En 1715, la situación se puso difícil en Escocia. John Erskine, el Conde de Mar, encabezó una revolución con un ejército de 10000 hombres en contra del Tratado de Unión entre Escocia e Inglaterra, que había sido aprobado a inicios de 1708 por el parlamento escocés. Por su intermedio, Escocia podría acceder al comercio con las colonias inglesas y la protección de la poderosa Armada Británica, a cambio de disolver el parlamento entre otras muchas concesiones. Los escoceses preservaban su sistema legal y la independencia de la iglesia Presbiteriana, la preciada Kirk, pero no mucho más. Si bien la alzada entremezclaba varios objetivos, entre ellos el intento de volver al trono de Inglaterra, Escocia e Irlanda por parte de los exiliados y católicos Estuardos, lo cierto es que para 1715 la economía de Escocia estaba devastada. Su economía tradicional, basada en la protección que recibían la producción de lana, lino, bebidas espirituosas y papel, estaba en ruinas, al tiempo que el pago de impuestos subió. Los nobles escoceses, como el Conde de Mar, eran los que más tenían para perder, porque su posición no valía de mucho sin el favor y la protección real. La rebelión fue rápidamente rechazada y, aunque no fue la última, Escocia siguió siendo parte del Reino Unido.
Unos pocos años después, la economía de Escocia floreció. Las exportaciones de granos ya se habían duplicado para la década del 20, y para la década del 40 los escoceses ya manejaban el comercio de tabaco con las colonias de Norteamérica. Una gran cantidad de productos importados llegaron a Escocia, que volvió a exportar productos textiles a base de lana y lino. En el espacio de una generación, Escocia se convirtió de un país pobre y atrasado en uno de los más prósperos de Europa. Es más, la transformación económica e intelectual que experimentó Escocia le permite disputar el liderazgo de la iluminación, dando al mundo pensadores como David Hume y Adam Smith, cuya obra maestra acaba de cumplir 250 años, entre muchos otros.
Con el beneficio que nos da la perspectiva histórica, es fácil ver que el Tratado de la Unión fue el punto de partida de la prosperidad de Escocia. Desató las fuerzas de la creatividad, el ingenio, el esfuerzo y la frugalidad escocés para beneficio suyo y de todo el mundo. Esa perspectiva histórica le faltó al Conde de Mar y a muchos de sus compatriotas en 1715.
La falta de perspectiva histórica también nos hace perder de vista el impresionante proceso por el que atraviesa la Argentina en este momento. Envueltos en el fango de los casi siempre poco edificantes debates diarios, solemos perder de vista los extraordinarios pasos que dio el país en estos dos años. Pasamos de un déficit primario a un superávit primario, mediante un ajuste fiscal de 5 puntos del PBI que logró hacerse, en contra de todo pronóstico, con paz social; se redujo la carga impositiva nacional en casi 3 puntos del PBI; el Congreso aprobó una reforma laboral, la primera en democracia, que si bien no es la panacea representa un gran paso adelante para dinamizar el mercado de trabajo formal; se aprobó una reforma electoral, introduciendo la boleta única a nivel nacional, y por lo tanto quitando poder a los punteros; se implementó el RIGI, que si bien no es el mejor mecanismo de incentivo a la inversión posible, tiene ya más de US$65.000 millones en proyectos presentados y más de US$25.000 millones en proyectos aprobados; se ratificó el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, abriendo las exportaciones argentinas al segundo mercado del mundo; se desregularon múltiples mercados, incluyendo los alquileres, el transporte aéreo, el internet satelital y muchos otros más; se eliminaron numerosas regulaciones que representaban quintas y peajes tanto de organismos públicos como de asociaciones del sector privado o de empresas directamente, aunque quedan muchas otras por eliminar; se eliminaron muchas trabas para-arancelarias a la importación, y disminuyeron algunos aranceles, aunque la protección arancelaria total permanece elevada y se inició un proceso de privatizaciones y concesiones que tomará impulso este año, aunque quedan varias vacas sagradas todavía.
Esta lista, no exhaustiva, muestra un conjunto de reformas que, si es sostenido en el tiempo y profundizado, puede dar lugar a un importante despegue de la economía argentina en las décadas siguientes.
La analogía entre la Argentina de 2026 y Escocia en 1715 tiene, sin embargo, dos límites importantes. La primera diferencia son las instituciones, la calidad de la burocracia, la educación y la infraestructura. El Tratado de Unión integró a Escocia al sistema comercial inglés, y expandió la libertad y la movilidad de los escoceses, protegidos por una burocracia inglesa que se había vuelto la más desarrollada del planeta, haciendo cumplir la ley, y proveyendo de una infraestructura y unas comunicaciones únicas en el mundo. La prosperidad no solo requiere libertad. Requiere también una “plomería” institucional, legal, educativa y física que la Argentina carece, y que el Gobierno no parece dispuesto a reconstruir. Para 1715, Escocia contaba con uno de los porcentajes de alfabetización más elevados del mundo, mientras que la educación se encuentra en una situación calamitosa en la Argentina. El Estado argentino lleva décadas de destrucción, con la aglomeración de capas de militantes, desde los Sushi hasta La Cámpora, proceso que se agravó durante el kirchnerismo. Era o es un elefante sin capacidades de hacer lo que se propone hacer. El Gobierno, más que reformarlo, parece dispuesto a demolerlo. Lo mismo ocurre con la justicia, la defensa de la propiedad y la igualdad ante la ley. ¿Hasta cuándo va a abusar el sistema judicial de nuestra paciencia? Sigue dilatando o cerrando casos de corrupción groseros que aquejan a la Argentina. Sin esta infraestructura institucional, el crecimiento y el bienestar general se resienten de muchas maneras. Sin una justicia independiente, por ejemplo, las oportunidades no están abiertas a los más hábiles, sino a los amigos del poder. Ejemplos de este vicio argentino, pasados y actuales, sobran.
