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¿Saben cuántos países del mundo están hoy en una posición de vanguardia para sellar acuerdos comerciales de gran envergadura tanto con Estados Unidos como con la Unión Europea, bloques que, en conjunto, representan casi la mitad del PIB mundial? Solo hay uno: la Argentina.
Cuando el presidente Javier Milei afirmó que aspiraba a convertir al país en la economía más libre del mundo, no lanzaba una consigna vacía para la tribuna. La libertad también implica la libertad de comerciar, de competir y de integrarse. Estamos asistiendo al acta de defunción de la “Argentina isla”, ese país de enorme potencial y mano de obra calificada que, paradójicamente, optaba por el aislamiento voluntario. Aquel proteccionismo no defendía la soberanía: blindaba estructuras ineficientes y redes de privilegio que prosperaban al abrigo de la falta de competencia externa.
Abrirse al mundo no es un gesto ideológico de una administración de turno; es una decisión de madurez económica. Mucho más que nuevos destinos para exportaciones tradicionales, estos acuerdos representan el pasaporte para que la Argentina participe en actividades de mayor valor agregado: energía, minerales críticos, economía del conocimiento y servicios tecnológicos. El país tiene la oportunidad histórica de dejar de ser un simple proveedor de materias primas para transformarse en un socio confiable y previsible en las cadenas globales de producción.
En la turbulenta economía contemporánea, la reputación como proveedor estable es un activo tan estratégico como el recurso natural en sí mismo. Nuestro pensador más sobresaliente, Juan B. Alberdi, en sus escritos, ya nos enseñaba que la apertura comercial unían naciones fomentando civilización y prosperidad. Cada vez que el país se apartó de esos principios nos hemos sumido en el atraso y la decadencia.
La transformación del perfil económico argentino ha despertado un interés internacional que no veíamos en décadas. No es un detalle menor que Larry Fink, presidente y CEO de BlackRock, haya citado a Buenos Aires como una posible localización alternativa para el Foro de Davos ante las limitaciones de espacio de la localidad suiza. Esta posibilidad no surge del azar, sino de la combinación entre recursos estratégicos y una voluntad política clara de apertura y liberalización económica.
Pero quizás el mayor beneficio de estos acuerdos sea uno que solemos subestimar: la estabilidad institucional. La adhesión a estándares internacionales y la exigencia de transparencia pueden actuar como anclas para las reformas que la Argentina lleva años postergando, desde la modernización productiva hasta la consolidación macroeconómica.
En última instancia, estos acuerdos no se reducen a porcentajes arancelarios ni a meros cálculos de balanza comercial. Son una decisión estratégica en un mundo en transición geoeconómica, donde la globalización sin fricciones pertenece al pasado. Hoy predominan la competencia tecnológica, la resiliencia de las cadenas de suministro y la seguridad energética.
En este escenario, la Argentina ha optado por insertarse de manera pragmática y autónoma, diversificando socios y reduciendo vulnerabilidades. Mientras otros se repliegan, nuestra nación acelera hacia la apertura, dejando de ser el eterno “país del futuro” para empezar, finalmente, a actuar como protagonista del presente.
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