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La guerra no solo destruye vidas y propiedades; también desplaza poblaciones, desintegra familias y genera odios que pueden perdurar durante generaciones. Clausewitz, uno de los grandes teóricos de los conflictos bélicos, lo resumió de dos maneras célebres. La más conocida sostiene que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Pero quizás su definición más cruda sea otra: “La guerra es un acto de violencia que intenta obligar al enemigo a someterse a nuestra voluntad”.
Los conflictos existen desde la prehistoria. Según Wikipedia, las guerras más sangrientas desde el año 500 a.C. habrían provocado hasta 500 millones de muertes.
En términos absolutos, la más sangrienta fue la Segunda Guerra Mundial, con entre 70 y 75 millones de muertos. Sin embargo, en relación con la población mundial, las invasiones mongolas habrían sido aún más devastadoras: entre 20 y 60 millones de muertos cuando la población mundial era inferior a 350 millones. Países enteros fueron arrasados y ciudades completas desaparecieron.
Las guerras no solo provocan enormes pérdidas humanas; también generan destrucciones económicas de gran magnitud. Berlín, Varsovia y Dresden quedaron prácticamente arrasadas durante la Segunda Guerra Mundial, mientras que Londres sufrió daños significativos.
El programa de reconstrucción de Europa, conocido como Plan Marshall, implicó una ayuda de unos 13.000 millones de dólares de la época (unos 190.000 millones actuales). Sin embargo, el verdadero sacrificio lo realizaron los habitantes de los países devastados, que durante años debieron reducir su consumo al mínimo para reconstruir sus economías.
En Alemania, el PBI por habitante era equivalente a unos 5.400 dólares (a precios de 1990) al comienzo de la guerra. En 1946 había caído a 2.217 dólares y recién volvió al nivel de 1939 en 1951, a pesar del llamado “milagro económico alemán”. En Japón ocurrió algo similar, aunque la recuperación demoró todavía más.
Incluso en los países vencedores —con la excepción de Estados Unidos— el ingreso por habitante previo a la guerra recién se recuperó hacia fines de la década de 1940.
Los impactos económicos de las guerras van más allá de la destrucción de infraestructura: afectan la producción, el consumo y los precios de numerosos bienes.
La guerra en Ucrania alteró la producción agrícola de la región y el abastecimiento de gas a Europa, elevando temporalmente los precios de granos, oleaginosas y energía. Sin embargo, el impacto fue limitado porque los precios más altos incentivaron la producción en otros países y porque Estados Unidos se convirtió en un importante exportador de gas natural licuado.
Actualmente, el conflicto en Medio Oriente vuelve a generar incertidumbre en los mercados energéticos, ya que la región concentra una parte importante de las exportaciones mundiales de petróleo y gas. Algunos analistas comparan la situación con las crisis petroleras de 1973 y 1979, aunque las circunstancias actuales son diferentes.
En octubre de 1973, la OPEP redujo drásticamente la producción de petróleo y estableció un embargo hacia Occidente. En pocos meses el precio del barril pasó de 4,31 a 10,11 dólares. El valor de la producción energética mundial saltó del 2,7% al 9,7% del PBI global, generando una gran transferencia de ingresos desde los países consumidores hacia los productores.
Esa transferencia redujo la capacidad de compra global y provocó fuertes caídas en los precios de varias materias primas. El precio de la soja, por ejemplo, cayó de 401 dólares por tonelada a poco más de 200.
El impacto sobre la economía argentina fue muy fuerte. Como importador neto de petróleo, el país sufrió el aumento del precio de la energía y la caída de los precios de sus exportaciones agropecuarias. La balanza comercial se deterioró en más de 800 millones de dólares de la época.
Como representante argentino en el directorio del FMI me tocó participar en las discusiones sobre este proceso. Recuerdo que cuando advertí a las autoridades económicas argentinas de entonces sobre los posibles efectos negativos para la economía del país, la respuesta fue: “por fin se comprobará que Estados Unidos es un gigante con pies de barro” La realidad demostró cuan falsa fue esa afirmación.
La situación actual es distinta. Hoy la producción energética representa alrededor del 6% del PBI mundial, la participación de la OPEP en la producción de petróleo cayó del 51% al 34% y el petróleo tiene menor peso en la matriz energética global. Esto limita posibles subas abruptas de precios.
En el caso argentino, además, el contexto cambió. El país se ha convertido en exportador neto de petróleo —se estiman exportaciones de unos 135 millones de barriles este año— por lo que un aumento de precios podría resultar favorable, mientras que el impacto negativo sobre otros productos agrícolas probablemente sería menor.
La historia demuestra que, aun cuando algunos países obtengan ventajas momentáneas, las guerras generan costos humanos y económicos enormes. En un mundo cada vez más interdependiente, sus efectos terminan alcanzando a todos. Por eso, más allá de quién gane en el campo de batalla, la experiencia histórica confirma una realidad persistente: en una guerra, de una u otra forma, todos perdemos.
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