Para disfrutar los contenidos de Clarín es necesario que actives JavaScript en tu navegador.
El 24 de marzo nunca dejará de ser lo que fue, el día trágico de nuestra historia, el que incorporó a nuestro país al repertorio de las masacres universales como el nazismo, el fascismo y el estalinismo. Sistemas de terror administrados desde el Estado, que en el caso argentino inauguró la figura perversa del desaparecido, una palabra que suena en castellano: personas arrancadas de la vida, escondidas en campos de detención clandestina, despojadas de su humanidad, arrojadas al agua o enterradas en tumbas escondidas para negar el crimen. Desaparecidos. La fuerza de la víctima se impuso, impidió las consideraciones políticas que antecedieron a ese 24 de marzo que nos humilló como país y nos rezagó como Nación.
Pocos saben que la jerga militar bautizó al golpe "operación Aries" porque, dicen, coincidió con el cumpleaños de uno de los hijos de Videla. Una burla cínica. Cuentan, también, que fue Henry Kissinger, secretario de Estado del presidente Nixon, quien en una reunión en Uruguay aconsejó al general Videla que el golpe debía ser rápido y oculto para evitar la reacción de condena mundial, como sucedió con Pinochet en Chile, que sin importarle la opinión pública internacional convirtió el estadio Nacional de fútbol en una cárcel a cielo abierto.
Buenos alumnos, en la Argentina todo fue oculto, como lo habían sido antes las bombas y los secuestros de las organizaciones armadas. La violencia que antecedió al golpe, la que lo explica, pero de ninguna manera lo justifica. Ese tiempo de las doctrinas revolucionarias que desempolvaron una lógica de exterminio y ocultamiento en el que cada muerte de la guerrilla se vengaba con otro cadáver de los paramilitares en una espiral de violencia que creció sobre sí misma y encerró a buena parte de la sociedad dentro de su propio miedo, incapaz de mirar lo que realmente sucedía.
Los historiadores desideologizados podrán deslindar las responsabilidades políticas y restituir la verdad histórica tergiversada por la simplificación de las consignas de una narrativa interesada. Nos restan las palabras para corregir esos artilugios del lenguaje con los que se escamoteó la realidad y se tergiversa la verdad. Los eufemismos, nombrar "proceso" a una dictadura que lo niega, una sociedad inmovilizada, maniatada por el terror; "guerra sucia", como si hubiera guerras limpias; el peor de todos, "desaparecidos" a los que son presos asesinados.
Se impusieron otras: "cívico militar" para nombrar el golpe del 24 de marzo de 1976. Existió efectivamente complicidad de la política, la Iglesia, los medios y una franja importante de la sociedad que apoyó el golpe militar en la falsa creencia de que los militares pondrían fin al caótico gobierno de Isabel Perón y la violencia que se enseñoreaba en las calles de las grandes ciudades. Sucedió todo lo contrario, el Estado se hizo terrorista.
Pero es incorrecto llamarlo "cívico-militar" porque es un oxímoron, esa figura retórica que junta dos conceptos con significados contradictorios, cívico significan derechos, conjuga con ciudadanía, militar es la obediencia del cuartel, sin derechos. Medio siglo nos separa de aquel día de otoño en el que recuerdo hasta lo que vestía. Estrenaba mis primeros días en Buenos Aires, expulsada por la violencia que se vivía en Córdoba. Perón había intervenido la provincia gobernada por Obregón Cano, cercano a la "tendencia", la izquierda del peronismo. Pero había sido elegido en las urnas.
"Que los cordobeses se cocinen en su propia salsa", dicen que dijo Perón para justificar la intervención del Ejecutivo nacional en una provincia federal. Los cordobeses nos cocinamos en la peor de las salsas, condimentada con las prisiones y asesinatos previos al golpe. El vicegobernador, Atilio López fue asesinado un 16 de septiembre de 1974 por la Triple A, la ultraderecha peronista. Córdoba anticipó el terror de Estado que luego se extendió al resto del país.
Mi vida adulta transcurrió en los 50 años que evocamos. Pertenezco a esa generación de argentinos que vio a sus madres convertidas en Niobes, la reina trágica de la mitología que vio a sus hijos atravesados por las espadas del destino, lanzadas desde un lugar invisible. Solo que, a diferencia de la reina griega cuyo dolor la convirtió en piedra, y sus lágrimas en ríos, las nuestras hicieron del silencio una fuerza de denuncia, antes de que las consignas pusieran nombres propios en los pañuelos blancos.
Mis dos hermanos, Néstor y Cristina, fueron secuestrados en Buenos Aires el 18 de septiembre de 1977. Tenían veinte años, por lo que no puedo evitar el trasfondo personal de mis reflexiones. Aprendí con Hannah Arendt que "humanizamos sobre aquello que está sucediendo en el mundo y en nosotros mismos con el mero hecho de hablar sobre ello, y mientras lo hacemos aprendemos a ser humanos". Es lo que hice a lo largo de este medio siglo. Hablar desde el inicio, escribir libros y columnas de opinión. Variaciones sobre lo mismo, de las denuncias de las violaciones a la prédica democrática.
Quise entender, pero fui mal comprendida. Injuriada por los comisarios del pensamiento. Nunca me defendí porque no acepto los tribunales de conciencia. Sí me entristece que las ideologizadas universidades del kirchnerismo les sustrajeron a sus alumnos el derecho a conocer otros testimonios fuera del relato oficial. Como el rechazo a que el 24 de marzo sea un rojo en el calendario. Sagrado o profano, el significado de feriado siempre es un día festivo, de alegría, celebración de la vida. Nunca la muerte.
¿Qué celebran los bombos, las bombas de estruendos y las consignas que cada 24 de marzo llenan la plaza de Mayo, en cuyas baldosas están dibujados los pañuelos blancos, esa gesta conmovedora que no tiene nombre propio? Una insurgencia femenina que alteró sus vidas familiares, domésticas, pero también alteró la vida democrática cuando sus dirigentes más conocidas abandonaron la Plaza de Mayo para ingresar al Palacio de Gobierno.
Por la confusión entre Estado y gobierno que sobrevive entre nosotros, lo que debió ser un reconocimiento de todos los argentinos, representado en el Estado, se convirtió en una bandera política de adhesión partidaria a los inquilinos de la Casa Rosada, el matrimonio Kirchner.
En las dos primeras décadas democráticas fuimos muchos los que en cada 24 de marzo emulamos el silencio de las madres.
Solos, en grupo, sin pancartas, ni bombas, ni bombos, en esa incipiente liturgia democrática, fuimos creando un ritual compartido en el que nos mostrábamos como una comunidad dolida, plural, que al esconder las banderas partidarias, ideológicas, daba una prueba de consenso y confianza en la democracia. Hasta que el sectarismo del kirchnerismo nos expulsó de la Plaza. Inventó sus propias efemérides. Me temo que porque descreen de la democracia, no pudieron sumarse al festejo del 10 de diciembre, día universal, también, de los derechos humanos.
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín