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El concepto de “confianza” está en el centro de los debates sobre el programa económico argentino. El ministro Caputo argumentó en el Simposio del IAEF del 19 de marzo de 2026 que el éxito del plan (y particularmente del proceso de desinflación) dependía de la confianza de la ciudadanía. Analistas de la Citi y editoriales de diarios importantes han estado señalando la confianza como un aspecto central para la sostenibilidad del programa.
Por su parte, el presidente Milei en uno de los pasajes de su discurso del 16 de marzo en la Bolsa de Comercio de Córdoba (sobre el cual vuelvo más adelante), argumentó básicamente que, dado que el déficit fiscal es cero, debería haber más confianza en el país. Pero, al mismo tiempo, como señaló Carlos Fara en X, el Índice de Confianza del Consumidor de la Universidad Di Tella siguió cayendo por cuarto mes consecutivo en la última medición de marzo.
¿Los ciudadanos “no la ven”? ¿Es la falta de confianza resultado del “riesgo kuka,” es decir la posibilidad que regresen las ideas extraviadas del kirchnerismo (no digo el justicialismo porque en las condiciones actuales no parece existir)?
Pero ¿qué es confianza? Por un lado, Paul Krugman (New York Times, July 1, 2010) se burlaba del “hada confianza” como un ente mítico, producto la “imaginación de los hacedores de políticas” para resolver mágicamente los problemas económicos. Pero, por otra parte, hay una tradición de análisis económico (a la cual Krugman ha contribuido), que muestra que puede haber “buenos” o “malos” equilibrios dependiendo de la “confianza” de los agentes económicos.
Algunas de estas ideas tienen larga data: por ejemplo, las corridas bancarias del siglo XIXI creadas por súbitas caídas de confianza que transformaban bancos solventes en crisis financieras y que llevaron a crear a los bancos centrales.
Los análisis de buenos/malos equilibrios crecieron exponencialmente luego que los economistas empezaron a armar modelos con agentes económicos con “expectativas racionales” o que, al menos, toman decisiones (aunque no siempre racionales) que consideran el pasado, el presente y, fundamentalmente, escenarios posibles futuros. Estos modelos se han aplicado para analizar buenos/malos equilibrios en el tipo de cambio, deuda pública, sistema financiero, etc.
Una conclusión es que, si los “fundamentals” de la economía están muy bien o muy mal, van a ser éstos y no la confianza/expectativas lo que define el estado de la economía. Solamente en la “zona gris” de “fundamentals” que no son claramente ni buenos ni malos, es donde la confianza puede determinar en qué situación, positiva o negativa, terminamos.
El problema en Argentina es que los “fundamentals” están en esa zona gris: en estas páginas, Federico Poli argumentó que la combinación de tasas de interés muy altas, tipo de cambio fuera de equilibrio y apertura comercial sin considerar prácticas comerciales desleales de otros países, todo con el objetivo de controlar la inflación, está también golpeando importantes sectores de la economía.
De hecho, los datos del Ministerio de Economía muestran que el crecimiento del PBI a precios básicos (es decir antes de sumarle impuestos a bienes y servicios) del último trimestre de 2025 contra el de 2024 (y no mitad de año contra mitad de año, que es lo que usualmente se reporta), el crecimiento de 2025 fue 1.3% (o algo menos de 1% por habitante). Y si se saca al sector financiero, el crecimiento del resto fue 0.6% anual (o un 0.3% por habitante). Los datos de quiebras de empresas, morosidad bancaria, y empleo empiezan a moverse fuera de la “zona gris” en una dirección preocupante.
Milei en el discurso de Córdoba mencionado trató de construir confianza mostrando absoluto compromiso con el superávit fiscal. Ese fuerte compromiso puede ayudar con el problema analizado por Finn Kydland, Edward Prescott y Guillermo Calvo (que les valió el Premio Nobel de Economía en 2004 a los dos primeros y del que se excluyó injustamente a Guillermo).
Simplificando, la idea es que el Gobierno promete algo y lo cumple (por ejemplo, bajar impuestos para inversiones); si los agentes económicos toman decisiones irreversibles (como invertir en el país), ahora el incentivo del gobierno es subir nuevamente los impuestos; y los inversores, que reconocen esto, no invierten.
Pero, a la vez, el Gobierno debería fortalecer los “fundamentals” con una política más balanceada entre inflación y crecimiento. También con más transparencia fiscal (calculando y mostrando claramente lo devengado y no solamente el presupuesto de caja).
Asimismo, sería útil que el Presidente dejara de lado veleidades académicas que nadie le está pidiendo y que debilitan la confianza. La presentación de Córdoba, como parece ser una constante, mezcló la biblia y el calefón, Carnera y San Martín. Parafraseando un dicho común: “es mejor tener la boca cerrada y que piensen que uno no es un erudito, y no abrirla y probar claramente que uno no lo es”.
Otros ejemplos que matan la confianza son ir a EE.UU. a promover inversiones y en el discurso insultar a dos importantes empresarios de la Argentina. Los potenciales inversores se preguntan: ¿si invertimos en la Argentina también vamos a ser sometidos a tratamientos similares? (una variación del marco de Calvo/Kydland/ Prescott). O contradicciones como promover el acuerdo de Mercosur con la Unión Europea, y al mismo tiempo ir a Hungría para apoyar a un gobierno que bloquea muchas de las potenciales acciones conjuntas, incluyendo las de defensa, de los otros países de la unión.
La confianza hay que construirla. Y aunque fuera un “hada,” hay que ayudarla: ella sola no puede hacer milagros.
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