Para disfrutar los contenidos de Clarín es necesario que actives JavaScript en tu navegador.
Mi hermano mayor y yo lo dejamos para último momento. Los dos sabemos que tuvimos tiempo de sobra para hacer con calma esa tarea que ahora tendremos que apretujar en unas pocas horas.
Estamos yendo a vaciar la casa que un día habitamos. Misión imposible. La casa está llena de recuerdos, cosas acumuladas que hoy no sabemos dónde poner.
Al llegar, cada uno va a ocuparse de su cuarto. El mío es una Babel de papeles. No pensé que había escrito tanto. Relatos, poesías, diarios, cartas que a veces cruzaban mares y eran recibidas con tanta emoción (sí nuevas generaciones: antes escribíamos largo, en papel, sin emoticones y podíamos esperar mucho por la respuesta).
Voy formateada con una consigna talibana: “Las fotos, Lau. Sólo las fotos (salvar)”.
Apenas abro el placard se me caen veintitrés años encima. Apuntes, diplomas, aros demodé, agendas, walkmans, diskettes, cables que no sé qué conectan.
-Pero estos libros están buenos- insiste mi hermano sosteniendo una colección Robin Hood.
Encuentro cosas de papá (que ya no está aunque aparece por todos lados), fotos de gente que posa conmigo y no sé quiénes son.
En dos horas veintitrés años caben en una valija. Lo que aún no tengo el valor de soltar lo dejo aparte, dentro del cuarto de “cosas a revisar”. “El sábado vuelvo y tiro todo” pienso. Ese día no puedo. “Las fotos Lau, sólo las fotos”.
A la vuelta, en el auto, cada miembro del clan procesa a su modo: uno llora, otro no habla, otro no para de hablar.
Después de cenar en el nuevo hogar de mi madre, la sobremesa se va en una ronda de chistes malos con los que intentamos descomprimir la velada.
Al llevar los platos a la cocina, de pronto, encuentro sobre la mesada tres jazmines.
-Son del jardín de la casa- responde (y cuando dice “la casa” siempre habla de aquella que ya no lo es).
Entonces se me ocurre que lo mejor de lo que trajimos de allá, son ellos. Y que estuvo bien dejar ir tantos objetos, que lo único que tiene sentido conservar es lo que esté vivo.
Antes de dormir me lo repito cual mantra. Para recordar el sábado cuando vuelva: “Los jazmines, Lau. Sólo los jazmines.”
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín