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Bad Bunny y la apología de una cultura decadente

hace 17 horas en lanacion.com.ar por Cecilia Scalisi

Hace unos años, cuando formaba parte del comité de cultura de una institución prestigiosa, propuse debatir una polémica suscitada entonces: la inclusión de la cumbia y otros ritmos en el Teatro Colón, tal como se programaba bajo la falsa premisa de democratizar el espacio y crear nuevos públicos. Recibí como respuesta una negativa unánime porque, según objetaba el grupo: “Te guste o no te guste ¿quién puede afirmar que un género es superior a otro?”. Y allí estaba el problema, en ese relativismo por el que nadie se sentía capaz de sostener un juicio de valor (o, eventualmente, de enfrentar la condena social por “discriminación” que tal juicio conlleva), siendo que es requisito de una autoridad cultural o un director artístico precisamente la capacidad de discernir valor.

En estos días sucede algo similar respecto del fenómeno Bad Bunny. El mismo eufemismo del gusto y la subjetividad para eludir la crítica políticamente incorrecta a una expresión pobre y decadente, la del reggaeton, reguetón, trap o como se llame esta forma musical a la que –aprovechando el contexto político del momento– se le atribuyen significados que no posee, entre otros: una reivindicación global de la lengua española.

Al margen de tal connotación, se trata de una música primitiva. Un ritmo basado en un patrón sencillo y constante (una pista electrónica, un beat) que apela a una imitación grotesca del acto sexual en el baile del perreo, sin desarrollos armónicos ni melódicos, con una línea gutural, no cantada, sino rapeada, que disfraza falencias vocales en el artificio del autotune (una invención técnica creada para salvar el tono en cantantes desafinados). Es decir: un producto sin voces, sin instrumentos ni destreza musical alguna. Por último, una temática procaz y ramplona que exalta el pobrismo, la droga y el alcohol, que hace ostentación del lujo vulgar y el dinero, que no critica ni denuncia, sino que se jacta de un machismo brutal y fanfarrón que expone a la mujer, mero objeto de bajos instintos, al abuso y la falta de dignidad.

Este planteo no debe confundirse con una posición elitista que opone géneros clásicos contra populares. Menos aún desde la perspectiva argentina, donde el tango, el folclore y el rock han creado un patrimonio musical, estético, poético e interpretativo de una riqueza inconmensurable, merced a la cual la envergadura que se le atribuye al puertorriqueño como baluarte de la lengua resulta sorprendente.

Y nada mejor para graficarlo que sus éxitos hablando por sí solos en el lenguaje explícito de sus letras: “Tití me preguntó si tengo mucha’ novia’. Hoy tengo a una, mañana otra. Me las vo’a llevar a toa’ pa un vip…” “Borracha y loca, a ella no le importa. Vamo’ a perrear que la vida es corta.. Tiene’ un c… cabrón./ Hoy se bebe, hoy se gasta, hoy se fuma como un rasta. Má’ p… que Betty Boop./ Quiero perrearte y fumarme un blunt. Ese c… se merece to (ey, ey)!. Te rompo toa.”.

El problema no es Benito Antonio Martínez Ocasio, alias Bad Bunny. El problema es que todo un continente y millones de hispanoparlantes en el mundo se identifiquen con la cultura denigrante de la que hace apología. Una pérdida de los estándares de calidad que, en el altar del relativismo que lo justifica e iguala todo, ha erosionado en nuestra sociedad el poder de su juicio crítico.

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