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El operativo en el que murió Nemesio Oseguera, “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, fue presentado como un triunfo estratégico del Estado mexicano en cooperación con inteligencia de los Estados Unidos. Aunque es suficientemente llamativo que se haya eliminado a uno de los criminales más buscados de la región, sobre cuya captura se ofrecían 15 millones de dólares, algo muy interesante ocurrió después.
En cuestión de horas, las redes sociales se llenaron de imágenes de caos: bloqueos, incendios, rumores de ciudades fuera de control. Muchas escenas eran reales y algunas, falsas o exageradas. El efecto, sin embargo, fue el mismo: la sensación de miedo y de un Estado que había perdido el control. El crimen organizado no solo disputa el territorio, sino también el relato.
El mundo está atravesado por conflictos abiertos y guerras de información. Basta nombrar dos casos recientes. El conflicto en Medio Oriente es real, pero las fake imágenes abundan. La disputa en Estados Unidos por el uso restrictivo de Anthropic, escaló hasta el Secretario de Defensa quien designó a la empresa como riesgosa para la cadena de suministro.
Cada vez resulta más evidente que el poder también se juega en el terreno de la percepción. Del monopolio de la violencia al monopolio de la percepción Max Weber definió al Estado moderno como la institución que monopoliza el uso legítimo de la coacción física dentro de un territorio determinado. Carl Schmitt subrayó que el Estado se define esencialmente por su capacidad de decidir sobre el estado de excepción, es decir, en momentos de crisis.
Si el pensamiento alrededor del Estado moderno discurrió alrededor del monopolio de la fuerza, del control territorial, de la capacidad coercitiva y de jerarquías claras, el desafío contemporáneo parece ser otro. A lo largo del SXX distintos autores mostraron que el poder no se agota en la fuerza. Michel Foucault vislumbró, junto a la coerción, un poder difuso que moldea conductas y percepciones.
Pierre Bourdieu desarrolló su idea de poder simbólico como la capacidad de imponer una visión legítima del mundo social. Y Manuel Castells describió el poder sobre la comunicación en la era digital. Control territorial vs intepretación Hoy, muchas organizaciones criminales operan también como productores de narrativa.
No necesitan controlar cada calle para proyectar poder, sino que les alcanza con instalar la idea de que podrían hacerlo. La reacción posterior al operativo en México mostró esa lógica. Las redes y la desinformación, mezclada con escenas reales de caos, buscaron amplificar el miedo y erosionar la capacidad estatal para mantener el orden.
En la era digital, el poder no solo se ocupa: se comunica, se interpreta y se disputa en tiempo real. El crimen organizado actual opera en varios planos. Por un lado, actúa a nivel socioeconómico, ya que ofrece ingresos, pertenencia, prestigio o protección allí donde el mercado formal o el Estado no generan oportunidades suficientes.
El plano más novedoso es el plano narrativo, en el cual conviven la naturalización de la ilegalidad y la inevitabilidad de la violencia con la idea de que el Estado no alcanza o que el orden real se decide en otro lado. Y el plano más visible es el clásico en el análisis de seguridad, el de violencia, control territorial y capacidad de intimidación.
El Estado mide control en operativos, detenciones y kilómetros cuadrados, detrás de lo cual persiste una concepción del poder meramente coercitiva al estilo del siglo XX. El crimen organizado, en cambio, apunta al control a través de la provisión alternativa de bienes públicos (seguridad, atención médica) y privados (trabajo), del miedo y la circulación de información.
Al crimen organizado no le hace falta reemplazar al Estado, solo le alcanza con convivir con uno percibido como frágil. Argentina y la captura social Mirar lo que ocurre en México no implica asumir que Argentina atraviese la misma etapa. El crimen organizado opera en enclaves como Rosario, algunas zonas del conurbano bonaerense o ciertas regiones fronterizas y en redes económicas donde encuentra oportunidades en actividades ancillarias: logística y lavado de activos.
El país no presenta, al menos por ahora, estructuras cartelizadas con control territorial ni violencia de la magnitud de Colombia, México o Ecuador. Precisamente por eso la discusión resulta urgente. La experiencia regional muestra que el problema rara vez comienza con la violencia extrema. Primero se tejen las redes económicas; luego, la captura social a través de empleo, pertenencia y protección, y recién después llega la disputa abierta por el territorio.
El riesgo hoy es ese estadio intermedio: que el crimen organizado avance silenciosamente en legitimidad social. En Argentina todavía las decisiones institucionales pueden definir el rumbo. El debate local está concentrado en la dicotomía ideológica mano dura vs garantismo. Una prevención estructural exige políticas públicas refinadas que exceden el ámbito punitivo: inteligencia financiera, control portuario y logístico, coordinación federal, trazabilidad económica y políticas sociales focalizadas.
Volviendo al plano de las ideas, muchos Estados siguen pensando desde una matriz industrial basada en territorio, ley, policía y ejército. En sociedades conectadas, donde el poder circula por redes y narrativas, la disputa central deja de ser solo quién controla el territorio, sino quién controla la sensación de quién lo controla.
En el SXXI hemos dejado atrás la mentada frase ¨la historia la escriben los que ganan¨. En tiempos donde las guerras y los conflictos también se libran en el plano informativo en tiempo real, la disputa por la percepción se vuelve todavía más evidente. Es decir: soberano es quien mantiene el monopolio de la percepción de control.
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