El Gobierno comenzó 2026 poniendo en agenda la apertura de la economía. Al acuerdo comercial con Estados Unidos, se sumaron recientemente el impulso legislativo para la aprobación del tratado Unión Europea-Mercosur y la eliminación de medidas antidumping sobre productos de aluminio.
Dado que Argentina es uno de los países más cerrados al comercio exterior, no es de extrañar que surjan voces de preocupación. La inquietud es siempre la misma: hay que evitar importar más de lo que se exporta. Si las exportaciones no superan a las importaciones, la “falta de dólares” derivará en una caída de la actividad, crisis y desempleo.
Este argumento es erróneo. Llevado a su conclusión lógica, equivaldría a sostener que un país debería trabajar cada vez más para consumir cada vez menos. La escasez de divisas no es causada por importar más de lo que se exporta, sino por la recurrente intervención del Estado en el tipo de cambio. Lo que un país debe procurar es aumentar su poder adquisitivo, no simplemente sus exportaciones.
Desde el punto de vista de un individuo, lo racional es buscar el mayor consumo posible y, a cambio, trabajar lo necesario para ello, pero no de más. Sería poco coherente querer trabajar más y consumir lo mismo o menos que antes. De hecho, no existe nadie en su sano juicio que quiera esforzarse cada vez más para obtener cada vez menos. Lo que lógicamente buscan las personas es un mayor poder de compra, no una mayor cantidad de horas trabajadas.
“Lo que es prudencia en la conducta de cualquier familia privada, difícilmente puede ser locura en la de un gran reino”, escribió el economista escocés Adam Smith hace exactamente 250 años, el 9 de marzo de 1776, fecha en que se publicó su obra trascendental: Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. Si para una persona es racional aumentar su poder de compra, para un país -compuesto por personas- la máxima es la misma.
En términos económicos, exportar implica producir para el exterior; importar involucra adquirir bienes y servicios del resto del mundo. Si un país se obsesiona con exportar más e importar menos, en rigor está buscando trabajar más y consumir menos.
No tiene sentido obligar, por medio de restricciones al comercio exterior, a toda la sociedad a hacer algo que nadie por su propia cuenta haría. El objetivo no debe ser exportar a cualquier costo, sino exportar aquello que permita maximizar el poder de compra.
Importar más de lo que se exporta no conduce necesariamente a una crisis. La diferencia puede financiarse con capitales provenientes del exterior que busquen invertir en activos locales, ya sea bonos o inversiones productivas. Dado que la balanza de pagos es una identidad contable, un déficit comercial (importaciones mayores a las exportaciones) implica siempre un superávit financiero (ingreso de capitales mayor al egreso).
Un ejemplo revelador -e incluso contraintuitivo- es el de Corea del Sur, que suele citarse como caso de crecimiento basado en exportaciones. El país registró importantes déficits comerciales la mayoría de los años entre 1960 y 1997, curiosamente el período en el que tuvo su boom exportador y crecimiento del PBI de dos dígitos. Esto fue así porque en ese período recibió también una gran cantidad de divisas del exterior para invertir en el país.
Ahora bien, el déficit comercial también puede financiarse con mecanismos más frágiles, como la venta de reservas del Banco Central. En este sentido, mientras el Gobierno siga aplicando controles de capitales, el déficit comercial podría transformarse en un problema. Si se quiere continuar con la apertura comercial, es condición necesaria avanzar con la liberalización del mercado de cambios. Este proceso ya se inició, aunque aún falta bastante.
La integración al mundo no corresponde a un fin ideológico del gobierno, sino a una manera de elevar el bienestar de Argentina. Tal como señaló el presidente en la apertura de sesiones del Congreso y como había destacado John Stuart Mill -uno de los pensadores más influyentes del liberalismo moderno. Filósofo, economista y teórico político-, la verdadera ganancia del comercio internacional no son las exportaciones sino las importaciones, ya que permiten a los consumidores obtener productos a menores precios, de mayor calidad, o ambas cosas a la vez. Incluso productos que no se consiguen en el mercado interno.
En conclusión, el temor por la disparidad entre importaciones y exportaciones descansa sobre un error conceptual. La apertura comercial no constituye un problema siempre que el gobierno continúe con el sinceramiento del tipo de cambio. Por el contrario, abrirse al mundo es el camino hacia la prosperidad. Argentina debe seguir por esta senda.
El autor es Economista y profesor de economía en la Universidad Católica Argentina