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Los países no son buenos o malos por naturaleza: actúan bien o mal según nuestra consideración, principios o intereses. Esa distinción es clave porque separa la esencia de la circunstancia. Los países no “son” democracias o dictaduras. Las tienen, las soportan, las acogen o las padecen, las pueden perder o las pueden cambiar. Y los pueblos no “son” amigos o enemigos. Sus estados sí pueden establecer relaciones de amistad o sostener enemistades relacionadas con intereses o valores. Y existen los atavismos culturales, por cierto.
Cuando decimos que un país es una dictadura, estamos usando una definición esencialista. Sugiere que el autoritarismo es parte del ADN de esa nación o cultura, lo que puede llevar a estigmatizar y pensar que esta nunca cambiará. Es un deslizamiento terminológico acaso inadvertido o secundario pero implica sesgos cognitivos que mucho tienen que ver con el modo de abordar los conflictos y atolladeros de la actualidad. Utilizar el “ser” o el “tener” define nuestra visión sobre la política y la historia.
Así como existe una falacia antropomórfica, que consiste en tratar a los países como si fueran personas, -difícil de evitar cuando referimos a lo que los países hacen o dejan de hacer en el escenario internacional-, existe otra falacia, llamémosla “identitaria”, que consiste en asociar a los países con las políticas de sus gobiernos, las guerras que estos libran, las ideologías o religiones en nombre de las cuales lo hacen, anulando así la diversidad de expresiones que existen en sus respectivas sociedades y desconociendo la complejidad y riqueza de sus procesos históricos.
La falacia identitaria asume que ciertos países "nacieron para ser" dictaduras o democracias. Por ejemplo, decir que "Rusia es autoritaria por naturaleza" o que "Occidente es democrático por esencia", es ignorar que la democracia o la dictadura son resultados históricos de luchas, crisis, conflictos y acuerdos, no rasgos biológicos del territorio.
Decir que un país es dictatorial, podría estar sugiriendo que sus ciudadanos, su historia y su futuro también lo serían por definición. Se condena así a toda la sociedad, y se justifican intervenciones o aislamientos con criterios etnocentristas, al percibir al país como una entidad defectuosa e incapaz de valerse por sí sola.
Hace 30 años, Samuel Huntington anunciaba que los conflictos por venir serían entre civilizaciones (Choque de civilizaciones, 1996). Dibujaba un mapamundi parcelado en ocho áreas geográficas dominadas por constelaciones civilizatorias destinadas a chocar.
Una década más tarde, en su último libro titulado "¿Quiénes somos?" (2004), Huntington advertía que ese choque entre civilizaciones podría darse al interior mismo de su país, los EE.UU., analizando lo que consideraba una crisis de su identidad nacional. La foto se volvió película: las sociedades cambian su fisonomía y las civilizaciones se mezclan, fluyen, activando las reacciones identitarias que resisten dicha evolución. Una de las consecuencias de esto es que nadie hoy daría por sentado que la democracia está asegurada en los países que fueron su cuna y faro.
En nuestra región, el lenguaje político naturalizó expresiones como “no queremos ser Venezuela”, ofendiendo a los cientos de miles de venezolanos que emigraron de su país por el régimen que allí imperaba -y sigue imperando-, los que encontraron acogida en sociedades latinoamericanas hermanas, la nuestra entre ellas.
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