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Cada vez que ocurre un hecho que nos conmueve como sociedad, aparece una necesidad casi automática: encontrar una causa única, una explicación rápida, un responsable claro. Es comprensible. Pero también es, desde la psicología y las ciencias del desarrollo, profundamente equivocado.
Nada de lo que le pasa a un adolescente (y mucho menos lo más grave) puede explicarse por un solo factor. Siempre estamos frente a fenómenos multicausales, donde distintas variables se entrelazan y se potencian entre sí.
Hay algunos ejes que aparecen de manera consistente. El primero es el ambiente, el contexto. Y cuando hablamos de ambiente no nos referimos solo a la familia, sino también al entorno escolar, cultural, social y al clima de época. Los adolescentes no crecen en el vacío: absorben, procesan y muchas veces padecen lo que ocurre alrededor.
El segundo factor es la historia de experiencias adversas o dolorosas. No hace falta pensar en situaciones extremas para entender su impacto. La exclusión, la humillación o la exposición constante también dejan huella, aunque muchas veces pasen desapercibidas para los adultos.
El tercer punto tiene que ver con el neurodesarrollo. Hoy sabemos que el cerebro tarda más de lo que creíamos en alcanzar su madurez. Funciones clave como el control de impulsos, la regulación emocional y la planificación todavía están en construcción durante muchos años. Esto significa que los adolescentes viven emociones intensas con herramientas todavía limitadas para procesarlas.
No siempre hay gritos. No siempre hay conductas disruptivas. Muchas veces lo que hay es silencio, retraimiento, irritabilidad, cambios sutiles en el comportamiento, desconexión emocional. Señales que no irrumpen, pero que dicen mucho. El problema es que, en un contexto saturado de estímulos, esas señales se vuelven casi invisibles.
Las redes sociales no son simplemente una herramienta más: redefinieron la experiencia de crecer. Hoy un adolescente no solo atraviesa su vida cotidiana, sino que también la expone, la compara y la valida en tiempo real frente a otros.
La comparación es permanente. La exigencia también. La sensación de estar siendo observado, evaluado o excluido no se apaga nunca. No hay pausa.
A esto se suma un cuarto factor que suele pasar más desapercibido pero que es clave: la accesibilidad a medios que pueden amplificar el daño. No se trata solo de lo que un adolescente siente, sino de con qué herramientas cuenta -o se encuentra- en ese momento. Y en un entorno digital, esa accesibilidad es inmediata, constante y muchas veces sin mediación adulta.
Además, la lógica del algoritmo potencia todo: amplifica contenidos, emociones y conductas. Lo que antes podía quedar en un círculo reducido, hoy escala, se viraliza y se intensifica. Todo ocurre más rápido, más fuerte y con menos filtro.
El resultado es una sobrecarga emocional difícil de dimensionar desde la mirada adulta. Porque no se trata solo de “usar mucho el celular”. Se trata de vivir en un entorno que estimula constantemente, que no ofrece descanso y que muchas veces desborda la capacidad de procesamiento de quien todavía se está desarrollando.
Si a eso le sumamos el efecto de la pandemia (que consolidó el aislamiento y profundizó el vínculo con las pantallas) el escenario se vuelve aún más complejo. Se entrenó una forma de habitar el mundo más solitaria, más mediada por lo digital y con menos espacios de regulación compartida.
Entonces, la pregunta no debería ser únicamente qué le pasa a un adolescente cuando ocurre algo extremo. La pregunta es qué les está pasando a los adolescentes todos los días, qué podríamos hacer que no estamos haciendo y cómo acompañarlos en una sociedad cada vez más veloz, cambiante y atravesada por la violencia a través de múltiples plataformas y experiencias.
Sucesos como los que estamos viendo hoy, son síntomas de un sistema social complejo, donde todos los actores tenemos una responsabilidad. Porque el riesgo no siempre aparece de golpe. Muchas veces se construye en silencio, en lo que no se dice, en lo que no se mira, en lo que se pasa por alto.
Y si no afinamos esa mirada y asumimos una participación activa en la construcción de una cultura de cuidado, vamos a seguir llegando tarde.
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