Se ha leído y escuchado a analistas internacionales sostener que la guerra contra Irán sería parte de una supuesta gran estrategia de los EE.UU. en Medio Oriente. Estos analistas también han elogiado el oportunismo y el accionar militar norteamericano. Considero que la realidad indica lo contrario. En ese sentido, coincido con la reciente tapa y editorial de The Economist: “Una guerra sin estrategia”. Al atacar Irán junto a Israel, EE.UU. ha desatado un gigantesco desastre geopolítico y económico que merece ser cuidadosamente analizado.
En primer lugar, el sostenimiento militar de la guerra le cuesta unos USD 2000 millones por día a los contribuyentes estadounidenses. Y lo que no tiene precio, las bajas humanas, ya han sido trece para EE.UU. desde el 28 pasado. Como en el caso de Venezuela, Donald Trump volvió a iniciar una acción militar de espaldas a la Constitución y al Congreso. Por si eso fuera poco, de nuevo sin respaldo de la comunidad internacional. En esta segunda presidencia de Trump, EE.UU. se ha convertido en una suerte de paria que va contra el orden global. Por su incomparable poder militar, sin dudas, el más peligroso de la historia.
Ya hay miles de civiles muertos en Irán y en la región, incluidas unas 150 niñas masacradas en su escuela de Minab por un Tomahawk de EE.UU., que habría sido lanzado con las coordenadas erróneas, de acuerdo a investigaciones preliminares difundidas y avaladas por expertos de la BBC y The New York Times. Trump tuvo el desparpajo que decir que Irán podría haber lanzado ese tipo de misil que, además de EE.UU., sólo poseen el Reino Unido y Australia.
Todos los países del Golfo han sido arrastrados a una guerra que ninguno de ellos quería, sufriendo incalculables daños económicos. Con este nuevo ataque se quebró un frágil proceso de estabilización de las relaciones con Irán, con negociaciones en Ginebra que, aunque con cuestiones pendientes y sin haberse llegado a un acuerdo final, se venían desarrollando de manera promisoria. Está claro que el principal país interesado en abortar ese proceso era Israel, al igual que sucedió tras la “Guerra de los 12 días” de julio pasado.
Al mismo tiempo, EE.UU. e Israel desataron “la peor crisis de oferta petrolera de la historia”, según la Agencia Internacional de Energía. El impacto de la suba del petróleo ya se siente en todo el mundo, incluido en EE.UU.: los contribuyentes de Trump están pagando la nafta hasta un 20% más cara desde el inicio de la guerra. ¿Cuánto podrá soportar Trump el costo económico de la guerra en un decisivo año electoral? Para Irán, en cambio, sabotear el estratégico Estrecho de Ormuz con ataques de drones que cuestan unos USD30.000 es relativamente sencillo. Se prepararon durante décadas para este tipo de guerra de desgaste.
En tanto, tras el asesinato del líder supremo de Irán, el ayatollah Alí Khamenei, ya se concretó una transición de poder con la sucesión de su hijo, Mojtaba Khamenei. El heredero asumió prometiendo “vengar la sangre” de las víctimas de los ataques y llamó a bloquear estrecho de Ormuz. Ante este escenario, cuesta imaginar cómo podría anunciarse una victoria en esta guerra por parte de Trump, a quien se lo ha visto ansioso y contradictorio en sus últimas apariciones.
Trump cambió varias veces de versión sobre la razón y los objetivos de la guerra. Terminó diciendo días atrás que decidió el ataque por los consejos de su yerno Jared Kushner, del operador inmobiliario Steve Witkoff y del expresentador de TV devenido en ministro de Guerra, Pete Hegseth. Señales preocupantes que denotan confusión y que terminan exponiendo las desavenencias internas.
Quizás la única verdad se le escapó al secretario de Estado, Marco Rubio, quien declaró: “Nos enteramos de que Israel estaba por atacar y no quisimos perder la iniciativa”. Pero luego tuvo que desdecirse. Si ese fuera el caso, Benjamín Netanyahu vuelvería a demostrar que puede imponerse a la voluntad de Trump y utilizarlo. Y también que EE.UU. carecería de iniciativa y de una estrategia propia.
Se descuenta que la guerra en Irán, termine cuándo y cómo termine, tendrá consecuencias geopolíticas y económicas muy profundas. ¿Cómo volver a pensar en paz y estabilidad en Medio Oriente? Por ahora, no hay salida a la vista para ninguno de los actores involucrados, aunque sí hay un claro ganador: Israel.
Netanyahu no sólo volvió a servirse del fenomenal aparato militar estadounidense para sus propios objetivos en Irán, sino que también ha aprovechado para avanzar en medio del caos sobre Líbano y, a su vez, continuar consolidando posiciones que ocupa ilegalmente en Cisjordania. Seguramente, todo esto sea parte su gran estrategia. Casualmente, de lo que Trump adolece.
Consultor político, docente universitario y analista internacional, Director Ejecutivo del Observatorio Sino-Argentino
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