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¿El déspota está fuera de nosotros?

hace 15 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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¿El déspota  está fuera de nosotros?

El golpe militar del 24 de marzo no es un hecho aislado en nuestra historia político-institucional. Durante cincuenta años la Argentina contradijo las reglas de un sistema político cívico. Las Fuerzas Armadas se comportaron en gran parte del siglo XX como verdaderos actores políticos, tutelando la democracia, según las circunstancias, o asumiendo directamente funciones de gobierno.

Un pasado poco respetuoso del principio de legitimidad democrático, cuya discontinuidad institucional es su rasgo distintivo, que erigió a los golpes de 1966 y 1976, por sus pretensiones de largo alcance, como golpes estratégicos.

Un período en el cual a partir del 24 de marzo de 1976 se construyó un régimen criminal, cuya premisa fue la política de dar muerte, que se encarnó en una institución del Estado, las fuerzas armadas. En un mundo de violencia (del Estado, de izquierda y de derecha) no hay lugar para la esperanza. Pocos esperaban el éxito de este atropello institucional.

Sabemos que los acontecimientos no son indiscutibles, son controversiales. Un periodo histórico debería ser colocado en su temporalidad, entre el pasado con el presente y el futuro, para comprender mejor el sentido del tiempo en relación con la historia y la memoria.

El reconocimiento de la historia y la primacía de la política, en términos de Raymond Aron, puede ayudar a la dialéctica entre memoria e historia, en el sentido de una “historia haciéndose”, de una historia en curso, la de los actores, (que además no es crónica), y de una memoria colectiva, que recuerda el pasado, y le asegura una continuidad temporal, sin que llegue a transformarse en una memoria ideologizada.

Se trata de darle un sentido al pasado con una memoria política activa, obligada a buscar la verdad y la justicia. Significa, con Tzvetan Todorov, la libertad de acceder al pasado. Así, el pasado puede iluminar el presente y tener un porvenir por delante. “El pasado no está definitivamente fijado, escribe Aron, más que cuando ya no tiene porvenir”. Lo que importa es que no se han cerrado las puertas a la producción de sentido y el tiempo histórico queda al alcance de los diferentes tipos de narración.

Los estudiosos del tema nos advierten sobre los abusos de la memoria y la necesidad del buen uso. Ni la sacralización (aislamiento radical de los recuerdos) ni banalización (asimilación abusiva del presente con el pasado), es la tesis que sostiene Todorov, quizá se podría expresar lo mismo con Paul Ricoeur cuando alude a la “memoria justa”, en el sentido de mantener una justa distancia con el pasado.

El riesgo es que el exceso de la memoria puede conducir al aislamiento de los recuerdos. Las sociedades no viven en permanente rememoración ni en un estado de olvido total. Lo que ocurrió no está fijado de una vez por todas.

La memoria colectiva, a diferencia de la individual, se desarrolla en el espacio público, ¿qué nos dejó el fracaso de la dictadura de 1976? Nos dejó el destino de reconstruir un país degradado; nos dejó la obligación de instaurar la democracia, luego de décadas de tutela militar. La dictadura nos dejó el compromiso de restaurar las conexiones entre las libertades y las formas democráticas y republicanas de gobierno. Nos dejó la tarea de reconstruir un tejido social roto por la noche más oscura para alcanzar la luz del día. Nos dejó, en fin, el signo de un nuevo despertar. ¿Qué fue de todo eso?

El hondo optimismo de diciembre de 1983 podría transformarse en un mudo pesimismo con el transcurso del tiempo. Por cierto, no caímos en un callejón sin salida; las esperanzas son razonables. El gobierno actual nos compele a indagar sobre la naturaleza de su poder. Su legitimidad de origen está proclamada en las urnas, y la de ejercicio la desarrolla como un verdadero extorsionador (merced al unitarismo fiscal). Un arma forjada en la fragua de las necesidades concretas de las provincias, y las malas artes de muchos legisladores.

En su giro pragmático, Javier Milei no piensa en términos de anticasta, sino como un déspota moderno emplazado en la cima del poder, con procedimientos que debilitan el espíritu público. Con el correr del tiempo se percibió que el fin de la dictadura se decidió primero en la conciencia de la ciudadanía, cuando mayoritariamente se rechazó a los militares como actores políticos, lo que implica la pérdida de confianza por la guerra perdida (su única función específica) y de los cambios de una cultura política militarista, que admite que los militares pueden gobernar.

Con esa misma memoria política colectiva, ¿se puede aprender que el déspota no está fuera nosotros? En la existencia individual pesa la existencia colectiva. En la era actual los diversos rostros del despotismo se incuban en la democracia. Nuevas y viejas patologías que afectan a la democracia en cuanto régimen de libertad.

Hugo Quiroga

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