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Cuesta asomarse a unos acontecimientos cuya velocidad asombra y atrapa. No solo por la mutación que día tras día impulsan la ciencia y la tecnología, sino también por el choque provocado por la geopolítica y la guerra. Hay circunstancias en que la historia se acelera. Se creía que la globalización y el multilateralismo nos introducían en una meseta de relativa calma. Error garrafal: el retorno de la pasión belicosa ha sembrado el planeta de incertidumbre al unificar como antaño, en una fórmula explosiva, la guerra con la técnica.
Nosotros estamos situados en este teatro geográficamente lejano de aquel en que truenan las armas y, a su vez, muy próximo debido al acople del liderazgo de Trump con el de Milei. Ambos han fraguado una especie de pacto feudal en el que un feudatario dispensa protección a un vasallo que, en retribución, manifiesta absoluto asentimiento. Cualquier pacto de esta naturaleza es asimétrico, de tal suerte que, quien esta abajo, depende de la capacidad y fortuna de quien está arriba. Por tanto, no es esta una alianza clásica y prolongada entre los Estados de USA y Argentina; es, al contrario, un pacto personal entre Trump y Milei.
El pacto de marras es entonces con un señor de la paz y la guerra, según su conveniencia, que acierta en Venezuela, concede escasa atención a Ucrania, simpatiza con Putin, desprecia a Europa y se embarca con Israel en una guerra abierta -una más- contra el régimen despótico y teocrático de Irán, patrocinador de atentados terroristas como los que sufrieron en Buenos Aires la Embajada de Israel y la AMIA. El mundo está pues en presencia de un conductor de nuevo cuño con apetencia imperial; un líder prepotente, de talante autoritario, empeñado en montar una ancha hegemonía desde el Caribe (el totalitarismo cubano se derrumba) hasta Teherán.
Habrá que observar cómo juegan las consecuencias y hasta qué punto Trump podrá superar este lance convirtiéndose en un César cuya estrella asciende. No parece empero que esta ambición goce de un respaldo suficiente cuando altos porcentajes registrados en las encuestas de su país desconfían de estas aventuras, afectando con signos negativos la imagen de Trump. De aquí su condena a la prensa que, fiel a su oficio, describe las idas y vueltas de este trance y las crecientes críticas de la oposición y las que surgen dentro de sus propias filas.
Para colmo, Trump tendrá que enfrentar el desafío de las elecciones intermedias previstas para el mes de noviembre. ¿Qué se puede esperar, en efecto, de este presidente que, al término de su primer período, no aceptó la derrota alegando un fraude inexistente? De ocurrir, se desataría una mayúscula turbulencia de grueso impacto en Argentina. Por su parte, Milei parece no dudar acerca de una victoria de Trump que reforzaría el apoyo para levantar vuelo hacia su reelección; asimismo, el fracaso de su protector reduciría el patrocinio que le permitió sortear con éxito el difícil proceso electoral del año pasado.
En todo caso, con o sin triunfo de Trump, el Gobierno debe satisfacer las promesas que lo encumbraron en la Casa Rosada. Se trata, claro está, de una economía con una inflación que resiste bajar mientras el empleo, el cierre de empresas y comercios y la caída de la construcción sufren las consecuencias de un necesario ajuste fiscal. Salvo en la tríada formada por el sector agropecuario, la energía y la minería, el panorama no invita a tirar manteca al techo. El Gobierno afronta estos escollos en este año sin elecciones. Veremos si, con vistas a 2027, logra desatar estos nudos con crecimiento y una inflación más contenida.
Especulaciones en torno al porvenir justo cuando el vértigo de la historia es de tal magnitud que los pronósticos están permanentemente sacudidos por el azar. Milei apuesta a la fortuna de Trump imbuido de una utopía que cruje bajo el peso de las decisiones de un protector que, obviamente, él no controla; lo que sí todavía controla son los resortes un poco oxidados de una administración cruzada por el faccionalismo debido al mando bicéfalo de un par de hermanos (lo que por cierto no invalida el combate, sin duda tan necesario, contra los privilegios incrustados en la economía).
La atención se concentra en un Gobierno instalado en un régimen que carece por ahora de una oposición dispuesta a ofrecer alternativas responsables. Lo que se vislumbra son los restos de un kirchnerismo decadente, los de un peronismo acantonado en gobernadores que defienden el interés particular de sus provincias, los de un radicalismo dividido en procura de un liderazgo unificante, y los de un partido como el PRO deshilachado por el Gobierno. Sobre estos espacios atosigados de facciones el oficialismo opera para organizar un partido propio que garantice gobernabilidad y, al mismo tiempo, despoje a la oposición de alternativas responsables.
Como venimos señalando desde hace unos años, sobrevivimos inmersos en una política devota de los extremos del arco político. El Gobierno induce esa fuga hacia limites distantes e incompatibles a golpes de un autoritarismo verbal preñado de hostilidad hacia los contrarios. No vale la pena reproducir esa cadena de insultos tan conocida que, tal vez, oculte mentiras y actos deshonestos tras la prédica de quien dice detentar el monopolio de la verdad y la virtud.
¿Se podrá recrear con estos antecedentes esa esquiva confianza reclamada por actores internos y externos que además preguntan si después de Milei volveremos a los corsi e ricorsi de una política empantanada y declinante? Difícil colmar esa expectativa hasta tanto no se entienda que la confianza es un atributo de larga duración que enlaza el consenso sobre temas fundamentales a través de una sucesión de gobiernos. En fin, la estructura de un régimen político responsable que comprometa a gobernantes y opositores. Tal el gran asunto pendiente.
Natalio R. Botana es Politólogo e Historiador. Profesor Emérito de la Universidad Torcuato Di Tella
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