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Viajaba sentada en el subte, con Red Garland en los auriculares y Dostoievski en las manos. Estaba terminando, una vez más, Memorias del subsuelo, esa página en la que pregunta “¿Qué es mejor, una felicidad barata o un sufrimiento sublime?”
No recuerdo si pude leer la frase de un tirón o si tuve que insistir volviendo a comenzar, una, dos, quizá cinco veces.
No por la frase en sí (aunque podría haber sido), sino porque —antes de que yo pudiera tener conciencia— la voz de una mujer atravesó no solo el jazz sino mi capacidad de decodificar palabras.
De pronto, no me era posible unir “felicidad” con “barata”, ni construir una posible interpretación porque me interceptaban las palabras de una mujer que, parada a unos metros en el mismo vagón donde yo trataba de defender mi burbuja a toda costa, pedía limosna a viva voz.
“En la calle, en la calle, en la calle, con mis hijos, con mis hijos, con mis hijos, un ayu, un ayu, un ayu”.
Con igual determinación yo leía “qué es mejor, qué es mejor, una felicidad, una felicidad, barata, barata, o un sufrimiento, sufrimiento” hasta que claudiqué.
Me rendí a la insistencia de las palabras, a la incomparable potencia de la repetición.
Me atrevo a afirmar que no había una sola persona en el vagón que no supiera que la mujer pedía un pan, un pan, un pan, un pan, porque se había quedado en la calle, en la calle, en la calle, con sus hijos, con sus hijos y pedía para que pudieran comer hoy, comer hoy, comer hoy, comer hoy.
Ella no increpaba a los ojos de la gente, miraba más bien a algún infinito, algún horizonte. Su forma de resolver la ardua tarea de ser vista y escuchada era apostar todo al ensañamiento en cada frase.
Repetir las palabras hasta gastarlas, hasta hundirlas en el cuerpo de cada pasajero.
Quién pudiera, me dije. Quién pudiera repetir así, con esa determinación, esa potencia, esa certeza que da la necesidad.
Ahí está, me dije, con la alegría del hallazgo, es la necesidad lo que vuelve inequívoco el objetivo, aunque paradójicamente, esta mujer tuvo menos suerte que sus antecesores, que también pedían o vendían algo.
Quizá, en Buenos Aires, la demanda de ayuda es infinitamente mayor a las posibilidades de los pasajeros, que tampoco están a salvo y refugian sus miradas en el suelo, algún libro o la mayoría, en el teléfono.
Apunté, con el entusiasmo de haber encontrado una idea nueva, las palabras de la mujer, la forma en que cortaba las frases para repetirlas, consciente de que en esa repetición, había algo más.
Algo que comprendería después. Cuando el subte se detuvo en la estación Juramento, ella se bajó y yo regresé a Dostoievski:
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