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Mi historia con el alemán, que estudié allá lejos en la infancia y al que vuelvo cada tanto a los tumbos, sintiéndolo inaprensible, es como esa obsesión de Prokosh, el personaje que interpreta Jack Palance en “El desprecio” (1963), la peli de Jean-Luc Godard. Prokosh es un productor estadounidense insoportable, que contrata a Fritz Lang, el director de “Metrópolis”, para realizar una versión de la “Odisea”.
El proyecto se presenta como un camino a la bancarrota, pero Palance insiste encaprichado: “Fue Schliemann, un alemán, quien descubrió Troya”. Lang (que hace de sí mismo en la pantalla) suena necesario para narrar el laborioso regreso a casa de Ulises, el héroe que venció a los troyanos con la estratagema del caballo hueco en el que se escondieron él y otros guerreros.
Así de obcecada, quizá, es mi fantasía de que existe algo inconcluso hasta que yo logre conversar en alemán con solvencia. Suena a homenaje también: mi padre alentó que aprendiéramos el idioma, en agradecimiento por una beca, que le permitió especializarse, entre Hamburgo y Munich, durante los años 60.
En el peregrinaje por recuperar el idioma (“Odisea” es, finalmente, el relato de un viaje de vuelta), di una prueba de nivel y, para mi sorpresa, no salió tan mal. Volver a practicar un deporte o a hablar una lengua extranjera redescubre zonas de nuestra vida que creíamos perdidas. Blanca, la profe que me tomó el test, confía en que esa música regresará con frecuentación y estudio.
La ilusión me asiste, mientras recuerdo a Lang en esa peli recitando en su lengua unos versos enigmáticos de Hölderlin sobre la vocación del poeta, en los que el final del poema contradice lo anterior, porque ya no es la presencia de Dios lo que consuela al hombre, como líneas antes, sino su ausencia.
“El desprecio” narra la destrucción de una pareja, algo que el espectador sabe antes que los personajes: el guionista de la película, interpretado por Michel Piccoli, y su mujer, la refulgente Brigitte Bardot, quien se desilusiona al sentir que su marido la incluye entre los servicios que Prokosh ha contratado. El filme acaba en tragedia (algo afín al espíritu griego que sobrevuela la historia) y los colores de su paleta exaltan esa intensidad.
En las relaciones y en las disciplinas reaprender es una aventura interior con algo de excavación arqueológica; al avanzar, capa tras capa, surgen palabras que han estado dormidas (Schlüssel es llave y clave, a la vez, recuerdo ahora, por ejemplo). Pico, pala y tiempo: tal vez todos tengamos una Troya pendiente.
Periodista y poeta, construyó una carrera a ambos lados del Atlántico. Es autora de cinco libros de poemas, entre ellos, "Riesgos de la noche" y "Monstruos privados", ambos publicados por Alción. [email protected]
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