalizar los vínculos con la comunidad internacional de la época, caracterizada por el declive de la Unión Soviética hasta 1991 y por la unipolaridad estadounidense a partir de dicho año. El RU es el principal aliado militar de Estados Unidos, el país más poderoso del mundo. En este sentido, normalizar vínculos con ellos era visto como necesario para insertarse nuevamente en la comunidad internacional.
Dicho de otro modo, había que dejar de lado Malvinas para volver a insertarse en un mundo predominantemente occidental. Esto varió en toda la posguerra, con gobiernos que le dieron mayor atención a la Cuestión Malvinas en el plano internacional en la medida que ascendían importantes países no occidentales. No obstante, resulta poco discutible la afirmación de que, desde 1982 hasta la actualidad, ninguna administración estructuró su plan de gobierno en función de la ocupación militar británica (insistimos: 25% del territorio argentino en función de nuestras leyes).
En paralelo al ocultamiento, la resignificación construyó recuerdos problemáticos sobre lo sucedido durante la guerra, en la medida que no se ajustan completamente a la evidencia empírica. De forma subyacente, estas memorias están atravesadas por la idea de que la guerra era imposible de ganar y, por lo tanto, constituyó un “error indiscutible”.
En primer lugar, en la memoria de la sociedad argentina, el enfrentamiento bélico con el RU estuvo marcado por la derrota evidente, en donde el avance militar británico frente a “los pibes de Malvinas” fue sencillo. La consolidación de este recuerdo formó la idea de que para los británicos ganar la guerra fue fácil producto de la poca preparación de los soldados argentinos. Esta forma de acercarse al pasado choca con la evidencia presentada por la literatura británica, que coloca a la operación militar de su Fuerza de Tareas en el Atlántico Sur como sumamente compleja.
Las memorias del Almirante John Woodward ––líder del Grupo de Tareas–– y del brigadier Julian Thompson ––Comandante de la 3ra Brigada de Comandos––, dan testimonio de los desafíos estratégicos y operacionales producto del accionar de las fuerzas militares argentinas. De hecho, indicadores como la cantidad de muertes de los oficiales en batalla, su duración y el tipo de enfrentamiento también sugieren que los combates no fueron sencillos, aun cuando los británicos tenían ventajas en términos de medios militares presentes en los enfrentamientos. Los soldados argentinos combatieron con sentido patriótico, destreza y profesionalismo.
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En segundo lugar, ligada al recuerdo problemático asociado a que el RU ganó la guerra de forma sencilla, se instaló en la narrativa colectiva nacional que la victoria argentina también era imposible producto de la aplastante superioridad británica en materia de equipamiento militar.
No hay dudas de que, en términos globales, la superioridad militar británica era evidente. Sin embargo, el análisis del teatro de operaciones en el Atlántico Sur sugiere que la posición militar argentina no era para nada despreciable. Dicho de otra manera, dada la magnitud y el estado del arte de las Fuerzas Armadas argentinas, resulta arriesgado afirmar que para la Argentina la guerra estaba perdida antes de comenzar. Esto no implicaba que la victoria fuera probable, sino que no era estructuralmente imposible.
En todo caso, como marca el capítulo IV del Informe Rattenbach, el error estratégico fue que la Junta militar planificó solo la recuperación de las islas, no la defensa de ellas una vez que el RU buscara invadirlas por segunda vez. Es decir, la planificación estratégica militar estuvo ligada solamente a “Ocupar”, no a “Ocupar y defender”.
Por ese motivo (a) hubo una mala planificación logística que afectó severamente la capacidad de combate y aprovisionamiento de las tropas en el frente de batalla, (b) hubo acciones totalmente descoordinadas (falta de doctrina conjunta) entre las tres fuerzas y (c) se dejaron a las unidades militares más preparadas en la frontera sur con Chile, confiando en que el enfrentamiento militar con el RU no iba a tener lugar.
