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Adam Smith entendió algo que todavía hoy muchos gobiernos no entienden. La riqueza no se decreta, no se imprime y no se reparte antes de ser creada. Por eso La riqueza de las naciones, publicado en 1776, no fue solo un tratado de economía. Fue el acta de nacimiento intelectual del mundo moderno.
La idea de fondo era brutalmente simple. Los países no se enriquecen por lo que atesoran, sino por lo que producen. La riqueza no sale de un decreto ni de una caja fuerte. Nace cuando una sociedad logra organizar trabajo, conocimiento, intercambio e innovación de manera cada vez más productiva. Esa idea parece elemental. No lo era entonces y, viendo ciertos debates contemporáneos, tampoco lo es ahora. Todavía abundan políticos, empresarios y comentaristas que hablan de la economía como si la riqueza fuera una torta fija que alguien esconde, roba o reparte. Smith vino a decir algo mucho más incómodo. Antes de repartir, hay que producir. Y para producir más no alcanza con voluntad, relato o moralina. Hacen falta instituciones, incentivos, competencia, conocimiento y libertad.
Smith escribe en la antesala de la Revolución Industrial, pero ya percibe la lógica profunda que la haría posible. La división del trabajo, la ampliación de los mercados, la acumulación de conocimiento práctico y la capacidad del capitalismo para convertir el ingenio humano en productividad masiva.
Su famoso ejemplo de la fábrica de alfileres no era una curiosidad menor. Era una intuición gigantesca. Cuando el trabajo se divide, se especializa y se coordina, la producción se multiplica. Ahí hay algo más que eficiencia, se esconde una nueva forma de civilización. La modernidad económica nace cuando dejamos de depender solo de la fuerza muscular, de la tierra o del linaje, y empezamos a depender cada vez más de la organización del conocimiento.
Volver a Smith hoy tiene tanto sentido. Porque el hilo que une la fábrica de alfileres con la IA no está cortado. Es el mismo proceso histórico visto en distintas etapas. En el siglo XVIII la clave era fragmentar tareas manuales. En el XIX, mecanizarlas. En el XX, electrificarlas y automatizarlas. En el XXI, codificarlas, modelarlas y delegarlas parcialmente en sistemas capaces de aprender. La pregunta, entonces, no es si Adam Smith habló de inteligencia artificial. Obviamente no. La pregunta es si entendió la lógica general de un mundo en el que la riqueza depende cada vez menos de los recursos brutos y cada vez más de la capacidad de una sociedad para combinar trabajo, conocimiento, tecnología e instituciones. Y la respuesta es sí.
Ahora bien, esa historia no es lineal ni idílica. Nunca lo fue. El capitalismo no es un jardín moral. Es una maquinaria extraordinariamente potente para generar riqueza, pero también para destruir posiciones, volver obsoletos oficios y reorganizar jerarquías sociales a una velocidad brutal. Durante dos siglos pensamos que las máquinas venían por nuestros brazos. Ahora muchos sienten que vienen por nuestras cabezas.
Ahí aparece una segunda razón por la que Smith sigue siendo relevante. Obliga a preguntar de dónde sale verdaderamente el valor, teoría del valor clásica. La irrupción de la inteligencia artificial vuelve esa pregunta explosiva. Si una máquina puede redactar, traducir, diagnosticar, programar, diseñar, resumir, enseñar o asistir en una cantidad creciente de tareas cognitivas, qué pasa con el valor del trabajo humano. Se derrumba, se transforma, se desplaza hacia nuevas actividades. O, tal vez, se vuelve más valioso precisamente aquello que todavía no puede estandarizarse del todo, el criterio, la sensibilidad, el liderazgo, la confianza, la responsabilidad, la imaginación genuina.
Todavía no lo sabemos, pero sí sabemos esto: cada revolución tecnológica importante obligó a redefinir qué cuenta como trabajo valioso. Cuando llegó la mecanización, dejó de valer tanto la fuerza física. Cuando llegó la computación, muchas tareas rutinarias de oficina perdieron centralidad. Con la IA, probablemente empiece a valer menos una parte del trabajo cognitivo repetitivo y más la capacidad de formular buenas preguntas, interpretar contextos ambiguos, decidir bajo incertidumbre y producir sentido donde los datos, por sí solos, no alcanzan. Eso no significa que el trabajo humano desaparezca. Significa que cambia de lugar. Y también que la sociedad deberá decidir qué papel le queda a la acción humana en un contexto donde la productividad podría dispararse mientras ciertas ocupaciones pierden valor de mercado.
Leer a Adam Smith no es un gesto arqueológico. Es una forma de pensar lo esencial que va desde cómo se crea valor hasta qué instituciones hacen posible el progreso. Y por qué una sociedad verdaderamente rica no es la que simplemente incorpora tecnología, sino la que logra convertirla en prosperidad amplia, digna y sostenible.
El artículo es parte de una entrega en Clarín sobre el 250° aniversario de la obra del economista Adam Smith: La riqueza de las naciones.
Economista, profesor de Historia Pensamiento Económico UTDT y asesor Ministerio Capital Humano
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