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La liebre de marzo

hace 17 horas en perfil.com por Silvia Hopenhayn

Obviamente, la liebre de marzo acá es en agosto. Demoré en darme cuenta, buscando alguna en la Patagonia que me devolviera la sonrisa loca del personaje de Carroll. Siempre me gustó esa disposición exagerada a vivir y a quedarse en el lugar al mismo tiempo. Una merienda para siempre.

Pero en el sur, donde habitan las maras, solo me topé con zorros, gatos de todos los colores, perros lanudos, pájaros carpinteros, bandurrias metiendo el pico por todas partes, truchas rozándome en el Nahuel Huapi, la lejanía de un cóndor.

Ninguna liebre, aunque la buscara equivocadamente. La de marzo estaba zarpada de calentura. Porque en el hemisferio norte es primavera. Como aquel cuento de una mujer que busca el odio en estado puro, y visita el zoológico pensando hallarlo en la mirada de un animal enfurecido… “Pero era primavera” (así empieza), y todos se relamen y se buscan cariñosamente, incluso el león.

Las vacaciones siempre ajustan cuentas con el desenfreno. Marzo suele ser un buen mes

Resulta extraño buscar el odio (el cuento de Clarice Lispector) o la locura (Alicia) en animales, siendo ambos tan inherentes a los humanos… ¿Qué violencia puede competir con la parsimonia de los tulipanes? ¿Cómo enloquecer espejados en el agua? Los lagos apaciguan, renuevan. No hallar nada de eso me alivió.

Además, las vacaciones siempre ajustan cuentas con el desenfreno. Marzo suele ser buen mes, nos vamos cuando la mayoría regresa, descansamos los últimos, como los que se demoran con el helado dando lengüetazos al dulce de leche ante la mirada de los que mastican el vasito.

Sin embargo, este marzo fue distinto. Un otoño para el planeta. La guerra declarada, descarada, rompiendo lazos, fronteras. Seguramente no encontré la liebre porque la locura es otra. La de unos locos sueltos, amparados en poderosos, haciendo lo que se les canta, sin ley, freno ni desconsuelo.

Sumergida en el turquesa improvisado del Lago Torrentoso, me estremecí escuchando el silencio entre las piedras. Al salir, me sobresaltó la naturaleza. La tranquilidad era contrastante.

¿Y mientras, los misiles? ¿Y poblaciones sin agua? Otra vez, Baudelaire, su Invitación al viaje: “Aquí todo es orden y belleza… calma y voluptuosidad”.

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