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Si las personas que vivieron su juventud en los años 70 parecieran dividirse entre héroes caídos y desinformados ajenos al terrorismo de Estado, Montserrat Olivera no estaría en ninguna de las categorías. Con seguridad no se siente una heroína pese a que sobrevivió a la desaparición de su hermano y al secuestro de su marido. Tampoco era ajena a lo que sucedía, aunque no se enroló en ninguna agrupación. Ella fue, como tantas personas, una mujer joven que resistió con las herramientas que tenía a la mano. No es poco.
El año pasado, la periodista Josefina Licitra narró en su libro Crac (Seix Barral) las consecuencias emocionales y vinculares del exilio de su padre, la distancia y la frustración de una relación a la distancia. La figura del padre exiliado dialoga con otra, la de la madre, que no se va, que se queda en el país y también padece la violencia generalizada.
"Quise iluminar esa zona porque el héroe anónimo es el personaje que uno siempre quiere levantar en andas. Y si mi madre es uno de esos héroes, dado que además es la persona que se cargó al hombro mi crianza, una auténtica persona que se hizo a sí misma, no se me ocurre dejarla fuera del relato. Ella merece un pedestal".
Sin pedestal pero con una vida de esfuerzos, por momentos sobrehumanos, la de Montserrat Olivera también es una de esas experiencias. Psicóloga especializada en tratar a las víctimas de la violencia de Estado, decidió desandar su historia en un libro personal titulado La novena voz (3 Banderas Editores).
Si fuera una novela, la trama tendría todos los elementos de época. Olivera es la novena de once hijos de un general de la Nación, médico y de militancia católica y de una mujer exquisita y devota del modelo familiar tradicional. De la mano de la iglesia, ella llegó al Concilio Vaticano II. Y de ahí a la militancia.
Los años 70 fueron dramáticos. Su hermano Rafael y su cuñada Nora están desaparecidos. Ella misma sobrevivió al secuestro de su marido (el abogado Miguel Ángel Radrizzani Goñi, defensor de presos políticos, junto Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde), vivió en la clandestinidad, cosió ropa para sobrevivir, estudió mientras trabajaba y vivió para contarla.
Durante años, se sorprendía cada vez que alguien opinaba que tenía que escribir su historia. No veía por qué. Como tantos, ella no se sentía heroica. Pero también como tantos, desde sus vidas anónimas y esforzadas, sí lo son.
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