Para disfrutar los contenidos de Clarín es necesario que actives JavaScript en tu navegador.
Hace semanas, yendo a encontrarme con un amigo -también escritor, también venezolano- me encontré una pila de casetes junto a un contenedor de la basura. Como tengo edad suficiente para reconocer sus estuches plásticos, rectangulares y transparentes, también pude darles un valor no sé si histórico o más bien sentimental.
Tengo debilidad por este tipo de objetos: obsoletos, desprovistos de utilidad, pero dotados de un aura pudorosa que los salva de la bolsa de los residuos del baño o la cocina. Es por eso que sus dueños los abandonan en alguna región visible del basurero: fotos, libros, discos y otras cosas indecisas entre la basura y el hallazgo, propias de algún museo que aún está por venir, a las que sus dueños ofrecen una última y lastimera oportunidad: la de que alguien, por algún motivo, se anime a rescatarlos.
Ese alguien, como decía, fui yo. Revisando los casetes descubrí que contenían música de antaño: en las portadas me observaban Tito Rodríguez, Joaquín Sabina y “el Puma” José Luis Rodríguez. Este último me trajo a la mente mi infancia, mi país, y una incierta nostalgia que acabó por convertirse en pueril nacionalismo. Fue así como elegí los dos casetes suyos que había en mejor estado: uno para mí, otro para el amigo que me aguardaba. El resto los devolví, en una respetuosa torrecita, al costado del contenedor de basura.
Me gusta hacer regalos como ése: símbolos, elementos que contienen su propio relato. Objetos, además, que provienen de lo que algunos llaman ya “la era de la posesión” o “la era de la propiedad”, es decir, el tiempo en que uno podía comprar un bien cultural y ejercer sobre él un control pleno y absoluto. Uno iba a la tienda y salía con un casete, un disco, un videojuego, incluso con un rollo de fotos revelado, y ese objeto en adelante le pertenecía para siempre: se podía disfrutarlo, prestarlo, obsequiarlo o destruirlo si a uno así le parecía. Libertades que hoy parecen ajenas y perdidas, de cara al mundo de las ubicuas suscripciones.
Es cierto que el streaming de música y audiovisuales, la tenencia digital de nuestras fotos en una carpeta de Google y la posibilidad de descargar software directamente de un catálogo en línea son opciones cómodas, rápidas y seductoras. Pero también lo es que restringen inmensamente nuestras opciones frente a las cosas, pues en muchos casos compramos realmente un derecho de uso. Los bienes culturales que hoy en día se ofrecen gratis, tienen en realidad el precio de una suscripción mensual, que no solo resultará a la larga mucho más costosa, sino que el día en que decidamos cancelarla, nos arrebatará todo aquello que supuestamente “teníamos”.
En cambio, allí están los discos, los casetes y similares. Lo trágico, sin embargo, es que casi nadie tiene cómo reproducirlos. Por eso, al llegar a casa, le encontré a mi casete del Puma un lugar en lo alto de una biblioteca. Allí se encuentra todavía, como un estandarte o como un talismán, como un recordatorio de que todo sólido, como en la cita de Marx, acaba por desvanecerse en el aire.
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín