El mundo transita por estas horas una etapa muy turbulenta. Son días en los que el futuro se vislumbra cargado de angustia. La humanidad entera camina por un peligroso desfiladero, que confirma la sentencia compartida por los más experimentados expertos en estrategia militar: siempre es fácil anticipar cómo se inicia una guerra, lo difícil es predecir cómo finaliza. El impacto mortal de las bombas que caen sobre el Golfo Pérsico no sólo debe ser medido en términos bélicos: es la economía internacional la que está siendo amenazada. Y es aquí cuando cobra relevancia la tesis que Stefan Zweig formuló hace ya casi cien años. El escritor austríaco, testigo directo de la crisis de Europa en la primera mitad del siglo veinte, patentó un curioso aforismo: la derrota de una guerra también debe incluir a los vencedores.
Zweig no era economista pero fue uno de los intelectuales europeos más influyentes del siglo veinte y, en su autobiografía El mundo de ayer, describió la desintegración del orden social y económico europeo tras la Primera Guerra Mundial. Lo interesante del aporte de Zweig es que demuestra que la contienda militar no solo arruinó a los países derrotados, como Alemania o el Imperio Austrohúngaro, sino que rompió la red comercial que sostenía la prosperidad de toda Europa antes de 1914. El mundo previo a la guerra, un espacio integrado con libre circulación de capitales, comercio internacional fluido, monedas relativamente estables y movilidad de personas y bienes, se derrumbó junto a las potencias vencidas y, lo que es aún más grave, cimentó el pantano desde el cual surgieron las feroces criaturas del fascismo y del nacismo.
Es importante releer a Zweig para entender que las bombas que ahora están cayendo sobre Irán no afectarán solamente al futuro de la teocracia chiita, sino que tendrán efectos devastadores, de hecho ya lo están teniendo, sobre cada surtidor de nafta de cada estación de servicio de cada rincón del planeta. De esa forma, la escalada militar impulsada por Donald Trump reintroduce un fantasma que parecía enterrado en los manuales de historia económica reciente: la estanflación. El peligro no es solo que el petróleo vuelva a dispararse. El riesgo es todavía mayor: que el mundo entre en una fase de inflación persistente combinada con crecimiento débil. Se trata del escenario más difícil de administrar en términos políticos, económicos y sociales.
Para la Argentina sería una complicación adicional para los planes de reelección de Javier Milei, que ya se están diseñando en la Casa Rosada. Porque aunque resulte ser una verdadera paradoja libertaria, fue el propio Milton Friedman, autor fetiche del Presidente, el que lo había anticipado. El economista de la Universidad de Chicago, Premio Nobel de Economía 1976 y uno de los autores más citados de la macroeconomía moderna, fue uno de los pioneros intelectuales en advertir sobre el peligro de la estanflación. Friedman fue uno de los primeros economistas en demostrar por qué podía existir inflación alta con estancamiento económico, algo que el keynesianismo clásico no lograba explicar. En su célebre trabajo sobre la “tasa natural de desempleo” y en su tan famosa crítica a la curva de Phillips tradicional, sostuvo que los gobiernos podrían generar crecimiento artificial a corto plazo mediante expansión monetaria, pero que a largo plazo esa política produciría inflación. Un escenario que se aproxima en el mundo a pasos agigantados. Por culpa de Trump. Por desgracia de Milei.
No es la primera vez que esto ocurre. Cuando los shocks petroleros de los años 70, también iniciados por una crisis en el Golfo Pérsico, golpearon a las economías occidentales, las ideas de Friedman se volvieron reales: la inflación persistente no podía explicarse solo por costos energéticos sino también por políticas monetarias expansivas y acumuladas. Su enfoque monetarista influyó profundamente en el giro hacia políticas antiinflacionarias duras durante los años 80, especialmente en Estados Unidos y el Reino Unido. El antecedente es válido: el mundo hoy vive un panorama peligrosamente parecido a la crisis que hace cinco décadas derivó en la creación de la OPEP y originó luego el fin del Estado de Bienestar y una expansión del neoliberalismo en manos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher.
Es un paradigma que el principal analista del Financial Times, Martin Wolf, viene advirtiendo desde hace meses: el sistema económico internacional se encuentra en una situación muy delicada, porque tras la pandemia y la inflación global que siguió a la guerra en Ucrania, las economías avanzadas aún no terminaron de estabilizarse. Un shock energético de gran magnitud, como el que puede provocar una guerra prolongada en Medio Oriente, podría revertir la desinflación reciente. El resultado sería una economía mundial atrapada entre dos fuerzas contradictorias: inflación elevada y crecimiento bajo. Estanflación en el horizonte.
