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El gobierno de Milei vive la política como una epopeya. Cada avance es presentado como un paso inédito. Cada triunfo es épico. A Sturzenegger, el Presidente lo llama “Coloso” parangonándolo con aquella estatua de Rodas; a otro lo exaltó como el “mejor ministro de Economía del mundo”; y a su propio gobierno lo autocalificó como “el más reformista del planeta Tierra”. Ha derramado elogios sobre Pettovello, la ministra de Capital Humano, y sobre Santiago Caputo. Ni que hablar de su hermana a la que considera, con toda certeza, “El jefe”, la única que no aplaudió la alabanza presidencial al estratega electoral.
Antes que nada, Milei es un motivador sin límites. Festeja los éxitos como goles y corre a gritarlos en la cara a sus opositores. No se ahorra calificativos a los que quiere estigmatizar: “enano”, “soviético”, “chorra”, “ratas”, “ensobrados”, y así siguiendo con una larga lista de insultos.
Ese Milei hiperactivo, lenguaraz, muchas veces soez, que ve en cada crítica una conspiración, se muestra sosegado y dócil, como deslumbrado, cuando está frente a su ídolo, Donald Trump.
La alianza con el presidente de los Estados Unidos, una alianza que no reconoce dobleces, ha sido hasta aquí el principal capital de Milei, que ya había apostado por Trump cuando todavía gobernaba Joe Biden. Esa decisión estratégica le ha rendido frutos políticos: el swap de 20 mil millones de dólares, en un momento clave, y ahora el fallo favorable sobre YPF.
Aunque resulte muy difícil unir una cosa con otra, porque la justicia norteamericana actúa con una independencia muy distinta a la que, para mal, se naturalizó en la Argentina, el fallo sobre YPF es presentado como un resultado de aquella apuesta política.
Este triunfo es “mío, mío” puede decir legítimamente Milei -y lo dice- porque ocurrió durante su administración.
“Los argumentos no tuvieron signo político y permanecieron más allá de los cambios de gobierno. Eso es rol de una política de Estado: construye credibilidad donde sólo había inconsistencia”, afirmó ayer en Clarín Bernardo Saravia Frías, ex Procurador del gobierno de Macri, quien estuvo a cargo en ese tiempo de argumentar en contra del fondo buitre que casi se lleva 18.000 millones de dólares.
A Milei, en cambio, le importa que esa decisión ocurrió en su tiempo y quiere darle utilidad política para usarlo como catapulta para sacar a su gobierno de la ciénaga Adorni, recuperando la iniciativa, y también le sirve para atacar a Kicillof haciéndolo responsable de haber puesto al país al borde del colapso total.
El gobernador de Buenos Aires, paradójicamente, quiere presentar este fallo también como un triunfo: no solo la legalidad de la expropiación de la petrolera sino, además, haber dotado al país de un capital vital para participar del ávido mercado energético.
El gobierno de Milei se basó en tres pilares: equilibrio económico, desinflación y lucha contra la casta. El primero se mantiene en base a un ajuste que marcha al ritmo de la caída de la recaudación; el segundo, vinculado con el fenómeno anterior, encuentra un piso difícil de perforar, en medio de síntomas de estancamiento; el tercero, ya lo ha perdido.
El caso Adorni se ha convertido en un verdadero problema porque el gobierno ha decidido defenderlo contra toda evidencia. Y esa defensa involucrando a todo el elenco, comenzando por el Presidente y su poderosa hermana, más que fortaleza traduce debilidad.
Adorni pertenece al equipo que rodea a Karina Milei, quien tiene el poder político. La resistencia de entregar la cabeza de su colaborador radica en la negativa de dársela servida en bandeja a los “medios”, es decir a los “apenas periodistas”, otras de las frases célebres del funcionario que se “desloma” en Nueva York.
Es curioso: Adorni se enredó solo y para salir de su propio laberinto cometió errores, y se descubrieron otros, que ahora investiga la justicia por enriquecimiento ilícito. Los “apenas periodistas” siguieron el caso, investigaron y publicaron el resultado de sus hallazgos. Hicieron su trabajo.
Más grave aún para los libertarios, Adorni quizá deslumbrado por su rápida escalada en el poder, se llevó puesta la “lucha contra la casta” propinándole un golpe letal al relato.
El fallo en favor de Argentina por YPF será exhibido, entonces, como un manto para ocultar la endeble situación del jefe de Gabinete.
La oposición no puede sacar provecho ahora de esta situación. El peronismo, sumido todavía en un problema sin solución como es el papel jugará Cristina, apunta en dos direcciones: Kicillof, que aparece como una candidatura inercial sin poder desmarcarse de su impronta cristinista, no contiene a todo el justicialismo; segundo, hay propuestas de reagrupamiento (la hizo Sergio Uñac, ex gobernador sanjuanino, quizá con el visto bueno de la ex Presidenta) para invitar a otros sectores, como el radicalismo, para construir un frente que proponga un programa “productivo”. Hay algunos nombres de empresarios que están circulando ya.
El gobernador bonaerense, que ve estos movimientos como contrarios a su candidatura, tiene un problema adicional muy serio: ajustar un 30 % sus gastos porque la recaudación se le ha derrumbado. Quienes conocen los problemas bonaerenses dicen que hay sectores estatales al límite.
Los otros gobernadores enfrentan problemas similares con un adicional: el acercamiento al gobierno les hizo caer en liderazgo. Están en un brete difícil de romper: plata o el llano.
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