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En tercer lugar, está presente el recuerdo de que la guerra fue iniciada por la dictadura como una forma de movilizar el apoyo popular y, de esta forma, ganar legitimidad para perpetuarse en el poder. Esta visión fue poco cuestionada hasta la desclasificación del Informe Rattenbach en 2012. En la actualidad, entre los especialistas que investigaron sobre la Guerra del Atlántico Sur, es muy discutible la afirmación de que la recuperación militar fue una “guerra de distracción” llevada adelante por la dictadura para perpetuarse en el poder.
Si bien es indiscutible el masivo apoyo popular e incremento de la legitimidad que tuvo la dictadura luego del 2 de abril, la evidencia sugiere que para esa fecha el gobierno de facto tenía bajo férreo control los principales resortes del Estado. Es decir, más allá del descontento social por el desgaste político y el deterioro económico, no era necesaria la recuperación de Malvinas (lo que supone una acción urgente y desesperada) para mantenerse en el poder.
Asimismo, existen otras variables explicativas que compiten, como (a) la idea de un error de cálculo producto de la “Operación Alfa” en las Islas Georgias del Sur, (b) el estancamiento progresivo de las negociaciones diplomáticas con el RU, (c) las señales militares del RU asociadas a su no voluntad de defender las islas y (d) la presencia de un marco progresivo de pérdida de poder relativo regional en la cosmovisión de la Junta militar, entre otras.
En definitiva, los mecanismos de ocultamiento y resignificación constituyeron una forma de ver al país atravesada por la culpa, la derrota y el declive que caracterizó a la Argentina de posguerra. Esta mirada sigue influyendo hoy en la manera en la que pensamos no solo la Cuestión Malvinas, sino también todo nuestro horizonte de posibilidad como país.
Sentimos culpa porque consideramos que somos responsables de la guerra al haber apoyado la recuperación militar de forma masiva y contundente, por eso la ocultamos o evitamos hablar en profundidad de eso. Estamos atravesados por la derrota porque nos convencimos en nuestro recuerdo colectivo que era imposible de ganar. Estamos marcados por la decadencia porque en nuestra memoria nacional nunca estuvimos cerca de recuperar territorio que es nuestro por derecho.
Pero si se asume que la recuperación de la soberanía efectiva de nuestras Islas Malvinas por 74 días fue una locura, que la derrota militar era segura y que el fracaso político de todo ese proceso era inevitable, ¿qué nos queda para el futuro?
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Es legítimo pensar que, quizás, el culpable fue el RU por haber invadido las Islas Malvinas por segunda vez en 1982 y por haber reforzado su ocupación militar hasta la actualidad. Tal vez, la guerra del Atlántico Sur no se perdió porque estábamos condenados al fracaso producto de la superioridad militar británica.
Es posible que la derrota haya sido consecuencia de un pésimo planeamiento estratégico, realizado por una dictadura que estaba más preparada para desaparecer ciudadanos propios que para planificar con seriedad la defensa de nuestras islas. A lo mejor, la estrategia pacífica para recuperar Malvinas sea más evidente de lo que pensamos.
La posguerra de Malvinas terminó. No porque el ocultamiento y la resignificación hayan dejado de estar vigentes o hayan perdido fuerza en la sociedad argentina. Terminó porque existen nuevas generaciones que empiezan a cuestionar esos pilares de la posguerra que, hasta hace pocos años, parecían incuestionables.
*Ezequiel Magnani es doctor en Relaciones Internacionales (UTDT), profesor de Seguridad Internacional y Defensa en la UTDT, la Universidad Austral y la UNSAM, e investigador del CONICET. Nació en 1995. Mariana Altieri es doctora en Ciencias Sociales (UBA), profesora titular de “Conflictos Internacionales” en la UBA y directora ejecutiva de la Fundación Meridiano. Nació en 1987. Ambos autores pertenecen a la generación de la posguerra de Malvinas.