La pregunta inevitable es qué ocurriría en este contexto para la débil economía argentina, si el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán termina produciendo un shock petrolero de relevancia. Para poder responder el interrogante, es útil reparar en la experiencia histórica. En la primera gran crisis del petróleo, que estalló en 1973, Argentina no fue uno de los países más golpeados. La razón fue estructural: la economía local tenía un grado importante de autoabastecimiento energético, gracias al impulso petrolero llevado a cabo durante los gobiernos desarrollistas de Arturo Frondizi y Arturuo Illia. Además, el país todavía estaba relativamente cerrado al sistema financiero internacional y no debía contrarrestar un alto nivel de endeudamiento. Mientras Europa y Estados Unidos enfrentaban una inflación descontrolada, Argentina incluso se benefició parcialmente del aumento del precio de los alimentos, principal producto de exportación.
Pero cuando se produjo la segunda crisis petrolera en 1979, Argentina estaba en una posición muy distinta. En pocos años, la dictadura de Videla, Massera y Agosti había abierto la economía y había generado un fuerte endeudamiento. Y cuando los precios del petróleo volvieron a dispararse y las tasas internacionales subieron, el país quedó expuesto a una dinámica financiera que terminaría desembocando en la crisis de deuda de 1982. La economía argentina enfrenta hoy una realidad muy similar a la que experimentó entonces: las medidas tomadas por Luis Caputo hoy parecen incluso ampliar el nivel de apertura que había iniciado Alfredo Martínez de Hoz y el endeudamiento de ahora es mucho mayor al de antes.
Desde esta perspectiva, la Argentina actual, que vuelve a insertarse con mayor fuerza en los mercados financieros internacionales y arrastra una larga historia de fragilidad crediticia, podría enfrentar riesgos considerables si la guerra se prolonga. El economista Dani Rodrik, docente la Universidad de Harvard, produjo una de las interpretaciones más interesantes sobre este dilema que amenaza a la economía argentina. En su libro La paradoja de la globalización, Rodrik sostiene que la integración profunda al comercio y, sobre todo, a los mercados financieros internacionales aumenta la exposición de las economías nacionales a perturbaciones externas. Cuando un país depende del financiamiento internacional y acumula altos niveles de deuda, las crisis globales, como puede ser una suba abrupta del precio de la energía, un cambio en las tasas de interés en Estados Unidos o una crisis geopolítica importante, tienden a transmitirse con rapidez a su economía interna y terminan afectando rápidamente su estabilidad.
Rodrik señala que los países que presentan las características que hoy tiene Argentina suelen ser más vulnerables cuando el sistema internacional atraviesa shocks de grandes dimensiones, como ocurrió con el embargo petrolero de la OPEC en la década de 1970. En ese contexto, el aumento del precio de la energía se conjugó con tensiones financieras y con presiones inflacionarias que desembocaron en una estanflación. Por eso, si el escenario internacional volviera a experimentar un shock energético o financiero de relevancia, la Argentina, como otras economías emergentes altamente endeudadas, podría enfrentar una combinación difícil de aumento de la inflación, presión sobre el sector externo y desaceleración económica, una dinámica que recuerda peligrosamente a los ciclos de crisis que marcaron la historia económica de nuestro país.
Desde el 28 de febrero pasado, cuando Estados Unidos lanzó los primeros bombardeos contra Irán, el precio internacional del petróleo registró un fuerte salto: el barril pasó de niveles cercanos a 75 dólares de entonces, a superar los 100 dólares actuales, lo que implica un aumento del orden del 25%. Por otra parte, aunque el impacto todavía no aparece en los índices mensuales de precios, ya se observa una presión sobre la cadena de pagos, lo que ha reavivado las advertencias de economistas sobre el riesgo de un nuevo shock energético global con efectos inflacionarios. Es el mismo mecanismo que en los años 70 transformó una crisis petrolera en un episodio de inflación elevada y desaceleración económica.
Es cierto que la Argentina de hoy tiene un activo estratégico que entonces no existía: Vaca Muerta. Un shock energético global podría aumentar los ingresos por exportaciones de petróleo y gas. Pero esa ventaja relativa convive con una debilidad estructural mucho más profunda que en aquella época. El país tiene ahora una economía crónicamente inestable, con inflación alta, escasez de dólares y un riesgo permanente de default. En un contexto global de petróleo caro, tasas internacionales elevadas y fuga hacia activos seguros, las economías emergentes suelen ser las primeras víctimas de la turbulencia. Argentina no sería la excepción.
Aquí aparece la dimensión política del problema. Milei apostó desde el primer día a una alineación estratégica con Trump y ató su destino al del presidente de los Estados Unidos. La relación personal y política que enarboló con su aliado del norte, fue presentada como una de las claves de su inserción internacional. Pero la geopolítica suele ser irónica: la guerra que Estados Unidos inició en el Golfo Pérsico puede terminar generando el tipo de crisis internacional que más perjudicaría a una economía inestable como la argentina. Trump se convertirá, en ese caso, en un impensado obstáculo para Milei.