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Robert Cox y su denuncia de violación de derechos humanos en plena dictadura: "El periodismo se volvió una causa personal frente a las desapariciones"

hace 10 horas en ambito.com

El periodista y exdirector del Herald analizó cómo se instaló el sistema de desapariciones y destaca el papel clave del periodismo en medio de la censura. El testimonio de quien ayudó a romper el cerco informativo en los años más oscuros de la Argentina y fue clave para contar lo que pasaba con los desaparecidos.

El ex director del diario Buenos Aires Herald, Robert Cox.

Robert Cox fue director del diario Buenos Aires Herald durante los años más oscuros del último golpe cívico militar, que comenzó el 24 de marzo de 1976. Desde ese lugar, se convirtió en una de las pocas voces del periodismo que denunció sistemáticamente la desaparición de personas en plena dictadura, en un contexto de censura extrema, persecución y complicidad de gran parte de los medios.

Mientras el silencio predominaba, el Herald publicaba denuncias, habeas corpus y testimonios de familiares, contribuyendo a visibilizar lo que el régimen intentaba ocultar. El rol de Cox en esos años fue clave para visibilizar e instalar el tema de los desaparecidos en la agenda local e internacional. Mantuvo contacto con diplomáticos, organismos de derechos humanos y periodistas extranjeros, lo que permitió que las violaciones sistemáticas comenzaran a ser conocidas fuera del país. Su compromiso tuvo un alto costo personal: fue amenazado, perseguido y su familia también estuvo en riesgo. Finalmente, en 1979, debió exiliarse tras recibir información concreta sobre un plan para asesinarlo.

Con el retorno de la democracia, la figura de Cox fue ampliamente reconocida por su defensa de los derechos humanos y la libertad de prensa. Su trabajo, junto al de colegas del Herald como Andrew Graham-Yooll, es considerado fundamental para la construcción de memoria, verdad y justicia en la Argentina. Décadas después, su legado sigue siendo un ejemplo del rol del periodismo frente al poder y de la responsabilidad ética de informar, incluso en las condiciones más adversas.

Periodista: Estabas trabajando como periodista en el Buenos Aires Herald en el momento del golpe, ¿qué se percibía en ese momento? ¿Qué se rumoreaba en las semanas previas al 24 de marzo de 1976?

Robert Cox: No sorprendió para nada el golpe de 1976. Lo que hay que entender es que los golpes eran algo relativamente normal en ese momento. Había una idea instalada, no solo en Argentina sino en América Latina, de que los militares intervenían, hacían ciertas reformas y luego devolvían el poder a la democracia. Recuerdo incluso que se hacía un chiste: que había más muertos en una fiesta de casamiento en México que en un golpe en Argentina. Existía la idea de un “dictador blando”. Nadie estaba esperando la ferocidad ni el nivel de violencia completamente fuera de lo normal que se iba a desplegar.

La decisión de hacer desaparecer personas fue algo totalmente inesperado. Yo lo supe casi por casualidad, a través de un amigo muy cercano cuyo padre estaba vinculado a esos ámbitos. Antes del golpe, además, los periodistas tenían cierto contacto con los militares. Había una tradición en Argentina de diálogo entre prensa y fuerzas armadas. Pero esta vez fue distinto. Recuerdo que alguien me dijo: “Es muy extraño, no puedo hablar con los militares, no me están recibiendo”. Antes eso estaba más organizado.

P.: ¿Qué pasó ese miércoles 24 de marzo de 1976? Quiero saber la sensación en la calle.

R.C.: El día del golpe fue un día normal, incluso lindo. No hubo disparos, no hubo enfrentamientos visibles. Fue todo muy sigiloso. Incluso la gente preguntaba si al día siguiente había clases. Era una jornada que parecía común. Pero inmediatamente empezaron a pasar cosas. Los Ford Falcon sin patente seguían circulando y llevándose gente. Yo pensé que eso iba a cambiar, que iban a actuar dentro de la ley, pero no fue así. Poco a poco empezó a quedar claro lo que estaba ocurriendo, aunque al principio eran rumores.

En ese momento yo era director de un diario. Fuimos a investigar algunos casos. Recuerdo uno en Zárate: un hombre fue secuestrado y luego apareció su cuerpo, muy torturado. Fuimos hasta ahí y comprobamos lo que había pasado. Pero era muy difícil publicarlo, porque las familias tenían miedo. También vimos que el mismo día del golpe había controles en la calle donde detenían personas y las hacían desaparecer. Empezamos a recibir información a través de contactos, incluso en embajadas, que intentaban averiguar por personas desaparecidas, pero siempre encontraban silencio.