La segunda diferencia es que en Escocia votaban menos de 5000 terratenientes en el siglo XVIII, sobre una población de más de 1 millón de habitantes, mientras que la Argentina hoy es una democracia con sufragio universal, con votación cada dos años. Enfrentamos en cada elección un riesgo de reversión del camino elegido si la prosperidad no llega a la población. La épica vale de poco si no tenés trabajo o si no llegás a fin de mes. La situación económica es más que nada la que decide las elecciones. Y allí anida el principal riesgo de corto plazo del programa económico actual.
El Gobierno eligió una estrategia de estabilidad cambiaria para bajar la inflación. Esta estrategia, sin embargo, llevó a tener tasas de interés elevadas y volátiles, trayendo una fuerte desaceleración de la economía en los sectores no primarios, a una caída del salario real y a un deterioro del mercado laboral. La apertura económica, un peso caro y tasas elevadas están impactando en sectores intensivos en trabajo, como la manufactura y la construcción. Mientras tanto, la inversión en los sectores que deberían florecer como resultado del nuevo modelo económico brillan por su ausencia, fuera del boom en petróleo, gas, minería y, en menor medida, el agro. De la destrucción creativa schumpeteriana, estamos viendo más destrucción que creación. Nuestra historia, con reversiones fuertes de política, y los errores de implementación del plan económico limitan las inversiones.
Además, a pesar de todas las reformas estructurales mencionadas, el riesgo país se acercó a los 600 puntos esta semana. El Gobierno se perdió una ventana de oportunidad para emitir deuda en el mercado internacional antes que estalle la guerra en Medio Oriente, optando en vez por emitir un bono con ley local de corto plazo. Ecuador, que tiene déficit fiscal, emitió en el mercado internacional, despejando los vencimientos de los próximos años, y ahora tiene un riesgo país más bajo que el de la Argentina. Es difícil que la economía rebote demasiado con el costo de capital tan elevado.
Lo peor o lo más sorprendente del camino elegido por el Gobierno es que, en el corto plazo, ni siquiera está consiguiendo bajar la inflación. Las estabilizaciones basadas en el manejo de la cantidad de dinero, como eligió a partir de abril de 2025, suelen traer tasas altas y volátiles e, inicialmente, recesión, pero son efectivas para bajar la inflación. Algo está fallando que en el corto plazo esta última parte no se dio en la Argentina. Si bien parte del shock inflacionario puede explicarse por la suba de la carne y por el reajuste de precios regulados, la aceleración de la inflación núcleo muestra que el problema es más complejo. Sin un ancla nominal claro y más credibilidad, la inercia inflacionaria crece.
La pregunta es, entonces, si con este programa económico el apoyo al presidente Javier Milei, y por lo tanto a las reformas económicas, continuará elevado. Hoy, la política no le ofrece ninguna alternativa de cambio razonable a la población. El peronismo está dividido, con el poder de Cristina Kirchner en franco retroceso y los gobernadores privilegiando su posición territorial. Juntos por el Cambio se desgrana y le cuesta erigirse como alternativa superadora. Es decir, es solo una mala economía la que puede hacer surgir nuevas alternativas políticas.
La inflación debería bajar en el tercer trimestre, al haber quedado atrás los impulsos de precios de la carne y de los servicios regulados, aunque el precio de la nafta y la inercia inflacionaria pueden seguirnos sorprendiendo negativamente. Si baja la inflación, el Banco Central podría implementar una política monetaria algo menos dura, dando lugar a un renovado ciclo de crédito. La llamada “inocencia fiscal” puede aportar algo al crecimiento, aunque a priori no parece que vaya a cambiar el panorama de cuajo, al tiempo que parte del vigoroso crecimiento de los sectores primarios debería derramar al resto de la economía.
En síntesis, la actual estanflación en la que está sumergida la Argentina debería quedar atrás para mitad de año, pero se abre un compás de espera para ver si esta transición efectivamente se da.
El foco en los próximos meses entonces va a estar en parte puesto en las encuestas de apoyo presidencial. ¿Será este programa suficiente como para mantenerlo elevado, o un mercado laboral muy flojo, sumado a los errores no forzados del Gobierno, como por ejemplo algunas muestras recientes de estar ajenos al mal pasar general, harán caer el apoyo? En este caso, el Gobierno deberá hacer un reajuste al programa económico, intentando reactivar la economía. Porque, parafraseando a Adam Smith, no es de la benevolencia del carnicero o el panadero que el gobierno tiene que esperar su voto, sino en consideración de su propio interés.
Pero si la Argentina logra pasar esta difícil transición, y consigue mejorar su infraestructura institucional, legal, educativa y física, la mano invisible del mercado hará todo lo demás para traernos una gran prosperidad.
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