Primer supuesto: el fenómeno Therian es claramente social. No hay nada estrictamente individual en algo que aparece —más allá de la discusión sobre su magnitud— como una práctica compartida y relativamente extendida. Segundo supuesto: como todo fenómeno social, no puede reducirse a una única causa. Son múltiples los factores que llevan a adherir a esos “hechos sociales”.
Entre esos factores hay uno que resulta difícil de eludir: las transformaciones tecnológicas y los debates que vuelven a abrirse sobre qué es “lo humano”. Las tecnologías avanzan a un ritmo impensado y devuelven a la conversación cotidiana preguntas que parecían reservadas a la filosofía. En la cena familiar aparecen temores casi apocalípticos de que el mundo termine pareciéndose a un episodio de Black Mirror.
Algo que, con la inteligencia artificial y la robótica, hoy suena tan alocado como posible. En ese contexto, el humanismo vuelve —muchas veces sin nombrarse— a filtrarse en el sentido común: “¿nos van a reemplazar?”, “¿pueden hacerlo?”, “¿no habría que poner algún límite?”, “¿no se pone en riesgo el ser humano?”, “¿qué es, en definitiva, lo humano?”.
Preguntar qué hay de natural o animal en lo humano parece volver hoy a ponerse en juego"
La filosofía lleva siglos intentando responder esa última pregunta. Algunas corrientes buscaron definir la naturaleza humana, como cuando los contractualistas imaginaron si el ser humano es bueno o malo por naturaleza, o cuando los presocráticos buscaron en la propia naturaleza el principio último de las cosas.
No es casual que una de las definiciones más influyentes del ser humano en la filosofía lo haya caracterizado, justamente, como un tipo particular de animal. Algo de esa vieja pregunta —qué hay de natural o animal en lo humano— parece volver hoy a ponerse en juego.
No se trata de imaginar a los Therians discutiendo filosofía poshumana en sus mesas familiares, ni de pensar este fenómeno como una reacción consciente frente al avance tecnológico. Intervienen muchos factores: la cultura digital, la necesidad de distinguirse en una época que empuja a construir identidades propias, o incluso —si queremos mirarlo desde otra disciplina— la propia experiencia de la adolescencia.
Sin entrar en el debate moral, es un fenómeno sociológico que vale la pena atender"
Pero “la forma” que adopta el fenómeno resulta interesante. En muchos casos, sentirse animal parece ser una manera —probablemente inconsciente— de responder a esa vieja pregunta por lo humano. También, paradójicamente, identificarse con lo animal recupera algo que muchas tradiciones filosóficas colocaron en el centro de la definición de lo humano. No es casual que los Therians sigan habitando los mismos espacios de socialización que el resto y busquen, desde allí, afirmar su identidad.
Sin entrar en el debate moral, es un fenómeno sociológico que vale la pena atender. Así como la cultura new age reaparece buscando una brújula frente a la pregunta por lo humano, los Therians parecen ofrecer otra respuesta posible.
Tampoco es central discutir cuán masivo es realmente el fenómeno o cuánto hay en él de oferta de consumo cultural: cuando algo logra manifestarse como fenómeno social, algo está diciendo sobre lo que nos atraviesa como sociedad. Una posible pista es que la crisis de lo humano ocupa hoy un lugar central.
Tal vez la expresión Therian sea pasajera y tal vez haya que seguir indagando de qué se constituye. Pero la pregunta que la atraviesa —qué significa ser humano— difícilmente desaparezca. Más bien parece una de las preguntas de nuestra época. El desafío, en todo caso, es qué respuesta vamos a