Para disfrutar los contenidos de Clarín es necesario que actives JavaScript en tu navegador.
El cincuentenario del Proceso de Reorganización Nacional es una nueva ocasión para reflexionar sobre los años '70, y es también una oportunidad para abandonar consignas que comienzan a sonar cada vez más vacías en un nuevo clima social.
Tal vez estemos adquiriendo una mayor madurez y por eso parece oportuno plantear algunas cuestiones hasta ahora prohibidas que se mantienen en un limbo de silencio. A lo mejor está llegando la hora de poder hablarlas en voz alta.
Con menos frecuencia que los temas clásicos que constituyen la trama de los años de plomo, se ha hablado de la participación civil en el golpe. Se han señalado ejemplos de personajes de la vida pública que han ocupado cargos en ese proceso, según lo muestran liberales como José Alfredo Martínez de Hoz, radicales como Héctor Hidalgo Solá, desarrollistas como Oscar Camilión, demócratas progresistas como Rafael Martínez Raymonda y socialistas como Américo Ghioldi.
Los militares no fueron extraterrestres que aterrizaron en un plato volador y consecuentemente no estaban solos, fueron el emergente de una sociedad. En los partidos políticos se respiraba estar viviendo un proceso irreversible que fusionaba insumos altamente inflamables: violencia entre grupos armados, corrupción generalizada, desbarajuste económico y un caótico desmanejo político.
Pero la actitud pro-golpista no se redujo a unos pocos nombres de sectores minoritarios aunque ellos fueran importantes, que podrían ser enumerados en un listado, sino que involucró a un ponderable entretejido social posiblemente mayoritario. En él se incluía a primeras figuras de la vida pública, pero también a un grueso de la ciudadanía que asistía impotente a una virtual implosión de la sociedad.
No sólo Balbín se declaró incompetente. Los propios legisladores que serían desalojados por el golpe asentían implícitamente la inevitabilidad de la medida de fuerza. Fue un error, pero la desesperación impidió verlo. Preferimos mirar para otro lado, y después nos rasgamos las vestiduras.
Un mensaje representativo de un sentir común de ese momento histórico es éste: “Que Dios ilumine en esta hora dramática a quienes han asumido la responsabilidad de restablecer el orden en la República”. Esto no lo declaró el comandante en jefe del ejército sino el propio presidente peronista de la Cámara de Diputados, Nicasio Sánchez Toranzo, quien agregó: “Si es para bien del país, si esto lo saca de este estado de cosas, mejor. Antes que peronista o justicialista, yo soy argentino”. No se le puede retacear el reconocimiento de una elogiable honestidad.
Todo parecía confluir en una visión compartida por grandes segmentos de la opinión: esto no da para mas. Un salto al vacío porque ya no funcionaban los instrumentos institucionales. Autoritarismo y militarismo constituyen la matriz de una sociedad que condujo al golpe, que no fue castrense, fue primariamente civil.
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín