A lo largo de la historia, se extrajeron más de 216.000 toneladas de oro, cantidad valuada en cerca de u$s30 billones.
A lo largo de la historia, se extrajeron más de 216.000 toneladas de oro, cantidad valuada en cerca de u$s30 billones.
Imaginar que todo el oro del mundo se venda al mismo tiempo permite dimensionar la magnitud y complejidad de este mercado global. Aunque se trata de un escenario hipotético, los datos actuales muestran que el impacto sería masivo y sistémico.
Según estimaciones recientes del Consejo Mundial del Oro (WGC, por su sigla en inglés), se extrajeron a lo largo de la historia más de 216.000 toneladas de oro, y prácticamente todo sigue en circulación en alguna forma (joyas, lingotes, monedas o reservas oficiales).
En términos de valor, ese stock equivale a entre u$s20 billones y más de u$s30 billones, dependiendo del precio del metal. Es decir, el oro representa uno de los mayores depósitos de riqueza del planeta.
Si toda esa cantidad saliera a la venta en un solo día, el primer efecto sería un colapso inmediato del precio. Actualmente, el oro llegó a cotizar a cerca de u$s5.000/5.600 por onza en 2026, tras un fuerte rally impulsado por la demanda como activo refugio.
No obstante, una sobreoferta extrema rompería cualquier equilibrio entre oferta y demanda, provocando una caída abrupta.
El shock sería aún mayor si se considera la dinámica del mercado: cada año se producen alrededor de 3.300 a 3.700 toneladas de oro, más unas 1.000 a 1.300 toneladas provenientes del reciclaje.
Frente a ese flujo relativamente limitado, liberar de golpe más de 200.000 toneladas implicaría multiplicar la oferta anual por decenas de veces.
Cada año se producen alrededor de 3.300 a 3.700 toneladas de oro, más unas 1.000 a 1.300 toneladas provenientes del reciclaje.
Además, la demanda global anual ronda las 5.000 toneladas, con un valor que ya supera los u$s500.000 millones, lo que evidencia que el mercado no tiene la capacidad estructural para absorber semejante volumen en el corto plazo.
El resultado sería una crisis de liquidez y una fuerte volatilidad en los mercados financieros.
El impacto se extendería a múltiples sectores. Cerca del 50% del oro mundial está en joyería, mientras que aproximadamente un 25% se mantiene como inversión financiera (lingotes, monedas y ETF).
Esto significa que tanto consumidores como inversores institucionales verían erosionado el valor de sus activos. Asimismo, la industria minera, valuada en más de u$s260.000 millones, sufriría pérdidas significativas.
Otro factor clave son los bancos centrales, que compran más de 1.000 toneladas anuales en algunos períodos recientes. Estas instituciones utilizan el oro como reserva estratégica, por lo que una caída brusca afectaría la estabilidad de sus balances y, potencialmente, la confianza en las monedas.
Sin embargo, el desplome no sería definitivo. A precios más bajos, surgiría una nueva demanda, tanto de inversores como de industrias tecnológicas. Además, la caída en la rentabilidad minera reduciría la producción futura, ayudando a equilibrar el mercado.
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