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Nihilismos contemporáneos: de la muerte de Dios a la muerte de la razón

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Nihilismos contemporáneos: de la muerte de Dios a la muerte de la razón

La modernidad occidental puede leerse como una secuencia de desplazamientos simbólicos: de la muerte de Dios a la muerte del hombre y, finalmente, a la muerte de la razón. No se trata de desapariciones literales, sino de transformaciones profundas en los fundamentos que legitiman el conocimiento, la política y el orden social.

Cuando Friedrich Nietzsche proclamó que “Dios ha muerto”, no anunciaba la inexistencia de una divinidad, sino el derrumbe de la cosmovisión que había otorgado a Dios el fundamento último de la moral y del orden social. Con la Ilustración y el liberalismo político, ese lugar fue ocupado por la razón. La legitimidad dejó de provenir de lo trascendente para apoyarse en la ciencia, el contrato social y la deliberación pública.

El segundo desplazamiento fue formulado por Michel Foucault. En Las palabras y las cosas, sostuvo que el “hombre” —entendido como sujeto racional y centro del conocimiento— es una invención histórica relativamente reciente. La llamada “muerte del hombre” implicaba cuestionar esa centralidad: el sujeto moderno ya no podía presentarse como fundamento absoluto de la verdad.

El tercer momento es más contemporáneo. El sociólogo William Davies ha mostrado cómo, en la política actual, las emociones tienden a ocupar el lugar que antes correspondía a la razón. En la era digital, los algoritmos, las redes sociales y la circulación acelerada de información favorecen la primacía del sentimiento sobre la deliberación racional. Lo que las personas sienten se convierte en un hecho político tan poderoso como los argumentos o los datos.

Las consecuencias son visibles: el espacio público se fragmenta en burbujas informativas y en antagonismos cada vez más irreductibles. Sin un tercero reconocido —la ciencia, la ley o el pacto político— que arbitre el conflicto, la discusión pública se convierte en una disputa de creencias inconmensurables.

Decir que “la razón ha muerto” no significa que haya desaparecido, sino que ha perdido su hegemonía. Durante la modernidad, la ciencia y el contrato político funcionaron como árbitros legítimos de la vida pública. Hoy, ambos principios atraviesan una profunda crisis de confianza.

Frente a este escenario, resulta imprescindible recuperar el núcleo normativo del liberalismo político: el Estado de derecho, la tolerancia, la libertad y la igualdad. No como nostalgia, sino como herramientas indispensables para reconstruir un espacio común donde las diferencias puedan resolverse mediante el acuerdo y no mediante la imposición.

La tarea de nuestro tiempo no consiste en negar las emociones, sino en integrarlas en un marco institucional que permita restablecer certezas compartidas. Sin ese equilibrio entre razón, emociones y pacto político, la democracia corre el riesgo de convertirse en una arena de afectos desbordados sin árbitro reconocido.

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