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El 3 de enero, tras 35 ataques contra embarcaciones en el Caribe y el Pacífico que resultaron en la ejecución extrajudicial de 115 personas, la Casa Blanca ordenó el bombardeo de Venezuela--causando alrededor de 80 muertos--y el secuestro del presidente Nicolás Maduro.
Se trató de la remoción forzada de un Jefe de Estado, sin cambio de régimen, ya que la vicepresidenta Delcy Rodríguez asumió la presidencia: decapitación del liderazgo con continuidad de régimen; algo inusual. Jamás existió inminencia ni evidencia de que Venezuela atacaría a Estados Unidos: hubo sí una rotunda violación del derecho internacional.
Aquel día se puso en marcha un experimento mediante el cual Venezuela es el laboratorio de un neo-protectorado por imposición en tanto intento de dominación y disciplina regional. Aquello no fue otra extravagancia circunstancial de Trump.
Primero y principal porque el recurso a la fuerza militar se concentró históricamente en América del Norte: México (guerra y anexión territorial), y América Central y las islas del Caribe mediante invasiones recurrentes y operaciones directas. Estados Unidos no había invadido un país en América del Sur: Venezuela es un caso emblemático que muestra que Washington ha cruzado un umbral geopolítico en el continente.
Segundo, la última invasión antes de Venezuela fue la de Panamá, en diciembre de 1989. La preocupación jurídica y política dio lugar a una resolución (redactada por Argelia, Colombia, Etiopía, Malasia, Nepal, Senegal y Yugoslavia) presentada al Consejo de Seguridad de la ONU con una amplia mayoría a favor y con el veto de Estados Unidos, el Reino Unido y Francia. La resolución fue rechazada, pero la administración Bush fue muy criticada. Tras la acción militar en Venezuela, el tema se debatió en el Consejo de Seguridad de la ONU, pero no se discutió resolución alguna. Ni Rusia ni China, individual o conjuntamente, plantearon una, mientras que América Latina ha estado dividida. En 1989 Washington pagó un (modesto) costo diplomático, en 2026 no ha pagado ninguno. En especial, debido a que Europa, olvidando su traumática historia, optó por apaciguar a Trump.
Tercero, el grado de aislamiento de Venezuela en América Latina es elocuente. Delcy Rodríguez, la sucesora de Maduro, no ha concitado entusiasmo en la región. Venezuela resulta hoy aún menos atractiva, tanto para la izquierda como para la derecha; ya sea por la vergonzosa tutela de Washington o por la promesa incumplida de Trump de instalar en la presidencia a una figura de la oposición. Esta realidad regional vuelve al país más vulnerable al sueño neo-protectoral de Trump en un área segura para Washington: China no es acá una amenaza militar.
Cuarto, no es claro si existe algún quid pro quo tácito entre Washington y Moscú en relación con el futuro de Venezuela y Ucrania. Sin embargo, si la idea de las esferas de influencia--como algunos señalan y defienden--ha regresado a la realpolitik de las grandes potencias, conviene esperar y observar.
Quinto, el despliegue militar revela que hubo algunas “lecciones aprendidas”. En la invasión a Panamá participaron unos 27.000 soldados y entraron en combate: murieron entre 300 y 500 panameños. Una invasión terrestre de Venezuela era improbable tanto por razones de política interna como por los fracasos militares pos11/9.
La invasión de Irak en 2003 estableció una autoridad provisional bajo el mando de Paul Bremer. Él inició su gestión mediante la des-baazificación del gobierno y la disolución del ejército, creando un gran caos. Desde Obama hasta Trump han impugnado a los chavistas en el gobierno y desconfiado de la fuerza armada, pero era imposible replicar, sin altos costos, la experiencia insensata de Irak.
En lugar de imponer por la fuerza la que sería visto como una controvertida autoridad títere--María Corina Machado--, resultaba menos dañino dejar a Rodríguez en la presidencia y evitar la alienación de los militares. Tras el colapso del régimen de Muamar Gadafi en Libia en 2011, el vacío de poder fue total; una receta para la ingobernabilidad.
Lo que siguió fueron lustros de violencia. Eso no era admisible en Venezuela. Es evidente que Washington prefirió estabilidad y control--dos factores clave durante décadas para la comunidad de inteligencia--en lugar de satisfacer a los halcones en Estados Unidos y Venezuela.
Inmediatamente después del 3 de enero, quedó claro que Trump II iba a imponer, desde la distancia, un neo-protectorado. Especialmente en lo que respecta a los ingresos petroleros y bajo la amenaza de otro ataque militar si Caracas no cumple con las demandas de Washington. Un neo-protectorado al servicio de los amigos del poder y de Trump y su familia que han embolsado unos US$ 4.000 millones desde 2025.
Entonado por una victoria fácil en una región sin conflictos fatales, sabido el deterioro severo del derecho internacional, con aliados europeos sumisos y con potencias que quieren hacer lo propio si fuere necesario, desdeñando experiencias vividas en una zona anárquica, con un frente interno hondamente polarizado, Estados Unidos se sumó a Israel en un ataque ilegal contra Irán.
Cabe entonces recordar la frase de Franklin D. Roosevelt del 9 de diciembre de 1941: “No existe tal cosa como seguridad para ninguna nación--ni para ningún individuo--en un mundo regido por los principios del gangsterismo”.w
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