En muchos países del mundo -y también en la Argentina- está ocurriendo un cambio cultural que, a primera vista, podría parecer menor. Sin embargo, detrás se esconden transformaciones profundas en la manera de vivir, de vincularse y de imaginar la vida familiar.
Durante generaciones hablamos simplemente de mascotas. Hoy es cada vez más frecuente escuchar otra palabra: “perrihijos”. El cambio en el lenguaje no es trivial. Las palabras suelen reflejar transformaciones culturales más amplias. Y en este caso, el neologismo coincide con otro fenómeno bien documentado por demógrafos: la caída sostenida de la natalidad.
Cada vez nacen menos niños. Las familias son más pequeñas, la maternidad y la paternidad se postergan y crece el número de adultos que viven solos o en pareja sin hijos. En ese mismo período aumentó de forma notable la presencia de animales de compañía en los hogares urbanos.
Los perros y gatos dejaron de ser simplemente mascotas para convertirse en compañeros centrales de la vida diaria. Brindan afecto, rutina y presencia emocional sin modificar radicalmente el cotidiano. En un mundo donde muchas decisiones vitales se perciben inciertas, los animales ofrecen un vínculo intenso pero más previsible.
Durante gran parte del siglo XX, formar una familia con hijos era casi un paso natural en la biografía adulta. Hoy ese camino se volvió más complejo. Las nuevas generaciones viven en contextos marcados por la incertidumbre económica, la inestabilidad laboral, el alto costo de la vivienda y trayectorias vitales mucho menos previsibles que las de sus padres o abuelos.
Aun cuando otras épocas fueron más difíciles, la generación actual parece responder a estas incertidumbres con mayor cautela frente a decisiones vitales. En ese escenario, la decisión de tener un hijo -que implica una responsabilidad afectiva y económica que se extiende por décadas- suele vivirse con más dudas que certezas.
A esta incertidumbre se suma otro rasgo de nuestra época: la presión por hacerlo todo bien. La crianza contemporánea está rodeada de información, recomendaciones y modelos: guías para el sueño del bebé, la alimentación, la estimulación temprana, el uso de pantallas o el desarrollo emocional. Las redes sociales multiplican comparaciones y muestran estilos de crianza que parecen siempre más organizados o exitosos. Paradójicamente, nunca hubo tanta información sobre cómo criar a un niño y, al mismo tiempo, muchos adultos sienten que nunca fue tan difícil estar a la altura de esas expectativas.
En parte, esto ocurre porque la crianza se volvió visible. Hoy muchas experiencias familiares se comparten en redes sociales: fotos, rutinas, cumpleaños perfectos, viajes. Pero, como suele pasar en el mundo digital, se muestran sobre todo los momentos exitosos. Las dudas, el cansancio o los errores -parte inevitable de la vida familiar- casi nunca aparecen.
Al mismo tiempo, los niños se volvieron cada vez más protagonistas. En familias más pequeñas, cada hijo concentra una enorme “inversión afectiva”. Algunos autores hablan del “niño hipercentral”: ocupa el centro de las decisiones, los tiempos y las preocupaciones de los adultos, lo que genera chicos muy acompañados, pero también padres más exigidos y ansiosos.
A esto se suma otro fenómeno silencioso: la creciente soledad de los padres en la crianza. Las familias extensas ya no viven cerca, muchos abuelos están en otras ciudades o países, y las redes comunitarias que acompañaban la crianza se han debilitado. Criar hoy muchas veces significa hacerlo con menos ayuda y más responsabilidad individual.
No todo es negativo. Hay mayor conciencia sobre los derechos del niño, más atención al desarrollo y mayor involucramiento de los padres. Pero también aparece una presión adicional: si hay pocos hijos y cada uno es tan central, cada decisión parece tener un peso enorme.
En este contexto, el pediatra y psicoanalista británico Donald Winnicott propuso hace décadas una idea que hoy resulta sorprendentemente actual: los niños no necesitan padres perfectos, sino padres “suficientemente buenos”. En una época donde muchos adultos sienten que criar implica cumplir estándares casi imposibles, recordar esta idea puede ser profundamente liberador. La crianza nunca fue perfecta ni completamente previsible. Siempre estuvo hecha de aprendizajes y errores.
Tal vez por eso, frente a un mundo percibido como incierto y exigente, muchas personas encuentran en los animales de compañía una forma de cuidado y responsabilidad afectiva en una escala distinta: implican compromiso y vínculo emocional, pero no reorganizan la vida ni suponen la misma incertidumbre económica, educativa o social que criar a un hijo.
Por supuesto, la mayoría de quienes tienen perros o gatos no los consideran literalmente hijos. Pero el lenguaje de los “perrihijos” refleja una manera de expresar vínculos intensos en una época donde los proyectos familiares se volvieron más difíciles de imaginar.
No debemos quedarnos solo en explicar por qué nacen menos niños, sino tratar de buscar soluciones y una de ellas es reconstruir la confianza en la crianza. Recuperar la idea de que formar una familia no requiere condiciones ideales ni certezas absolutas, sino vínculos, comunidad y la convicción de que criar -como tantas otras cosas importantes en la vida- se aprende caminando.
Porque detrás del fenómeno de los “perrihijos” no hay simplemente un cambio en la relación con los animales. Hay, sobre todo, una sociedad que mira el futuro con más preguntas que respuestas y que necesita, quizás más que nunca, volver a confiar en que la vida familiar -con todas sus imperfecciones- sigue siendo una de las experiencias humanas más valiosas.
Director del Departamento Materno Infantil del Hospital Universitario Austral y vicedecano de la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral
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