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"Todo está dicho"

hace 18 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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El verano se estaba despidiendo, pero no hacía frío, aquella noche del 24 de marzo de 1976. La redacción de la calle Chacabuco 142 estaba en suspenso. Las teletipo seguían escupiendo las noticias de las agencias internacionales, pero aquí reinaba la ansiedad y la incertidumbre.

Los diarios de papel estaban dispersos, desordenados en las mesas de trabajo, y las máquinas de escribir que vibraban a todas horas, se habían silenciado.

El primer piso donde funcionaba la redacción de Télam, un salón lago y angosto, solo tenía un ventanal grande y sucio que daba a la calle, que también estaba en silencio.

El humo de los cigarrillos nos cubría con un aire denso y viciado. Solo quedaba esperar que los acontecimientos, ya sabidos, ocurrieran. Y ocurrieron.

Horas antes esa sala era un bullicio, con corillos que murmuraban lo inevitable. Todas las redacciones eran bulliciosas, salvo la del diario La Razón, manejada por la mano de hierro de don Félix Laiño.

Aquí, en la agencia de noticias Télam, ya no había urgencias, la adrenalina que nos alimentaba las 24 horas del día. Pero estaba en el ánimo de todos.

Los periodistas que trabajaban allí, en cuatro turnos, porque se transmitía las 24 horas (por teletipo), procedían de las más diversas procedencias; no se pedía título para ejercer el noble oficio, más bien lo rechazaban. Inolvidables las discusiones políticas y literarias ente nacionalistas, comunistas, peronistas, y subsistían franquistas y republicanos. Y también había poetas, escritores, conviviendo con sospechados de los “servicios”, locos y farabutes.

Me recuerdo ansiosa escuchando ese día las discusiones, los exaltados que hablaban de resistencia, de defender la redacción armas en mano, los que tenían “la justa” porque un funcionario les pasaba “la data”, los analistas de coyuntura, y los que se quedaron en silencio, frente a su máquina de escribir derrotada.

La telefonista del conmutador sentada frente a su tablero de clavijas trabajaba frenética. Y el teléfono a manivela, el magneto, que conectaba con la sala de periodistas de Casa de Gobierno, era el único medio para saber que estaba pasando a pocas cuadras de allí. No había ningún televisor.

El único que podía acceder a ese teléfono negro, en una punta de la mesa de mandamás, era el jefe de redacción, Luis D’ Méstrico, le decían el “Oso” porque era grande y fornido, gruñón, un hombre culto, amante del cine, de Jorge Luis Borges, del que proclamaba a viva voz: “jamás ha penetrado una mujer”. Había trabajado en “El Pampero” y se proclamaba fascista, sin vueltas.

Los cánones de la época habilitaban el machismo, en ese mundo de hombres de humor corrosivos, una defensa ante la violencia política habitual que se vivía en las calles, a tal punto que algunos periodistas iban a trabajar armados.

La Triple A ya había incursionado buscando a los que estaban en sus listas negras. La agencia estaba bajo el control de un pariente de López Rega. Penosamente Télam fue un botín de guerra de los gobiernos de turno, salvo alguna excepción, y aun así fue una escuela de periodistas, donde se foguearon varias generaciones.

Poco antes de la medianoche, aquel 24 de marzo, varios camiones con tropas de asalto se estacionaron en la vereda. Un militar con mando ordenó tomar la agencia y desalojarnos. Salimos a punta de fusil y nos encaminamos hacia avenida de Mayo, escoltados por soldados. Nos permitieron ingresar a nuestro bar habitual, al que llamábamos El Zaguán, atendido por dos gallegos, que nos abrieron la puerta, en Avenida de Mayo casi esquina Chacabuco.

“Ojo pibe se te puede escapar un tiro”, le dijo el Oso a un soldado muy joven, que temblaba de miedo.

La Avenida de Mayo estaba desierta, durante la madrugada solo vimos pasar los camiones militares, identificados con un rectángulo blanco, de la “revolución”, dijo uno de los oficiales. Sobre la tarima de ese bar, que nos fiaba cuando no nos alcanzaba la plata, estaba un ejemplar del vespertino La Razón. “Todo está dicho”, había adelantado Laiño en el título del diario.

Graciela Petcoff es periodista. El 24 de marzo del 76 estaba trabajando en la redacción de la Agencia Télam.

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