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Es una de las últimas noches de un verano porteño que no parece tener apuro en despedirse. No es fácil conseguir un sitio o acercarse al lugar: una impresionante multitud, difícil de calcular, está apostada desde temprano en las afueras del Planetario. No se trata ni de una cita esotérica ni de una actividad astronómica. Los miles, de todas las edades, distribuidos en un radio enorme, de pie, en reposeras o sentados en el suelo, están listos para disfrutar de uno de los conciertos gratuitos con que la Filarmónica de Buenos Aires celebra sus 80 años.
Esta vez la orquesta salió del Colón para regalar a cielo abierto un repertorio que va desde clásicos universales hasta argentinos consagrados. Bajo la batuta de Mariano Chiacchiarini, argentino multipremiado radicado en Alemania, suenan Tchaikovsky con El vals de las flores; Brahms con la Danza húngara N° 1; Dvorak con la Danza eslava N° 4; Rossini y El barbero de Sevilla; Beethoven con la obertura Coriolano; Piazzolla con Adiós Nonino, Decarísimo y Fuga y Misterio; Ginastera con la suite del ballet Estancia y su famoso Malambo y Julián Plaza con la milonga Nocturna. El público escucha en absoluto silencio, y aplaude, agradecido. Algunos se animan con el feliz cumpleaños a la orquesta.
La concurrencia es variada, desde señores con bastón y chicos que dan sus primeros pasos hasta una enorme cantidad de jóvenes; entre ellos, muchos comentan que son asiduos concurrentes a los conciertos que la Filarmónica suele dar en Parque Centenario. Reconforta saber que, más allá de canciones apenas balbuceadas y letras para el olvido, hay oídos nuevos dispuestos a disfrutar de la buena música. Como decía Tchaikovsky, si no fuera por la música, habría más razones para volverse loco.
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