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Pese a la pausa que Donald Trump pretende imponer en los bombardeos de Estados Unidos a Irán y, de esa manera, enfriar la descomunal crisis energética desatada, el gobierno de Javier Milei sigue dando señales de que busca colaborar, con los medios posibles, con Washington y Tel Aviv, incluyendo un aporte militar, con quienes considera sus aliados incondicionales.
Un viaje del ministro de Defensa, Carlos Presti, este lunes a Washington, adonde mantendrá una entrevista con Joseph Humire, número dos del secretario de Guerra, abona aún más por estas horas las intenciones del presidente Javier Milei: aunque de una u otra manera ya se le hizo saber que el instrumento militar con el que cuenta la Argentina para un eventual acompañamiento militar hoy es nulo, el Gobierno avanza en ese sentido. El instrumento militar es más escaso aún que el que Carlos Menem aportó a la primera Guerra del Golfo, que igualmente tuvo alto contenido simbólico. Y el ministro Presti lo sabe. Más aún, según en lo que se piense enviar, por poco que sea, debe ser aprobado antes por el Congreso de la Nación.
Sin embargo varias usinas del Gobierno afirman estar dispuestas a colaborar en la Guerra del Golfo si Estados Unidos lo pide. Una semana atrás, lo dijo el secretario de Medios, Javier Lanari, el canciller Pablo Quirno, y desde la Cancillería, el domingo último, señalaron en A24 que habría en las próximas horas una reunión de emergencia con el Presidente, mientras Presti rumbeaba para Washington a mantener reuniones en la OEA y en el Pentágono, desde donde otras fuentes afirmaron que irá “solamente” a plantear que Argentina colaborará al máximo, en virtud de los varios documentos firmados con la administración en este tiempo. Uno de esos documentos compromete a la Argentina a unirse a la guerra de Estados Unidos contra los grupos considerados narco terroristas y el crimen organizado. En ese tren enumeraron, peligrosamente para los compromisos adquiridos por Argentina, al Comando Vermelho, de Brasil.
Presti está en Washington, donde fuentes bien informadas afirman que espera negociar la posibilidad de que el país se quede con algún material de rezago que deje Estados Unidos de los ejercicios militares binacionales que empezarán pronto en la Argentina. Por un lado, Daga Atlántica, que empieza el 6 de abril y, por otro lado, Unitas, más importante aún, que tendrá lugar en Perú en septiembre próximo.
El ministro Presti quiere iniciar la compra de los helicópteros Black Hawk, que negoció el ex jefe del Estado Mayor Conjunto, Xavier Isaac. Pero Argentina pretende pagar 10 millones de dólares por aeronaves que valen 15 millones. Y busca quedarse con lo que se use en Daga Atlántica y algo de Unitas, ya que no se pudo avanzar con ninguna compra más que los caza supersónicos F-16 para la Fuerza Aérea, y algo de los Stryker, los vehículos blindados para el Ejército.
La semana pasada, quien fue secretario de Relaciones Internacionales del Ministerio de Defensa, el académico Juan Battaleme, fue claro en que, aun si Estados Unidos lo pedía, iba a llevar “mucho tiempo” llevar naves al Golfo, que además para los militares serían como tumbas flotantes. Battaleme recordó que, igualmente, la alianza con Estados Unidos recolocó a la Argentina en un lugar destacado que había perdido y consideró como positivo el mandato que el ex ministro de Defensa Luis Petri —hoy diputado de la LLA por Mendoza— le dio a él y a Juan Carlos Coré para firmar en 2024 un documento por el que Argentina se unía a una Task Force que le permitiría algún grado de cooperación con Estados Unidos en zonas de Oriente Medio, el estrecho de Ormuz, el Mar Rojo y otros. Pero no más que eso. Y sería más bien una cooperación de índole humana y técnica antes que militar.
Un escenario hipotético pero imposible: en el Gobierno hubo quienes hicieron circular ideas de que hasta podían enviar uno o dos buques de la Armada, las patrullas marítimas compradas a Naval Group de Francia o algún destructor como La Argentina (que es el buque que prepararon para participar en 2025 en el ejercicio Unitas, en Florida, junto al Comando Sur y 32 países), o alguna corbeta. Ninguno tiene autonomía para siquiera cruzar el Atlántico.
Otra posibilidad planteada es el envío de un contingente de soldados de alguna unidad especial o de infantes que puedan embarcar en un buque de Estados Unidos o de la coalición que desea armar Trump y que todavía lo frustra porque los aliados no quieren ser parte de esta guerra.
El envío de algún Casco Blanco, que solo puede ayudar en situaciones de desastre: no son militares y, a lo sumo, pueden llevar pastillas potabilizadoras. El gobierno no es partidario ni se ha mostrado disponible para la cooperación internacional, por lo que habría que ver en qué condiciones están estas áreas.
El envío de generales capacitados para conducir operaciones como las que hacen los Cascos Azules, que sí son militares y han ido a Haití, Chipre, a los Altos del Golán. El envío de médicos militares y enfermeras.
La realidad operativa de las Fuerzas Armadas, coinciden fuentes bien empapadas, es que no están en capacidad ni en condiciones, ni de alistamiento ni de adiestramiento.
Los sistemas electrónicos y de armas son de otra generación, de la década del 80, salvo las OPV francesas que se le compraron a Naval Group durante la gestión de Mauricio Macri.
Por eso es tan importante que los militares argentinos participen de los ejercicios militares internacionales que los actualicen, al menos.
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