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Un hombre sin pantalones

hace 18 horas en lanacion.com.ar por Jaime Bayly

Yo no sabía hacer el amor cuando me casé por primera vez. Si bien amaba a mi esposa, no sabía hacer el amor con ella ni, todo sea dicho, con nadie. En los años que estuvimos casados, traté de aprender, y mi esposa se esmeró en educarme, pero la verdad es que fracasé. Soy lento, soy lerdo, soy tonto sin remedio. Ese matrimonio sobrevivió unos años, nos llevó de luna de miel a París, nos dejó dos hijas hermosas, me inspiró no pocos poemas escritos en servilletas de bares y aviones y, cuando terminó, yo seguía sin saber hacer el amor.

El problema, para decirlo sin rodeos, era que yo hacía el ridículo en la cama. No era un amante apocado, indolente, apático. Todo el tiempo quería enredarme con mi esposa en los juegos y las fiebres del amor, en las refriegas y las guerrillas del erotismo, en el roce, el goce y la pose. Y mi esposa, unos años menor que yo, sabía acompañarme en la pasión, no quitaba el cuerpo, correspondía con bríos de amazona. Ella sí que sabía hacer el amor. Lo había aprendido muy joven, en París, con un francés que, cuando ella lo dejó, se cortó las venas, pero no murió, o no del todo. El problema no era entonces una falta de deseo o curiosidad por mi parte. Yo la amaba de veras y quería demostrárselo noche tras noche, como un potrillo incansable. No era, sin embargo, un potro. Era, a decir verdad, un amante breve, casi epiléptico. Me deslizaba en ella, me agitaba de un modo crispado, atropellado, como si tuviera prisa, como si fuera menester acabar cuanto antes, de pronto sacudido por unos temblores y unos terremotos que removían las placas tectónicas del deseo animal, y me estremecía, convulsionaba y corcoveaba como si estuviesen aplicándome una poderosa descarga eléctrica en la bolsa testicular y en las tetillas y, en pocos segundos, los ojos desorbitados, la lengua afuera, el pelo desmelenado, sin saber quién era ni cómo me llamaba, daba unos alaridos viscerales de poseído por el demonio, a veces hablando en otras lenguas, unas lenguas que no conocía, y enseguida colapsaba, desfallecía, me moría viciosamente, mi cabeza dando vueltas, mi cuerpo agitándose, dando coletazos como una víbora cuando le han cortado la cabeza.

Por eso mi esposa, en la intimidad, me decía Agilito, Fosforito, Calambrito. Yo era un atado de nervios, una olla a presión, un volcán en erupción, un amante eléctrico y, al final, electrocutado. Antes de que ella comenzara, yo ya había terminado. Bruto, insensible, egoísta, la dejaba insatisfecha, no hacía el menor esfuerzo por procurarle los placeres que ella merecía. Agilito le daba la espalda, Fosforito rezaba contrito con los ojos cerrados y Calambrito quedaba chamuscado, echando humo por las orejas, tratando de conciliar el sueño. El problema no era entonces que yo no la amase, sino que yo no durase, pues me extinguía antes de llegar al primer minuto. El problema no era falta de amor, sino de pericia para poseer a mi esposa. Si bien el enamoramiento era una pasión indomable, un río caudaloso, una zona noble del espíritu, también exigía el dominio de una gimnasia más o menos elástica que yo, desde muy joven, había sido incapaz de aprender.

Antes de casarme, mi conocimiento del amor físico, de las arduas gimnasias amatorias, estuvo lastrado por un número de fracasos más o menos traumáticos. Siendo un adolescente, me llevaron, sin que yo lo quisiera, a un burdel en las afueras de la ciudad y, desnudo frente a la señora prostituta, temblando de frío y de miedo, como si estuviera dándole la cara a un pelotón que habría de fusilarme allí mismo, no supe qué hacer, por dónde comenzar, cómo fingir un deseo sucio, cómo rebajarme a un manoseo, de qué manera gobernar aquella región de mi cuerpo que, flácida y aterida, inhibida y comatosa, se negaba a responder, exhibiendo ante dicha mujer un fracaso sin atenuantes, el fracaso de un hombre sin pantalones.

