Están frescas aún las promesas de campaña de Milei respecto de la eliminación de las castas y de los privilegios que tanto mal le han provocado al país. Vemos, sin embargo, y con preocupación, que algunos hechos recientes contradicen en forma flagrante estas promesas. Vuelven a resonar en mis oídos aquellas nefastas palabras que pronunció Néstor Kirchner: “No escuchen lo que digo, miren lo que hago”. Y así nos fue.
Parece que todo comenzó con el mensaje de una vidente. Decía: vierta una cucharada de este polvo mágico en cada mancha negra de un mapa de la Argentina, frote y enjuague levemente. Verá que de estos puntos negros saldrán seres inmaculados capaces de cegar a gobernantes y magistrados. Así seremos todos iguales, ni culpables ni inocentes. Advertencia: de repetirse, puede ser letal.
Julio De Vido prestó testimonio ante los jueces de la causa Cuadernos, manifestando: “Estoy preso y enfermo, pero preferiría morirme en mi casa”. El exministro de Planificación, que se encuentra en prisión en la cárcel de Ezeiza condenado por la tragedia ferroviaria ocurrida en la estación de Once, no debería pasar por alto que las víctimas fatales del 22 de febrero de 2012 no están presas, ni enfermas, ni prefirieron morirse donde se murieron, como él pretende. Justicia, justicia, justicia. Debería entenderlo y aceptarlo.
Nuestra única guerra debe ser contra la histórica corrupción y el despilfarro de los recursos públicos. Volver a poner la honestidad y la justicia como los valores fundacionales de nuestra sociedad.
En la entrevista del 15 del actual, una vez más Miguel Ángel Pichetto evoca viejas recetas que la historia de nuestro país ya ha sometido a prueba… y ha reprobado. Conviene recordar que el país no llegó a su prolongada decadencia por exceso de apertura ni por exceso de libertad, sino precisamente por décadas de corporativismo, proteccionismo selectivo y connivencia entre el poder político y determinados intereses empresariales. El llamado “capitalismo nacional” ha sido, demasiadas veces, una elegante coartada para justificar privilegios, subsidios y mercados cautivos que terminaron pagando todos los argentinos. Resulta además inquietante que, en nombre de una pretendida “unidad nacional”, el Sr. Pichetto intente rehabilitar políticamente a figuras cuya gravitación en la vida pública está inexorablemente ligada a los años más oscuros de degradación institucional que padeció el país. Quizá haya llegado el momento de que algunos veteranos de la política comprendan que su tiempo ha pasado.
Felicito a Luciano Román, cuyo artículo me lleva a pensar que el presidente Arturo Illia fue un demócrata como pocos.
Flybondi es una empresa privada de las llamadas low cost, que ofrece precios muy atractivos en comparación con los que cobra Aerolíneas Argentinas, empresa estatal exageradamente cara que abusa de su virtual monopolio. El problema con Flybondi es que casi siempre reprograma sus vuelos y muchas veces directamente los cancela, dejando varados a cientos de pasajeros. Esta conducta de la compañía no es algo aislado, ocurre permanentemente y las autoridades no intervienen debidamente, ya que la empresa está prestando un servicio para lo cual obtuvo una licencia otorgada por el Estado bajo estrictas reglas de funcionamiento. Reglas que en este caso parecen ser inexistentes. El problema entonces no es solo Flybondi, sino principalmente el Estado por su inoperancia o connivencia, pues no hay que descartar que exista alguna forma de corrupción que permita que estos incumplimientos ocurran tan frecuentemente y sin consecuencias, dicho esto, porque el Estado tiene facultades para aplicarle severas multas e inclusive cancelar la licencia de Flybondi.
Combatir la inflación, equilibrar el presupuesto, eliminar el déficit, desregular y achicar el elefantiásico sector público que nos dejaron los gobiernos populistas son políticas altamente necesarias e imprescindibles, pero también es imperioso que el Estado cumpla con sus funciones esenciales, que son muchas y, entre ellas, la de controlar, vigilar y evitar abusos de las empresas licenciatarias de servicios de interés público, como Flybondi. Tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario. En este caso, es muy necesario y urgente que el Estado intervenga para que cese el accionar de esta empresa que pareciera que usa este “sistema” para lucrar con el sufrimiento de los pasajeros.
Coincido totalmente con la carta del Sr. Vago del 18 de marzo respecto del absoluto descontrol en general que existe sobre las motos y motociclistas. Manejo imprudente, ruidos terriblemente molestos de sus escapes, todo sin sanciones ni control efectivo hacen que Buenos Aires, sumado a los ruidos de los buses, sea una de las ciudades más contaminantes en cuanto a lo sonoro que existen. Alguno dirá que en Sudamérica hay alguna otra parecida, pero si la comparamos con todas las europeas, estamos a años. Lo peor de todo es que ninguna autoridad toma cartas en el asunto y tampoco la sociedad cuestiona demasiado al respecto. Ojalá cambie algo pronto.
Tras un intenso operativo, encuentran a la niña de dos años que estaban buscando en Cosquín
“Excelente noticia, ahora que la Justicia investigue a fondo”- Celia Noemí Taffarel
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