R.C: El problema era que todo se volvía cada vez más evidente, pero al mismo tiempo había más silencio. Los medios no publicaban nada, y los militares controlaban la información en radio y televisión. Entonces la gente veía lo que pasaba, pero no había registro oficial. Era como si no pasara nada. Los militares hablaban de una especie de “revolución ordenadora”, pero en realidad se trataba de algo completamente distinto: un sistema basado en el secreto y la eliminación de personas.

Desde el diario intentamos informar dentro de las limitaciones. Incluso publicamos las restricciones que imponían los militares para que los lectores supieran qué no se podía decir. Era una forma de mostrar lo que estaba pasando. Tenía un gran amigo en la embajada, Kevin Mullen. Él tenía listas de nombres y preguntaba a los militares dónde estaban. Siempre encontraba un muro. Un día me dijo: “Vino un hombre de Zárate, lo torturaron y le pidieron diez nombres. Dio nombres de gente respetable, y desaparecieron todos”. Y nada salía en los diarios. Ese era el problema: algo cada vez más obvio, pero con cada vez más silencio.

P: ¿Cuándo empezaron a llegar los casos de personas desaparecidas? Porque habrán notado que cada día llegaban más y eso les llamó la atención.

R.C.: Empezaron a llegar personas al diario a contar sus casos. Recuerdo una mujer que vino desesperada: habían entrado a su casa, maltratado a su marido, lo habían secuestrado y nunca más apareció. Fue uno de los primeros casos directos de desaparición que conocí, en 1976, muy poco tiempo después del golpe. Lo que sorprendió fue el nivel de violencia: desapariciones, secuestros de bebés, torturas. Nada de eso se esperaba. Y además no se hablaba del tema: ni en los medios ni en la calle. Era un silencio muy fuerte.

El trabajo periodístico en ese contexto era extremadamente difícil. No había fuentes, no había información oficial y había muchas restricciones. Sin embargo, intentamos denunciar lo que ocurría. También había un alto nivel de complicidad o silencio en otros sectores del periodismo. Nosotros empezamos a publicar violaciones a los derechos humanos, no solo en Argentina sino en el mundo, para sostener una línea editorial coherente.

Robert Cox, hoy a sus 92 años: el afecto por la Argentina y cómo el periodismo fue su arma contra la dictadura.

P.: Cuándo los militares se percataron que ustedes estaban siguiendo el tema de los desaparecidos, ¿cómo reaccionaron?

R.C.: Era muy difícil trabajar como periodista. Las fuentes eran nulas. Pero empezamos a denunciar. Las empresas retiraron publicidad ya que éramos vistos como un diario opositor. Los periodistas extranjeros empezaron a venir, sobre todo durante el Mundial de 1978, eso ayudó a mostrar lo que pasaba. Los militares intentaban ocultarlo todo, pero el Mundial se les volvió en contra. También había una lista de periodistas desaparecidos.

Mi trato con los militares era extraño: eran amables en apariencia, pero negaban todo. Había también sectores de la sociedad que apoyaban lo que hacían. Jorge Videla era visto como moderado, pero no hizo nada para frenar lo que pasaba. Al mismo tiempo había internas, como Emilio Massera contra Videla.

P.: Recibían denuncias de desaparecidos y en el Herald tenían que seguir cubriendo e informando sobre lo que pasaba.

R.C.: Nosotros recibíamos familiares de desaparecidos todos los días. Era como una sala de espera. A veces mencionar un caso podía salvar una vida, sobre todo si tenía vínculos con el exterior, pero también empezaron las amenazas. Las madres empezaron a organizarse. Nosotros tratábamos de ayudar como podíamos. Era un clima de miedo, pero también de resignación social.

Hoy la satisfacción es saber que mucha gente sobrevivió gracias a lo que hicimos. Lo que pasó fue un proceso duro, dado que ellos se creían como una especie de salvadores. El periodismo en ese contexto es fundamental. Es como un sacerdocio y yo acepté que me podían matar. Pensé incluso en formas de resistir si venían a buscarme, intentaron secuestrar a mi esposa. Ahí decidí irme. Después me avisaron que había un plan para matarme. El periodismo dejó de ser solo trabajo: se volvió una causa personal porque recibíamos madres desesperadas, era imposible no involucrarse.

