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De Perú, Maquiavelo y la ciencia política

hace 12 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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De Perú, Maquiavelo y la ciencia política

Recientemente el presidente Javier Milei dejó de lado su obsesión con los economistas, los periodistas y las historiadoras para enfocar su atención en nosotros, los politólogos. Poco después de catalogar a nuestra disciplina como un “gasto innecesario” dedicó su discurso en el foro de Davos a criticar a Nicolás Maquiavelo uno de los fundadores del pensamiento político moderno. Rápidamente se sumaron sus seguidores exigiendo saber para qué sirve la ciencia política. La situación que vive Perú nos permite contestarles.

En estos días fue destituido después de cuatro meses de mandato el expresidente José Jerí y electo para los próximos cinco José María Balcázar, el octavo en menos de 10 años. En los últimos 12 años 5 presidentes fueron encarcelados acusados de corrupción, otro se suicidó antes, 6 renunciaron o fueron destituidos y todos ellos dejaron el cargo con fuertes denuncias de corrupción. El Congreso está fragmentado en pequeños bloques. Las próximas elecciones no auguran un cambio en este escenario con 36 candidatos sin que ninguno supere el 15% en los sondeos.

Seguramente son varias las causas, pero hay una que viene siendo señalada por los politólogos peruanos, las instituciones políticas que tiene el país. Estas son el resultado de una desaconsejable combinación de las distintas formas de gobierno republicano que existen.

En Perú los ciudadanos eligen a un presidente que designa a sus ministros, como ocurre en los presidencialismos, pero todos ellos requieren el apoyo del Congreso, tal como sucede en los parlamentarismos. El Congreso puede destituir a los ministros y también al presidente sin tener que recurrir a un juicio político a través del mecanismo de “declarar la vacancia”. Al tener una sola cámara el procedimiento es muy sencillo, bastan 2/3 para destituir a un presidente electo y la mayoría para hacerlo con uno designado por el propio Congreso.

Si en el país existieran, como antes, partidos nacionales fuertes la situación no sería tan crítica, pero esto no ocurre más, en buena medida por las instituciones electorales. El Congreso es electo en 27 distritos que en su mayoría designan unas pocas bancas, con un sistema de preferencias, lo que lleva a una extrema personalización y fragmentación con gran poder de los grupos locales de presión, desde las clínicas y universidades privadas hasta los contrabandistas y los productores de cocaína.

En síntesis, las instituciones producen presidentes muy débiles, congresos fuertes para destituirlos y partidos que se inventan para cada elección.

Durante años algunos entendieron esta debilidad de la política como algo positivo. El orden macroeconómico estaba garantizado por un Banco Central independiente con un presidente que lo dirige desde hace veinte años. Sin embargo, esta incapacidad de la política tiene cada vez más consecuencias. Por un lado, el crecimiento que muestran los indicadores no llega a mejorar la vida de las personas que frente a la creciente desigualdad y la peor provisión de bienes públicos continúa emigrando o cayendo en manos de las redes del narco, más inseguridad y violencia. Por el otro, una dirigencia cada vez más débil y condicionada por los poderes locales es incapaz de implementar políticas que beneficien a la población y, más temprano que tarde, pondrá en tensión el orden macroeconómico, no por tensiones democráticas sino por los intereses particularistas.

La ciencia política del país no solo viene explicando y alertando sobre esta situación sino, lo que es más importante, proponiendo las formas para resolverla.

Juan Manuel Abal Medina

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