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Este verano, de un modo inopinado, me encontré en la playa en una situación para la que no estaba preparado. De golpe, sin aviso previo me vi, en la orilla del mar, como único adulto a cargo de dos niños, indicándoles que no entraran al mar más allá de su cintura, pero sin ánimo alguno de acompañarlos ahí.
A lo largo de mi vida me he hecho cargo de infinidad de menores en la playa, a veces por gusto, otras por paternidad y muchas otras de carambola. Lo digo sin pesar y sin jactancia, y con la liviana seguridad de haberlo hecho y pasado bien en la mayoría de los casos.
No alcancé a entender de inmediato el cambio de esta vez, pero un dato lo reveló: la distancia de rescate.
Según creo recordar la definición de Samantha Schweblin la distancia de rescate es la mínima y variable distancia que un adulto (en su caso, una madre) debe guardar con el menor a cargo. La distancia es y no es física, por supuesto, y el libro de Schweblin lo desarrolla de maravillas, pero en mi caso era solo eso. Cuantos pasos, zancadas, podían resolver el revolcón de una ola.
Y en esa distancia estaba cifrado el cambio. Antes, en otro tiempo, entraba al agua con mis hijos, y tenía a mi cargo no solo impedir que fueran temerarios, sino y sobre todo que no fueran temerosos. En definitiva, que el mar fuera el goce de las vacaciones. Era mi responsabilidad transmitir los rudimentos de sobrevivir a las olas, revelarle los trucos para elegir pasarlas por abajo, por arriba, barrenarlas y un largo etcétera del juego en las orillas del mar. Ya habría tiempo, y lo hubo, de que aprendieran más, más lejos, en otros mares y otras compañías.
Lo mismo con ocasionales acompañantes. Formaban parte del grupo que se divertía, para decirlo de algún modo, aunque hubiera que poner un ojo en ellos. Pero esa mañana no estaba allí, era el guardián desde la orilla, para decirlo de algún modo. ¿Cómo ocurrió eso? Uno aprende desde chico a respetar el mar, a medirlo, y medirse uno en relación con él. Uno de los secretos de pasarla bien en el mar es esa medida. Con el tiempo, uno advierte que esa medida es cambiante. Durante unos años aumenta, después se ameseta, y luego se comienza a retraer. Sin estridencias. Hasta que el mar se encarga de dejarnos en la orilla.
Mientras me hacía cargo de esto, y como a una consigna, las nubes ocultaron el sol, y luego volvió a brillar más limpio, más dorado. Como si se descorriera un velo, el color del agua, y de los cuerpos en el agua, recobró un esplendor de oro. Era la luz de Sorolla, una luz mediterránea que bendecía todo en el Atlántico Sur. Un regalo para quien supiera mirar, y estuviera en disposición de hacerlo.
Y yo estaba en esa disposición, a la orilla del mar, donde las olas rompen. El mar, parece, tuvo para conmigo su propia distancia de rescate.
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