P.: Argentina es un lugar muy especial para vos, te cambió la vida en todo sentido.

R.C.: Creo que es muy importante y nunca olvidar lo que pasó acá porque puede pasar otra vez. Argentina es en ese sentido un ejemplo mundial tratando de conseguir justicia para todos los desaparecidos. Lamento que muchas veces se han tratado de usar los derechos humanos como algo para promover un dogma político. Los derechos humanos son algo tan parte de nosotros.

Los derechos humanos y el juicio de las Juntas Militares se destacan como dos sitios de pilares sociales de Argentina, de su historia, digamos, de los últimos 50-100 años, por ejemplo. Han sido fundamentales porque esa concepción, esa forma de ver la vida le impactó a la gente, incluso hasta en su día a día con las políticas sociales y demás. Yo creo que también hay que reconocer que Néstor Kirchner hizo lo que era necesario para seguir con los juicios, creo que es algo que queda y es una cosa que habla bien de él. Algo para rescatar bueno es eso, es esa política de buscar justicia por ese momento oscuro de la historia argentina, incluida la guerra de Malvinas que también es otro evento oscuro.

R.C.: Desde 1976 hasta hoy, Argentina cambió mucho pero también hay cosas que se repiten. El trato con los militares era complejo. A veces eran amables en apariencia, pero negaban todo. Había un nivel de cinismo muy fuerte. Sabían lo que pasaba, pero lo ocultaban. Con el tiempo, la situación se volvió cada vez más peligrosa. Empecé a recibir amenazas. Incluso intentaron secuestrar a mi esposa. Ahí tomé la decisión de irme del país por un tiempo.

Fue una etapa muy difícil. Pero también sentía que el periodismo tenía un rol fundamental. En ese contexto, informar era casi una obligación moral. Era una forma de proteger vidas, de dar visibilidad a lo que el poder quería ocultar. Hoy, mirando en retrospectiva, creo que el periodismo fue clave, pero también que la justicia tuvo un rol pendiente durante mucho tiempo. Informar no alcanza si no hay consecuencias.

Cox, un referente para el periodismo argentino, junto a estudiantes de la UBA durante un evento.

P.: En la actualidad existe un contexto complicado a nivel global y regional con los gobiernos de derecha y la erosión del sistema democrático, un escenario parecido al de los años ´70.

R.C.: Sí, pero muchas son democracias mucho más sólidas, ¿no? Europa yo creo que va a ser mucho más independiente de los Estados Unidos, algo que puede ser positivo. Canadá es un ejemplo de un país que es una gran democracia. Brasil y México, con todos sus problemas, son más sólidos que en otras épocas.

En el escenario global se repiten ciclos: hoy vuelven a aparecer retrocesos en materia de derechos humanos, incluso dentro de sistemas democráticos. Si bien las democracias siguen siendo más sólidas que otras formas de gobierno, no están exentas de fallas ni de tensiones internas. En ese contexto, el periodismo cumple un rol clave al exponer la corrupción y los abusos de poder, aunque muchas veces ese trabajo no encuentra una respuesta acorde en la Justicia, que debería actuar en consecuencia.

P.: Fuiste una pieza fundamental para que se conociera el horror de la dictadura argentina entre 1976 y 1983. ¿Cuál es tu mirada hoy?

R.C.: Argentina, en ese sentido, se destaca a nivel internacional por los juicios a las juntas militares, un proceso histórico que marcó un camino en la búsqueda de verdad y justicia. También es necesario reconocer las decisiones políticas que permitieron avanzar en ese terreno. Al mismo tiempo, hechos como la guerra de Malvinas muestran cómo ciertos acontecimientos fueron utilizados con fines políticos. Todo esto refleja la complejidad del país: una nación atravesada por contradicciones, pero que, aun así, genera un lazo profundo con quienes la viven y la piensan.

A 50 años del golpe, creo que es fundamental no olvidar lo que pasó. No para celebrar, sino para aprender. Los derechos humanos están por encima de cualquier discusión política. Son un valor esencial. Argentina avanzó mucho en ese sentido, especialmente con los juicios a las Juntas Militares, que fueron fundamentales. Pero siempre existe el riesgo de retrocesos. Por eso la memoria es tan importante. No hay nada que celebrar de ese período, pero sí hay mucho para reflexionar y aprender, para intentar ser una sociedad mejor.

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