Aquel fracaso me dejó herido, confundido, terriblemente inseguro, dudando de mis aptitudes como amante desnudo. Si me gustaban las mujeres, ¿por qué no había sido capaz de demostrarlo frente a aquella señora entrada en carnes y en años que me miraba con impaciencia, sin compasión, disgustada porque mi cuerpo se declaraba en sedición y se negaba a rendirle honores? Aun si esa señora no me había parecido atractiva, ¿no debía encender mis deseos cualquier mujer desnuda, si yo era un hombre cabal? Regresé a solas a otros burdeles y volví a fracasar, fracasé siempre. Mi cuerpo se amotinaba, se rebelaba, me daba un golpe de Estado, me sometía al oprobio y al deshonor. Mi cuerpo se negaba a amar a unas mujeres a las que yo no amaba en modo alguno, unas mujeres que me parecían tristes, desalmadas, castigadas por la mala fortuna. No tenía el instinto del cazador o del depredador. Al lado de esas mujeres, yo también me sentía una mujer triste, desalmada, castigada por la mala fortuna. Las veía como mis colegas. Por eso no podía montarme en ellas.

Es verdad que, antes de casarme, tuve un par de novias muy lindas, primas carnales entre sí, intelectuales ambas, mucho más inteligentes que yo. No es menos cierto que, debido a mis inseguridades de varón pasmado, cohibido, aquellos fueron amores castos, reprimidos, avergonzados. Yo tenía pavor a desnudarme ante ellas. No sabía si mi cuerpo respondería apropiadamente, como yo hubiera deseado, o si volvería a fracasar, como había fracasado ante las prostitutas que intenté amar y no pude. Yo besaba a mis novias, las acariciaba por encima de la ropa, pero, a la hora de la verdad, me resistía a quitarme los pantalones, por temor a que ellas me vieran la espada envainada, la lanza rendida, enfundada la pistola, arriada la bandera. Era entonces un amante intelectual, que expresaba el amor hablando cursilerías y escribiendo poemas en servilletas de bares y aviones, pero que, en la práctica, no sabía hacer el amor, y tampoco sabía cómo aprender.

Después de divorciarme de aquella esposa afrancesada que me llamaba Agilito, Fosforito, Calambrito, y con la que me sentía todavía en deuda por haber sido un amante tan baboso y chapucero, traté de aprender a hacer el amor no ya con una mujer, sino con un hombre, que tal vez era eso lo que más me gustaba. Yo era, por así decirlo, un gay intelectual, alguien que se preguntaba si no sería mejor, más completo, más intenso, más enriquecedor, hacer el amor con un hombre. Pues lo intenté. Tuve un novio que me soportó siete años, es decir que perseveró en la contumacia de amarme. Creo que fuimos razonablemente felices, sobre todo porque no vivíamos juntos, pues nos separaban nueve horas en avión, de modo que los encuentros eran siempre reencuentros deseados, esperados. Dicho eso, la verdad es que ni yo aprendí a hacer el amor, ni él aprendió conmigo. Los dos fracasamos miserablemente. Yo era un gay intelectual que se contentaba con unos besos y unas caricias y no se interesaba en hacerle el amor. Y él, un gay sensible, delicado, lector, no deseaba asaltarme como un pirata y, antes bien, me ofrecía unos tesoros que yo no quería rapiñar. Así las cosas, fuimos felices viendo películas y viajando a ciudades lejanas, pero seguí sin aprender a hacer el amor.

A una edad más bien tardía, casi otoñal, vine a enamorarme de la mujer que es ahora mi esposa. Lo que nos unió poderosamente no fue solo el deseo erótico, sino la voluntad de compartir nuestros fracasos, confesarnos los secretos más escondidos y relatarnos, a veces riendo, en ocasiones llorando, todo lo que en nuestras vidas se torció y se jodió, lo que prometía salir bien y se estropeó, lo que a primera vista lucía lozano, vigoroso, saludable, y luego se avinagró y acabó pudriéndose. Ella me contó sus amores prohibidos, fracasados, y yo, sin ahorrar detalles, le confesé mis derrotas y frustraciones, mis mil batallas perdidas. Solo entonces, cuando nos atrevimos a desnudar nuestras almas malheridas y fuimos capaces de decirnos con palabras quiénes éramos de veras y quiénes no seríamos nunca, pude, sin esfuerzo, hacer el amor de un modo que me resultó insólito, luminoso, deslumbrante, con pleno dominio de los actos y las emociones, con la certeza de que había llegado al lugar soñado, con la paciencia de esperar a que ella arribase a las cumbres del placer antes que yo mismo, y con el asombro de que tal vez había aprendido a hacer el amor por fin.

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