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La política tradicional arrastra una obsesión anacrónica: creer que la deliberación racional y la palabra escrita siguen siendo el motor del mundo. Mientras gobiernos y candidatos se desgastan redactando documentos técnicos y discursos solemnes, la ciudadanía ha desconectado.
Este hastío no es un capricho generacional; responde a una base cognitiva profunda. Investigaciones han demostrado que el cerebro humano puede procesar una imagen en milisegundos, mucho más rápido que una palabra. Además, la mayor parte de la información que recibimos es visual. La imagen siempre ha tenido primacía porque es cognitivamente más “barata”: exige menos esfuerzo que la abstracción lógica.
En la era de la saturación informativa, el argumento ha sido desplazado por el meme, simplemente porque uno exige pensar y el otro permite sentir.
Esta regresión hacia lo lúdico nos devuelve a nuestra esencia. El juego no es una actividad secundaria, sino el fundamento de la cultura. Evolutivamente, es el mecanismo con el que ensayamos la realidad y generamos vínculos sin consecuencias inmediatas. Aprendemos jugando. El problema actual es que la tecnología ha desdibujado los límites del juego: la política se ha convertido en una partida infinita donde el impacto importa más que la solución.
Esta mutación ha sido acelerada por el entorno mediático. En un ecosistema dominado por la imagen y el espectáculo, la verdad no desaparece, sino que queda ahogada en trivialidades. Cuando la comunicación pública se vuelve entretenimiento, el discurso se banaliza. A esto se suma que la arquitectura digital reconfigura nuestra atención: el hábito de hacer scroll constante debilita la lectura profunda y favorece una mentalidad fragmentada. Internet no fomenta la reflexión, sino el estímulo inmediato, reforzado por pequeñas recompensas de dopamina.
Este cambio estético atraviesa ideologías y redefine la comunicación política. Líderes contemporáneos utilizan códigos visuales, humor y narrativas simplificadas para conectar emocionalmente. El meme deja de ser accesorio y se convierte en vehículo principal: permite esquivar el análisis crítico y activar respuestas inmediatas en el electorado, que ya no busca propuestas complejas, sino experiencias de identificación.
¿Por qué un meme puede ser más eficaz que un programa de gobierno? Porque apela a la llamada “ruta periférica” de la persuasión: no requiere análisis, sino que se apoya en estímulos como el humor o la afinidad. Compartir un meme no solo divierte; refuerza el sentido de pertenencia. El cerebro prefiere la recompensa emocional de la identificación antes que el esfuerzo de evaluar datos complejos.
En esta “democracia del impacto”, lo que queda en la memoria colectiva no es la letra de un proyecto o la alocución en el parlamento, sino la anécdota pintoresca. La realidad se construye hoy intencionalmente como una ficción para capturar la atención de un Homo Ludens que ya no actúa por convicciones, sino por reacciones.
Ya en los años 60, Guy Debord describió este proceso en La sociedad del espectáculo. Para Debord, la vida moderna es una acumulación de representaciones donde lo que aparece es lo que vale. Intentar apagar un incendio de memes con un balde de lógica es un error estratégico. Como también lo es eludir la incorporación de comunicación memética. Si las y los candidatos desean recuperar su conexión con las audiencias, deben entender que el lenguaje ha cambiado.
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