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Hay un fenómeno de la naturaleza llamado “el efecto Dunning-Kruger”. David Dunning y Justin Kruger son psicológos estadounidenses cuyos experimentos les llevaron a concluir que la estupidez más grande que hay es la del estúpido que no sabe que lo es.
Las personas que padecen este defecto exhiben una notable desproporción entre sus conocimientos y su competencia. Lo que les conduce al fracaso. Pero nunca, jamás, caen en la duda de que se podrían haber equivocado. No experimentan aquel momento de luz del protagonista al final de la película ‘El puente sobre el río Kwai’ en el que de repente se le abren los ojos, entiende que ha sucumbido a un delirio y exclama, “What have I done?”, ¿Qué he hecho?
Yo quiero pensar que un mínimo de autoconocimiento sí tengo y por eso quiero creer que si hubiera iniciado una guerra sin causa que, además de acabar con las vidas de miles de inocentes, amenaza con desatar el caos económico global, me estaría preguntando, “¿Qué he hecho? Por Dios, ¿qué he hecho?”
Pero como Donald Trump ofrece el caso más extremo imaginable del efecto Dunning-Kruger no se hará jamás semejante pregunta. Nunca entenderá que ha sido el artífice de una catástrofe. El día que él decida dar por concluida la guerra de Irán, aunque los iraníes sigan luchando, se declará satisfecho. Pase lo que pase, dirá que Estados Unidos – es decir, él -- triunfó. Que avanza en el glorioso camino MAGA de lograr que “América vuelva a ser grande”.
Me pregunto, ¿de toda las personas que le rodean no hay una que vea que está ocurriendo todo lo contrario? ¿Todos los miembros de su gabinete y y todos los líderes de su partido comparten con él el síndrome Dunning-Kruger? No. Creo que no, o no todos. La mayoría de ellos padece algo peor. Al fin de cuentas si uno es estúpido y no lo sabe es mala suerte. Así naciste o así las circunstancias de la vida te hicieron. Lo que la mayoría de sus súbditos más cercanos exhibe es una mezcla imperdonable de cinismo y cobardía moral.
A todo lo que dice Trump responden “Sí señor”. Si les pide que salten, saltan. Siempre le darán la razón, aunque sepan que no la tiene. Con tal de no provocar su ira, toda indignidad es aceptable. Porque al contrario arriesgan con perder sus puestos y ver su vanidad herida. El fin justifica la humillación.
A veces la humillación se intuye, a veces la vemos ante nuestros propios ojos, como en el curioso caso de los zapatos Florsheim. Florsheim es una marca de calzado que, como recuerdo bien de mis años en Estados Unidos, expresan el insondable mal gusto del que son capaces los habitantes de aquel gran país. A Trump le encantan. Por eso, en lo que él habrá entendido como un ejemplo de generosidad paternal, les regaló un par de dichos zapatos a cada uno de sus cortesanos favoritos, entre ellos a Pete Hegseth, el secretario de defensa (perdón, se ha cambiado el título a "secretario de guerra”), y al individuo que combina los papeles de secretario de Estado y jefe de seguridad nacional, Marco Rubio.
El problema, o lo sería si estuviéramos hablando de personas normales, es que Trump no se tomó la molestia de pedirles sus tallas. En medio de una reunión urgente sobre la guerra de Irán se distrajo, se agachó, miró los pies de los miembros de su gabinete e hizo un cálculo aproximado. En los casos de Hegseth y Rubio no acertó. Les dio zapatos que les quedaban grandes. Ahora, yo no sé ustedes, queridos lectores o lectoras, pero si en un gesto de amor mi papá me regalase unos zapatos que me quedasen grandes, una de dos: o le digo que los voy a cambiar o, si temo ofenderle, me los quedo pero nunca me los pongo. ¿Que hicieron Rubio y Hegseth? A la primera oportunidad, en su primer acto público después de recibir los regalos, se los pusieron. Como se vio en las fotos, había un espacio amplio entre los talones de sus pies y los tacones de sus zapatos nuevos. Como niñas pequeñas que se prueban los zapatos de sus mamás, a la vez incómodo y ridículo.
Aquí va otro ejemplo de servidumbre ante su majestad naranja, esta vez de parte de congresistas de su partido. El lunes Trump dio un discurso en Washington. Estaban presentes cuatro líderes republicanos de la Cámara de Respresentantes. Trump apareció en el podio y los cuatro, junto al resto del público, se pusieron a aplaudir. A aplaudir y aplaudir. No pararon durante dos minutos. Bueno, uno de los cuatro sí paró despues de minuto y medio, miró a su derecha y a su izquierda, delató un gesto de pánico, y siguió aplaudiendo.
Como es bien sabido, la regla número uno de los súbditos de los tiranos es, “Nunca seas el primero en dejar de aplaudir”. Trump dijo una vez que envidiaba el poder absoluto del querido líder de Corea del Norte, Kim Jong Un. Ya no.
Si estas fueran meras anécdotas, si no reflejaran la realidad de la relación entre Trump y su círculo más íntimo de gobierno, nos reiríamos y ya está. Pero la verdad es que reflejan con nítida claridad el terrorífico drama de la administración que Trump preside. Que no hay nadie que le contradiga o cuestione. Que el rey tiene carta blanca para poner en marcha todos su caprichos, basados casi todos de ellos en la ignorancia, destinados en muchos casos, como como sabe perfectamente bien Rubio (pero quizá no el Rambo descerebrado Hegseth), a acabar en la muerte o la ruina.
Hasta acá hemos llegado, señoras y señores. Un auto sin frenos, un loco al mando del destino de la humanidad. Lo probable, ya que le quedan tres años más para jugar a ser presidente, es que todo vaya a peor. ¿Quién sabe cuántas más guerras iniciará, a la ayuda de cuántos más asesinos en serie -- más almas gemelas suyas como Putin o Netanyahu – acudirá? Y no hay nadie, nadie a su alrededor que tenga la decencia, o la valentía, o el mínimo sentido de responsabilidad que la humanidad exige para señalarle su épica estupidez.
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