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Noelia Castillo Ramos, tan joven, con toda la vida por delante si no fuera por el horror que le quebró el cuerpo, optó por la eutanasia.
Todo era insoportable. Su padre quiso extender ese martirio y ella estaba tan sola en su tormento que prefirió y luchó para dejar este mundo que para ella fue el infierno.
Noelia padecía un Trastorno Límite de Personalidad, TLP. Esa distorsión psíquica complejizó el debate sobre su derecho a morir dignamente. Porque si no estaba en sus cabales, afirmaban quienes se oponían a su eutanasia, no podría elegir su partida hacia el deceso tan buscado.
Pero es que todo era sufrimiento. Una herida psíquica y física. Persistir viva era ahondar la herida.
Y esa asociación ultra religiosa a la que su padre se aferró quiso imponer un mandato moral terrible: sufrir es necesario, sufrir siempre. La bioética devocional no es ética. Es una imposición disfrazada de moral.
Noelia era ella, no los feligreses militantes, pretendidos propietarios de las agonías ajenas. Había sufrido y cargado las cicatrices emocionales producidas por su familia tan dañina, porque hay casos terribles en los que los progenitores se convierten en una maldición.
Su madre, Yolanda, no quería la eutanasia de su hija, pero asumió al final que sería inminente y quiso acompañarla en el último instante.
"Nadie en mi familia está a favor de la eutanasia. Yo me voy y ellos se quedan aquí con todo el dolor, pero pienso en todo el dolor que he sufrido en todos estos años".
Su agonía merece respeto profundo: "No tengo ganas de nada, ni de comer, ni de salir, ni de hacer nada; siempre me he sentido sola".
Los denominados "Abogados Cristianos", que luchaban para sostenerla agónica y con vida, publicaron en redes: "Antes de matar a una persona, vamos a tratarla".
Es la insoportable superficialidad de los crédulos dogmáticos en ese Dios artificial construido por ellos para impedir el libre albedrío.
Lo que está en juego es el difícil territorio de la libertad. Los argumentos históricos y religiosos en contra del suicidio se amparan en que uno mismo no se pertenece, sino que pertenece a todos, a sus queridos, a sus cercanos y sobre todo a Dios.
La autonomía sobre la propia existencia no es un privilegio: es el núcleo de la dignidad humana. Es lo que sostienen los más serios especialistas en bioética, como los filósofos Peter Singer y Ronald Dworkin.
En Argentina, mientras tanto, los proyectos de ley sobre eutanasia duermen en el Congreso. Nadie los trata. El debate espanta más de lo que convoca. Es el miedo, o quizás la indolencia, para sumergirse en el epicentro mismo de la encrucijada entre la vida y la muerte voluntaria. Noelia obtuvo su derecho en España porque en España existe una ley. La ley no mata: ampara. Pone al Estado del lado del que padece, y no del lado de quienes administran el dolor ajeno como si fuera una propiedad colectiva.
Lo que los opositores de Noelia llamaban "protegerla" era exactamente lo contrario: negarle el único bien que le quedaba intacto. Su voluntad.
Eligió unas fotografías para llevar consigo cuando partiría. Una en la que ella misma aparecía pintando un retrato de su madre. El énfasis en la foto era ella, era ella pintándola. Otra con Wendy, la perra que amó en su infancia, cuando todavía era posible ser feliz, cuando su cuerpo no era una prisión sin ventanas. Otra foto de su primer día de colegio. Y otra de su infancia.
Se eligió a ella pintando a su madre. A su madre deseada. No a Yolanda, la madre real. Y a su perra, puro ser, pura fidelidad y compañía.
En 1968 Ramón Sampedro quedó parapléjico. Luchó durante 30 años, postrado y en vano pidiendo la eutanasia- no había ley entonces- aunque logró morir ayudado por amigos, que le acercaron el brebaje que él ingirió por propia voluntad. Él, Sampedro escribió con un bolígrafo que manejaba desde su boca un poema emblemático:
Mi cuerpo ya no es mi cuerpo… Tu mirada y mi mirada como un eco repitiendo, sin palabras: «más adentro», «más adentro», hasta el más allá del todo, por la sangre y por los huesos.
¿Dónde quedó el amor en la vida tan tortuosa de Noelia? Fue la falta de amor su condena. Fue la irresponsabilidad paterna, que prefirió la adicción a la obligación moral de tener y cuidar a una hija.
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