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“Esperemos que no sean tan ordinarias como las que vimos ayer”, dijo con ironía el gobernador de Chubut, Ignacio Torres, en un juego de palabras al dejar inauguradas, precisamente las sesiones parlamentarias ordinarias en su provincia. Las de “ayer” a las que hacía referencia eran las abiertas por Javier Milei en el Congreso de la Nación.
En su discurso de 100 minutos, el Presidente lanzó al menos 56 insultos, uno cada 100 segundos según midió el sitio Chequeado, que había registrado un insulto cada 180 segundos en la misma ocasión el año anterior.
Después de un breve interregno de cierta moderación en el lenguaje y algo parecido a un cuidado en las formas, Milei volvió a ser el mismo. O él mismo, si damos por sentado que su comportamiento habitual, -más cerca del panelista de Intratables que supo ser que de quien ocupa la primera magistratura de un país-, está en su naturaleza, como en la historia del escorpión y la rana.
Parece convencido además de que su “autenticidad” ratifica su alianza con su núcleo duro, un público al que se debe, no importa cuánto rechazo cause en quienes lo votaron menos por el amor que por el espanto que sigue despertando el kirchnerismo.
“Sé vos mismo”, le habría sugerido el asesor Santiago Caputo antes de pronunciar su discurso ante las dos Cámaras del Congreso. Y Milei lo hizo: se sabe que a él las formas no le interesan, que las considera “un debate de tercer orden” y que sostiene que la preocupación por ellas es digna de quienes no tienen ninguna otra.
Sin embargo alertar por las formas está lejos de ser un lujo que se dan los “ñoños republicanos”, como desmerece Milei. “Ladrones”, “corruptos”, “kukas”, “mentirosos”, “chorros”, “bestias ignorantes brutas”, “cavernícolas”, “argentinos parásitos”, “empresarios corruptos” para insistir una vez más con el “Chatarrín de los tubitos” en alusión a Paolo Rocca, o “Chilindrina troska”, contra la diputada Myriam Bregman fueron algunas de las expresiones que profirió el Presidente, como en una suerte de stand up en el inicio del año legislativo.
Es cierto que desde las bancas, la oposición K no dejó de provocar y chicanear -hace rato que en Argentina nada desentona- pero por el lugar que ocupa, el Presidente no puede prestarse al juego de responder y encima redoblando la apuesta con una asimetría importante: el único que tiene micrófono es él.
El jefe de Gabinete, Manuel Adorni, justificó la andanada de insultos presidencial. Calificó al discurso como el más “determinante” y “contundente” de los tres que pronunció y señaló: “Agresivo no estuvo. A cada agravio, cuando sintió que tenía que responder y marcar una agresión, me parece que lo hacía, pero en ningún momento lo vi agresivo ni con ninguna palabra fuera de lugar”. La apreciación es parte del problema.
“Cuando el presidente de una sociedad democrática insulta y denigra a los opositores, no está expresándose personalmente, sino que está creando una sociedad autoritaria. Ni siquiera lo disculpa que lo haga desde su cuenta de una red social, pues en tanto lo que emite allí es un discurso público su rol es el de presidente, no el de una persona privada”, escribió tiempo atrás en La Vanguardia Javier Franzé, doctor en Ciencia Política y docente e investigador de la Universidad Complutense de Madrid al analizar el discurso de Milei.
Su andanada de insultos y agresiones estuvo acompañada por crispación. En una sociedad dividida y polarizada a más no poder, hay una responsabilidad extra en quien ocupa el puesto más elevado. Si hay denuncias y acusaciones, para eso está la Justicia.
El agravio sólo degrada la calidad del debate público, abarata la política, empobrece la necesaria discusión. Los gritos ahogan las palabras, y las ideas. Y la violencia discursiva de arriba permea hasta transformarse en violencia real, habilitándola.
En medio de insultos y agresiones, la palabra “casta”, una de las más recurrentes en el vocabulario presidencial, brilló por su ausencia en la apertura del 1° de marzo.¿Una omisión o un sinceramiento?
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