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Un yanqui en lo del rey Eduardo

hace 14 horas en perfil.com por Quintín

El domingo pasado, Guilermo Piro publicó aquí una nota que hablaba de El talón de hierro, una novela distópica de Jack London que muestra cómo el poder aplasta sistemáticamente a los revolucionarios porque está mejor organizado. Piro la calificó como “una de las grandes obras del siglo XX” y agregó que “no era solo una novela política sino una novela sobre la derrota, sobre la persistencia del dominio, sobre la paciencia infinita y el perfeccionamiento continuo de los sistemas de opresión”.

A la flauta, pensé. Y me arrepentí de no haber leído nunca a Jack London, ni siquiera Colmillo blanco. La razón por la que seguía sin leerlo era que fue el escritor preferido del Che Guevara. Pero así como los gustos de Guevara en materia literaria (o en cualquier otra) me inspiran desprecio, tengo un gran respeto por los de Piro.

Descubrí entonces que tenía en la biblioteca dos ediciones de La gente del abismo, una crónica-ensayo que London publicó en 1903 sobre sus incursiones en el East End londinense, uno de los primeros libros que se ocuparon de describir las penosas condiciones de vida de los ingleses más pobres en los tiempos del esplendor del Imperio, tiempos de la fastuosa coronación de Eduardo VII. De las dos ediciones elegí la de Gatopardo, porque tiene un prólogo de Iain Sinclair, que un siglo después se ocupó también del Londres marginal, aunque en el registro de la llamada psicogeografía. Podría decir que es de los pocos escritores de izquierda que soporto, tal vez porque hay en el socialismo inglés una tradición que logra esquivar el partido, de la que surgieron nombres como Orwell, E.P. Thompson o Mark Fischer (aunque confieso que nunca logré leer en profundidad a Fischer y tampoco estoy seguro de que no haya sido un apparatchik).

Orwell fue un lector de London (y también un crítico de su tendencia a elogiar la fuerza). Tanto La gente del abismo como El talón de hierro influyeron en su propia obra. No leí el otro, pero La gente del abismo me resultó profundamente deprimente. Las escenas del fondo de la olla social, la descripción del trabajo (y la falta de él), la vivienda, la salud y la educación de los eastenders es pavorosa. London recorre la escala descendente que va de los trabajadores pobres a los miserables absolutos y postula que el sistema capitalista inglés es un embudo que lleva a todos hacia el abismo en cuanto la edad los deja sin fuerza para trabajar, los reemplaza por los más productivos y los va convirtiendo en “un zoológico de bípedos vestidos, que si parecían hombres, más parecían bestias”. A las mujeres les va peor en el relato: “Andaban siempre emborrachándose en los tugurios, desaliñadas, sucias, legañosas y desgreñadas, farfullando o sonriendo obscenamente, rezumando podredumbre y pestilencia, y sumidas en una completa depravación”.

La tesis de London no deja de ser verosímil. Aunque tampoco deja de ser la de un americano que mira a los ingleses desde arriba. Y a los pobres desde más arriba, con una mezcla de moralina y desprecio inspirada en doctrinas lombrosianas e higienistas a lo José Ingenieros. Es cierto que London transmite indignación y piedad pero, ante todo, transmite asco por los sujetos que retrata, aunque exceptúe a los que tienen instrucción. No es el único socialista que tiene esa costumbre.

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