Un cielo plomizo, ráfagas de viento, truenos y un gritado ¡diluvia! inauguraron la mañana.
Apreté el cuerpo hasta rozar la pared en un intento algo precario por no empaparme. Con el dedo índice reasegure los Ipods, subí el volumen y dejé que Amy Winehouse colonizara mi cabeza. Alguien se acercaba de frente utilizando el mismo método para eludir el agua; lo intuí como una futura lucha de un poder que estaba dispuesta a no ceder.
Conté mentalmente la distancia entre nosotros, exactos siete pasos, seis, cinco; antes de llegar al dos, nos encontramos frente a frente, era mi ex “larga duración”
Nos miramos, tomó distancia, se apartó de la pared, y ensayó una reverencia diciendo : - pase su majestad.
Sonrisa, un gracias y el recuerdo de cómo me odió cuando lo deje, surgieron juntos y simultáneos.
Esa noche decidí escribirle, ensayar algún tipo de explicación por el antiguo engaño, afirmar que lo había querido mucho, citar los buenos momentos que aun recordaba, pero no lo hice. En otro momento tal vez, pensé, mas adelante tal vez.
Habría tiempo de explicar, existía otra vida entremedio y los años lo habían reducido solo al mal recuerdo de nuestros últimos momentos.
Sabía que la intensidad del amor es inversamente proporcional a la duración del olvido. Que dejar de amar estando juntos es una situación que el otro no merece; queda convertido en un “incomodo inconveniente”, un obstáculo diario al imperio de nuestros deseos. Añore la soledad como sinónimo de libertad. Amaba como, al volver y poner la llave en la cerradura se abriria la puerta de la casa vacía, sin nadie que espere, pregunte recrimine, necesite.
En los albores del fin del amor dejamos de compartir. Todo se disputa, todo se reparte: derechos, ganancias, beneficios, amigos, tiempo. Tampoco hubo duelo inmediato para la “ prófuga”, solo un presente nuevo lleno de posibilidades y, en algunos casos, un otro muy interesado esperando.
La nueva felicidad compensa el daño infligido, lo nuevo decolora el pasado, inauguramos un disfrute algo maniaco de duración incierta. Así había sido nuestra historia, tan igual a la de tantos.
La muerte de un antiguo amor ¿puede marcar el final y el comienzo de una nueva etapa?"
Hasta que un golpe brutal de lo implacable me enfrentó a la muerte. A su muerte, y en un duelo inimaginado aparecieron recuerdos, sentimientos, rencores, en un intento procesar ese pasado afectivo. (Que sentimos por esa persona de la cual fuimos tan cercanos, la que amamos, en la que confiamos alguna vez, con la que ilusionamos proyectos?)
De manera súbita me encontré intentado dilucidar la diferencia de lo que percibimos y sentimos entre un ex al que podemos aun ver o recurrir y otro que no solo abandono el mundo sino que no aviso lo que nos pasaría en su ausencia.
La muerte de un antiguo amor ¿puede marcar el final y el comienzo de una nueva etapa?
Si la historia de la humanidad convierte fechas en “hitos” arbitrarios para marcar un cambio de época, y hasta un mingitorio puede anunciar el advenimiento del arte moderno, podemos, nosotros humanos individuales, reconvertir los golpes que nos da la vida en imaginarias fronteras para nuestros cambios se estado, animo o condición social.
Nos dejamos. Me dejas o te dejo. Dar una relación por terminada mantiene aún abiertas múltiples acciones y sensaciones, nada se vuelve definitivo aunque lo parezca, ni el sexo, ni el arrepentimiento, ni el amor, tampoco la venganza.
Negada la palabra y negada toda posibilidad, tu muerte me dejó más con vos que cuando estabas"
Pero moriste. Tu salida niega la mía. Me dejas para siempre conmigo en el recuerdo congelado que tendré de vos.
Ya no podrás contradecir, ni explicar, rogar, besar, ya no podrás, podré, podremos nada.
Huiste de la vida dejándome abandonada a mi rencor, ahogado mi grito, quedé convertida en la silenciada perenne. Negada la palabra y negada toda posibilidad, tu muerte me dejó más con vos que cuando estabas.
Durante años imaginé el placer de ya no tener que ser vista con la melancolía de sus ojos tristes
Sería la noticia de su muerte una fecha capaz de marcar un principio o un final de algo en mi vida, me gustaría como epitafio decir que sí, pero lo dudo.
Si aquel día la lluvia no hubiera sido tan intensa, ni el viento tan fuerte, ni los truenos estridentes, si aquel día hubiera dicho perdóname, hoy su muerte hubiera sido otra