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Hay un error bastante común en política: creer que una conferencia de prensa en medio de una crisis sirve, sobre todo, para mostrar carácter. No sirve para eso. Sirve para otra cosa: para bajar incertidumbre, ordenar el caso, ofrecer una versión creíble de los hechos y reducir el daño. Si no logra eso, la conferencia no “resiste”: fracasa. El problema de Manuel Adorni no fue solamente lo que enfrentó. Fue, sobre todo, cómo decidió enfrentarlo.
La teoría de comunicación de crisis, en especial la tradición que sistematizó Timothy Coombs, distingue con bastante claridad las familias de respuesta disponibles: negación, justificación, excusa, ataque al acusador, compensación, disculpa, acción correctiva. No son detalles académicos. Son mapas de conducta. Y en el caso Adorni lo que se vio fue una mezcla bastante nítida: defensa política, justificación personal, apelación al expediente judicial y, cuando la presión aumentó, ataque al periodismo y a los adversarios. El resultado fue una conferencia más útil para la trinchera que para la contención.
Adorni abrió con una fórmula clásica: “No tengo nada que esconder”. Podría haber sido un buen punto de partida. Pero enseguida desplazó el eje. En vez de concentrarse en los datos que la audiencia estaba esperando, eligió contrastarse moralmente con gobiernos anteriores, hablar de “la vara ética”, denunciar operaciones y ubicar a periodistas y opositores en el mismo campo de ataque. En términos políticos, eso puede sonar combativo. En términos de crisis, es otra cosa: es cambiar de escenario sin haber resuelto el problema original.
La crisis, además, no estaba en una fase temprana ni simple. Ya arrastraba acumulación. El viaje oficial con su esposa, el viaje privado a Punta del Este, las dudas sobre facturación, la discusión patrimonial y el frente judicial habían convertido el episodio en una crisis mixta: ética, reputacional y potencialmente legal.
En esos casos, la respuesta más eficaz no es la sobreactuación. Es la precisión. Cuanto más complejo es el caso, más importante se vuelve decir menos cosas, pero más comprobables. Acá ocurrió lo contrario.
Los públicos necesitan información que reduzca incertidumbre. No solo una defensa del involucrado. Información. Datos confirmables. Elementos que permitan entender qué pasó, qué no pasó, qué está probado, qué está bajo investigación y qué conducta correctiva se va a seguir. Incluso cuando la causa todavía está abierta, el consejo no es callar todo: es no especular, no mentir, no discutir responsabilidad jurídica antes de tiempo y entregar lo que sí puede verificarse.
Ese es el punto crítico. Adorni usó la investigación judicial como un límite casi absoluto de respuesta. Desde lo legal puede ser entendible. Desde lo comunicacional, no alcanza. Porque la audiencia no escucha “hay una causa” y automáticamente siente tranquilidad. Muchas veces escucha exactamente lo contrario: que no habrá respuestas sustantivas.
Cuando además el vocero completa ese vacío con ironía, chicana o enojo, el problema se agrava. El silencio parcial, combinado con confrontación, produce una de las peores combinaciones posibles: deja dudas sin resolver y agrega material nuevo para la controversia.
La conferencia tuvo varios de esos momentos. Cuando Adorni dijo “no tengo por qué explicar una transacción privada” o cuando afirmó “las preguntas las hago yo”, dejó de estar en modo contención y pasó a modo disputa. Y una disputa en vivo con periodistas, en una crisis de transparencia, casi nunca termina bien para el funcionario.
Porque una conferencia no solo transmite argumentos: produce escenas. Y en política contemporánea las escenas pesan tanto como los argumentos. A veces más. La escena que quedó no fue la de un jefe de Gabinete ordenando un caso delicado. Fue la de un funcionario irritado, defensivo y poco dispuesto a dar la explicación completa que el momento reclamaba.
La teoría también advierte sobre otro problema: cuando la organización no llena el vacío informativo, otros lo llenan. Periodistas, opositores, especialistas, fuentes anónimas, redes sociales. El vacío nunca queda vacío. Si el vocero no logra instalar un marco creíble, el caso se sigue narrando desde afuera. Por eso una buena conferencia de crisis no se mide por el aplauso propio, sino por la cantidad de preguntas que logra cerrar.
La de Adorni, en ese sentido, no cerró casi ninguna. Apenas intentó encapsular el tema bajo una fórmula: “Está todo declarado” y “la Justicia tiene la información”. Pero no acompañó esas frases con un diseño convincente de prueba pública.
También falló el tono. Y el tono importa. No por una cuestión estética, sino porque en crisis el tono es una parte del mensaje. La sobriedad no garantiza credibilidad, pero la irritación suele dañar. Los ejemplos internacionales más estudiados muestran que aun en contextos extremos, cuando no se puede informar todo, los voceros eficaces conservan calma, cautela y control. No especulan, no se pelean con la sala, no confunden firmeza con agresividad.
La conclusión, entonces, no requiere dramatismo. La conferencia de Adorni no estuvo diseñada para desactivar la crisis. Estuvo diseñada para resistirla políticamente. Y esa diferencia es decisiva. Resistir puede servir para la tropa propia. Desactivar exige otra cosa: reconocer el problema, separar lo comprobado de lo discutido, reducir el margen de sospecha y no regalar escenas de hostilidad. Adorni eligió el camino inverso. Por eso la conferencia no bajó la temperatura del caso. La administró hacia adentro, pero la expandió hacia afuera.
En crisis, no siempre cae primero el que hizo peor las cosas. A veces cae primero el que peor explica. Y en ese terreno, la conferencia de Adorni dejó una enseñanza bastante nítida: cuando el problema exige evidencia, contestar con pelea es una mala idea.
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