La pregunta que hoy se hace el mercado ya no es cuánto vale el dólar, sino cuánto tiempo puede sostenerse esta calma sin que aparezcan nuevas tensiones. Por ahora, el frente financiero muestra una foto ordenada, con tipo de cambio estable, compras de reservas y deuda renovada, pero esa tranquilidad todavía no logra trasladarse con fuerza a la economía cotidiana.
En el frente macro, el Gobierno encuentra por ahora algunos argumentos para sostener su relato de estabilidad. El dólar oficial mayorista se mueve en torno a los $1.400, el Banco Central ya compró más de u$s3.200 millones en lo que va del año y el Tesoro logró renovar vencimientos por $9,6 billones, además de absorber pesos del mercado.
Esa combinación ayudó a contener expectativas y a alejar, al menos en el corto plazo, el riesgo de un salto brusco del tipo de cambio. La señal que lee la City es que, con reservas recomponiéndose, menos pesos en circulación y un perfil de vencimientos bajo control, la macro luce más prolija que meses atrás.
Pero esa foto financiera, por sí sola, no alcanza para describir lo que pasa fuera del mercado.
La desaceleración de precios sigue, pero con menos alivio del que esperaba el Gobierno. En febrero, la inflación fue de 2,9%, mientras que la inflación núcleo se ubicó en 3,1%, una señal de que la baja todavía no termina de consolidarse en los rubros más sensibles para el consumo.
Además, los alimentos volvieron a mostrar presión. El rubro Alimentos y bebidas no alcohólicas subió 3,3% en febrero, por encima del índice general, impulsado sobre todo por carnes, pollo y lácteos. A eso se sumó el efecto de las tarifas, que mantuvieron alta la presión sobre el gasto cotidiano de los hogares.
El resultado es que, aun con un dólar contenido y una macro más ordenada, la vida diaria sigue marcada por aumentos que erosionan ingresos y limitan cualquier sensación de mejora.
Esa presión se reflejó también en la canasta básica. En febrero, una familia tipo necesitó casi $1,4 millones para no caer en la pobreza, un nivel que expone la magnitud del esfuerzo económico que todavía enfrentan amplios sectores de la población.
Aunque la canasta básica subió menos que la inflación general, el dato no cambia el cuadro de fondo: el costo de sostener un nivel de vida mínimo sigue siendo muy alto y deja al consumo masivo bajo presión.
Ahí aparece una de las claves del momento económico. La estabilidad financiera todavía no se traduce en una mejora palpable para los hogares, que siguen lidiando con ingresos exigidos y con aumentos persistentes en bienes esenciales.
La otra cara de esa tensión aparece en las empresas. Arcor mostró una caída de 71% en su rentabilidad, mientras en la industria se multiplican los casos de fábricas que recortan producción, personal o directamente pasan a importar.
Ese contraste entre una macro más ordenada y una micro todavía golpeada empieza a convertirse en uno de los rasgos más visibles del escenario actual. El mercado ve una foto financiera contenida, pero la economía real sigue mostrando señales de debilidad: consumo frágil, hogares exigidos y compañías que todavía no encuentran un rebote claro.
En síntesis, el Gobierno logró estabilizar algunas variables sensibles del frente financiero, pero no consiguió todavía que esa mejora baje al resto de la economía.
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