Para disfrutar los contenidos de Clarín es necesario que actives JavaScript en tu navegador.
Hace apenas unos días la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, declaró que la Unión ya no puede confiar en un sistema internacional basado en reglas como la única manera de defender sus intereses. Y se preguntaba si dicho sistema “es más una ayuda o un obstáculo” para la credibilidad del bloque comunitario como actor geopolítico. Insistió que en que “siempre demandaremos y respaldaremos el sistema basado en normas que ayudamos a construir, pero no podemos confiar en él como la única manera de defender nuestros intereses ni asumir que esas reglas nos defenderán de la complejas amenazas a las que nos enfrentamos”.
En definitiva lo que hizo doña Ursula fue firmar por su cuenta y riesgo, y de manera confusa, el acta de defunción del derecho internacional, esencial método de establecer la relación entre las naciones: sus acuerdos y desacuerdos y, en última instancia, el derecho a la guerra. Pero los códigos que establecen esas normas, singularmente la Carta de Naciones Unidas, estaban abolidos en la práctica desde hace años y su eficacia a lo largo del tiempo ha sido más bien pobre. No por culpa de quienes los redactaron y aprobaron sino por la renuncia a aplicarlos por parte de quienes eligen el uso de la fuerza frente al gobierno de las leyes.
Ya al principio de la intervención americana en Irán el ex primer ministro socialista francés Manuel Valls apoyó la decisión de Trump y Netanyahu de bombardear Irán. Criticó además la ambigua posición del actual gobierno de Paris “en nombre del respeto a un derecho internacional desnaturalizado que protege a los tiranos y condena a las democracias”.
Hay que decir que este descalabro internacional no solo ni principalmente fruto de tiranías como la de Putin. También contribuyeron en su día la democracia americana con la ocupación de Irak y las de la OTAN en ocasión de los bombardeos de Serbia y la antigua Yugoslavia. Se demostró, entonces como ahora, que el nuevo orden internacional no sería fruto ni exclusivo ni primordial de la diplomacia sino del uso de la fuerza y la demostración de poder de los nuevos y viejos imperios. Pagando entonces incluso el precio de un rosario de guerras locales en el corazón de Europa, y un genocidio como el perpetrado en Bosnia Herzegovina. En ese itinerario se inscribe también la respuesta iraní a la agresiva intervención de Israel y los Estados Unidos. Los bombardeos de los emiratos del Golfo y de Arabia Saudi y los drones y cohetes lanzados sobre Chipre y Turquía ponen de relieve la decisión del gobierno de Teherán no solo de resistir, sino de aplicar el clásico principio según el cual la mejor defensa en una guerra es el ataque.
El mismo día en que Von der Layen difundía su declaración, la revista Foreign Affairs publicaba un interesante artículo de Robert A. Pape, laureado e influyente experto en geopolítica y director del Proyecto de la universidad de Chicago sobre Seguridad y Amenazas. El autor señala que la escalada del conflicto con las intervenciones de Teherán en los países del Golfo además de una prolongación de la guerra sugiere la necesidad de una desembarco de las tropas americanas, como en cierta medida ya había comentado el propio Trump, aunque casi lo haya desmentido más tarde. Sería una acción extremadamente riesgosa para los invasores como quedó demostrado en la guerra de Irak.
Irán -dice el autor-no puede derrotar a Estados Unidos ni a Israel en un enfrentamiento militar convencional. No hace falta. Su objetivo es obtener mayor influencia política” y de ahí sus operaciones contra Emiratos, Qatar, Kuwait y otros de la zona. Si sumamos a este propósito el currículo y el carácter del nuevo líder supremo hay motivos para preocuparse por la posible extensión del conflicto.
Mojtaba Jamenei está considerado como uno de los máximos representantes de la línea dura. Es ex combatiente en la guerra contra Irak, y mantiene estrechas relaciones con los Guardianes de la Revolución y sus milicias hermanas, que en conjunto pueden llegar a movilizar casi doscientos mil combatientes. Entre estas milicias la Fuerza Qud es un cuerpo de elite que entrena, financia y ayuda a movimientos activistas y grupos de aliados en países extranjeros, singularmente en Líbano. Oficialmente los Guardianes tienen como misión proteger y defender el sistema político del país, mientras que al Ejército le corresponde la defensa del territorio y seguridad del las fronteras así como el mantenimiento del orden interno.
Durante la úlltima década cuando menos, Jamenei estaba considerado el hombre fuerte del régimen, con influencia fundamental sobre las decisiones de su padre. Su historia, su carácter y temperamento no le describen como un negociador sino como ejecutor de las políticas adecuadas y consecuentes con un movimiento político que se considera intérprete de las órdenes divinas. No es la primera religión que se convierte en fuerza política y militar. Pero hoy en día es la más activa y letal. Algunos creen que siguiendo esa estela los chiitas residentes en los países árabes de mayoría suní ya atacados por Teherán podrían ser sus aliados pero hasta el momento las grandes minorías chiitas de países como Irak, o Bahréin no han dado muestras de intentar nada semejante.
La extensión de la guerra se ha producido también debido a las nuevas intervenciones de Israel en Líbano, tras la invasión y el genocidio en Gaza y las operaciones en Cisjordania en represalia por la criminal operación de Hamás en la que perecieron 1.300 millones de israelíes. Gaza fue escenario de la demolición del poder terrorista, a un costo inasumible en vidas humanas, y el probable fin de la política de los dos estados diseñada para la región.
La destrucción de Hezbolá es ahora el objetivo a llevar a cabo por Israel en el Líbano. Pero además Hezbola ha sido y es protagonista de la extensión y dispersión del poder iraní a través de milicias y organizaciones diversas, singularmente en África y América Latina. En esta última su protagonismo en Venezuela ha sido esencial desde la llegada al poder de Humberto Chaves, que incluso convocó en 2010 una reunión cumbre con los líderes de Hamás, la Yihad islámica y Hezbolá. Argentina fue el primer país de la región que en 2019 declaró a esta formalmente como una organización terrorista. En seguida le siguieron Paraguay, Brasil, Guatemala, Colombia y Honduras.
Aunque Hezbolá significa el Partido de Dios la realidad es que en el subcontinente americano, y también en México, es una organización criminal mafiosa que trabaja con sectores del narcotráfico y antiguas guerrillas al tiempo que ejerce también de soporte y ayuda a sectores disminuidos en las zonas más castigadas, que constituyen también su lugar de reclutamiento.
Donal Trump, acostumbrado a decir una cosa y su contraria, declaro al principio de la semana pasada que la guerra de Irán se acabaría pronto, cosa que ya oímos cuando comenzó la de Ucrania y dura ya más de cuatro años. La Guardia Revolucionaria ya le contestó que la guerra terminará cuando ellos digan. La realidad es que siempres e sabe cuando y como las guerras empiezan pero nunca de que manera y en que momento terminan. Lecciones pasadas y circunstancias actuales permiten temer que los conflictos bélicos en curso se extiendan tanto temporal como geográficamente. Es responsabilidad fundamental de los países democráticos, a comenzar por Estado Unidos y Europa Occidental, que abandonen la política del imperio y restauren el diálogo y el compromiso como garantía de la paz. Todo esto en medio de un mundo cuya garantía de supervivencia depende de algo tan temible como el riesgo de la destrucción mutua asegurada.
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín