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Estoy triste, estos días estoy muy triste, así que busqué entre lo inencontrable una imagen escrita de una mujer que me fascinó por el aire sin fin de su tristeza. Realmente, aquella mujer, María Kodama, no era tan triste como me pareció la primera vez que la vi en mi vida. Pero noté en su modo de ser, en aquel instante primero de nuestro encuentro, que ella no guardaba otra esperanza que la que la llevaba al pasado. María Kodama.
Hace unos días que reencontré esas palabras suyas sobre el amor de su vida, Jorge Luis Borges, y fue como si a los dos, a Borges y a Kodama, los encontrara juntos en la azotea de mi casa, mirando ambos la primavera de Madrid, donde vivo estos días sufriendo la señal que mandan los lugares más tristes de este tiempo: Trump, sobre todo, las personas sufriendo por él, la terrible señal que indica que ahora el mundo es peor que cuando yo era niño. Hace tanto tiempo, y aun ahora, es peor el tiempo que se vive.
No sé por qué, pero aquella imagen de Kodama buscando a un periodista como yo que estaba en Madrid, algún tiempo después de la primera vez en que nos vimos, me alegra este rato de la tarde con aquella sonrisa inesperada. La primera vez, sentados los dos en el Hotel Palace de Madrid, a ella se le ocurrió preguntarme por las impresiones que me había dejado atrás su marido.
Lo he contado ya un millón de veces, pero no puedo no seguir recordando lo que le dije: era tan grato, le gustaba tanto la curiosidad de la vida a Borges, que en uno de nuestros encuentros, le dije, cuando tú no estabas en Madrid y él se confió en mi para llevarlo a los sitios…
Eso le fui diciendo, mientras ella me miraba como si yo ya fuera de otro territorio, quizá de la nada. Me dijo: “Jamás dejé sólo a Jorge Luis Borges”. En ese momento me callé como si fuera mudo, hasta que ella recuperó su propia voz para que los dos regresáramos a una conversación que nos marcó el anochecer y nos alegró el rato siguiente de nuestras vidas.
No estuvimos callados, qué va; lo único que pasó fue que hablamos y hablamos y hablamos de otra cosa, y también nos reímos. Ver reír a Kodama fue algo muy especial, muy entero y bello, como si ella trajera la risa de otro tiempo y me la diera a trocitos que guardé como oro en paño.
Al cabo de un tiempo ella reapareció en Madrid, vestida de blanco, como si nunca se hubiera ido. Por razones que no se me ocurrió preguntarle Kodama me llevó consigo a un lugar que se parecía a un parque infantil en el que sobresalieron muy pronto sus carcajadas.
No entiendo qué pasó, pero lo recuerdo como si estuviera ella mirándome desde lo alto de un lugar para acunar niños. Ahí la observé, esa risa no se me olvida. En uno de aquellos momentos en que ella parecía la niña de la que nadie tuvo noticia se acordó de que en realidad estaba allí para hacerme un regalo.
El regalo, por así decirlo, era también de parte de Jorge Luis Borges. Los comprendía al maestro y a Kodama, subidos al famoso autogiro en el que se lanzaron a explorar el cielo del mundo. Del mismo modo que en Madrid, años atrás, él quiso saber de qué color era el cielo de la ciudad, y yo se lo puse cerca, buscó en los cielos que ella le iba explicando hasta dónde podían llegar su imaginación y aquellos ojos que dejaron de ver por fuera y siguieron viendo, y riendo, por dentro.
Kodama sacó el libro de su bolso, y yo lo abrí como si estuviera esperando que desde aquel sitio misterioso que era su álbum de recuerdos ella se fuera a sacar otro Borges o su poesía. Era tan inteligente. Sabato se burlaba de él, y él se burlaba de Sábato. En Asturias, con Juan Cueto, un sabio español de veras, y con el impar Guillermo Cabrera Infante, el mejor cubano que he conocido, Borges fue como el anfitrión de los cielos, pues lo sabía todo, nada le era ajeno.
Cuando bajó del hermoso jardín del que hicieron el aire que los llevó al cielo, esto escribió el maestro: “En el grato decurso de nuestra residencia en la tierra, María Kodama y yo hemos recorrido y saboreado muchas regiones, que sugirieron muchas fotografías y muchos textos. (…) He aquí ese libro. No consta de una serie de textos ilustrados por fotografías o de una serie de fotografías explicadas por un epígrafe. Cada título abarca una unidad, hecha de imágenes y de palabras. Descubrir lo desconocido no es una especialidad de Simbad, de Erico el Rojo o de Copérnico”.
Seguía Borges I el Sabio: “No hay un solo hombre que no sea un descubridor. Empieza descubriendo, lo salado, lo cóncavo, lo liso, lo áspero, los siete colores del arco y las veintitantas letras del alfabeto; pasa por los rostros, los mapas, los animales y los astros; concluye por la duda o por la fe y por la certidumbre casi total de su propia ignorancia”.
Es como leer agua bella, como hacer de Borges parte de nuestra alegría, sentir que el cielo que a él se le abrió (como aquella vez en el Hotel Palace de Madrid) fuera el sol que ahora me traía desde cualquier sitio aquella mujer que por fin reía entera en un columpio para niños en Madrid.
Aquella vez la entrevisté, como si la acabara de conocer, pues así hemos de ser los periodistas: seres que preguntan siempre como si fuera la primera vez que encontramos al otro al que hemos visto más veces. Le dije, pues, para empezar la conversación:
--Sí, la verdad es que sí, él se divertía mucho, le encantaba hacer cosas insólitas. Cuando estuvieron los Reyes de España en México nos comunicaron que no podíamos ir allí por la guerrilla, y él me dijo: ´Es que no quieren que vayamos. ¡Ninguna guerrilla! ¡Vamos igual!` Era divertidísimo porque no era miedoso, eso es muy importante. El miedo es lo peor que le puede suceder a una persona, es la esclavitud que ella misma se impone, y es terrible”.
Luego siguió hablando de Borges María Kodama. Le dije: Representa mucho para Borges ese viaje, y ella me dijo, bajando del columpio: “Nunca le interesó nada como los descubrimientos o las cosas que él había leído y que luego fueron la realidad que le fascinara… Estaba fascinado por el silencio… Te invito a que lo hagas en globo, ese viento suave, ese silencio. Lo que uno siente volando… Él estaba enloquecido. Decía: ´¡Pero se da cuenta! ¡Qué hacemos, dígame!` Yo le decía que los autos se veían diminutos, fue preciso. ¡Cumplía su sueño, nunca pensó que podría hacerlo!”.
Nunca viví tan feliz aquella tarde con Borges y sin Borges. Ahora que el país del que él era y el mundo al que pertenecemos están tan tristes. Y por tantos motivos que parecen convocar el fin del mundo, he sentido como inolvidable aquella vez en que Kodama fue feliz con Borges y luego con aquellos que le escucharan decir cómo fue aquel viaje.
No ignoro lo que me dolió más del futuro que ella atrajo recordando lo que Borges le dijo al final de sus días: “María, yo sé cómo me quiere usted. Usted no puede querer ver mi agonía convertida en un espectáculo empapelando las calles de la ciudad como pasó con Ricardo Balbín. Nos quedamos acá”.
Y se quedaron en Ginebra. Hasta que Borges no estuvo en ninguna parte sino en su genio.
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