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Escribo estas líneas desde Expoagro, en San Nicolás, donde hoy arrancó la vigésima edición de la mayor manifestación mundial de la agrotecnología en acción.
No exagero. Puede haber otros “salones” con mayor cantidad de empresas y fierros. Pero en el predio ferial de esta muestra, que se inauguró en 2017 con la undécima edición de Expoagro, hoy hay 700 empresas exhibiendo la parafernalia de tecnología que explica la Segunda Revolución de las Pampas.
La primera había sido un siglo atrás, con la conquista de las pampas. Cuando vinieron los gringos a sembrar la alfalfa para el ganado que hizo famosa a la Argentina en el mundo. El primer y casi único negocio histórico desde la Organización Nacional, en 1853. Pero para sembrarla había que refinar las tierras. Una semilla chiquita que requería una buena cama de siembra. Vinieron los gringos con sus arados. De a caballo. Primero, maíz, luego, trigo y después sí, trigo con alfalfa. Así, fuimos granero del mundo. Carne y granos, la Argentina fue próspera.
Después, nos distrajimos en otros menesteres. Descreímos, increíblemente, de aquella realidad. No importa hoy regodearnos en la derrota. Hoy tenemos la Vaca Muerta. Pero en San Nicolás está la Vaca Viva. Más viva que nunca.
La segunda revolución es la de la conquista tecnológica: en los últimos treinta años supimos triplicar la producción agrícola en volumen, pero mucho más en valor. Porque incorporamos la soja, que ocupa casi la mitad de la superficie agrícola, y su precio es el doble que el de los cereales tradicionales, el maíz y el trigo. La expansión fue territorial, ganándole tierras a la ganadería vacuna. Unas diez millones de hectáreas que se liberaron para la nueva agricultura. Un 30% más de superficie. Pero la producción aumentó un 300%. Esto es rendimiento. Es decir, tecnología.
Y lo hicimos además adelantándonos a la exigencia que iba a llegar y que hoy se ha hecho el leit motiv de todas las actividades humanas: la sustentabilidad. En la Argentina se inauguró una nueva era en la agricultura. La de la siembra directa. Aquí le dimos cristiana sepultura al arado de reja y vertedera, con el que nació la humanidad cuando salimos de las cavernas y hubo que aprender a producir alimentos.
Hoy en la muestra no se ve un arado. Sólo sembradoras, pulverizadoras para aplicar productos de protección de los cultivos, para combatir malezas y plagas. Y cosechadoras. Las más modernas del mundo, porque la exigencia de competitividad llevó al desarrollo de una clase de agricultores increíblemente capacitados. Máquinas que vienen con todos los atributos de la era de la inteligencia artificial. Pero la AI es el solo copiloto. ¿Dónde está el piloto?
El piloto es el contratista rural, el gran protagonista de esta historia. Prácticamente el 100 % de la cosecha está tercerizada y en manos de estos expertos. Y más del 70% de las labores de siembra y pulverización. Anoche, en la cena inaugural, habló brevemente el presidente de la cámara que los representa (CAFMA), Freddy Simone, de Chivilcoy. El jueves se hará acá mismo la primera Cumbre de Contratistas, donde este segmento clave de la cadena productiva tendrá la visibilidad que merece y hace falta.
Hoy el agro no está solo. Las exportaciones de energía (petróleo y gas) son una realidad. Se vienen los minerales, también el software. La Argentina se está transformando y en el medio de la incertidumbre que domina en el mundo, se está construyendo algo nuevo. En el camino, el avance del agro es una base de sustentación indispensable. El sector requiere cambios. No se deja de insistir con la necesidad de terminar con la exacción de los derechos de exportación, que van bajando pero con menor ritmo del requerido. La soja sigue tributando el 24%. Una mochila demasiado pesada. Imaginemos lo que sería esto sin ellas.
Pero la ley de reforma y modernización laboral vino con un pan abajo del brazo y fue bien recibida. Beneficios fiscales muy importantes: amortización acelerada, RIMI. Y ahora se anuncian créditos muy convenientes, con reducción sustancial de tasas en pesos y hasta tasa cero en dólares por parte de la banca oficial.
Así que la mesa está servida. Viene una buena cosecha, y eso, se sabe, difunde por toda la economía y la sociedad. Podemos soñar.
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